Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 19: Tinta, sangre y fuego
El bullicio de los guardias limpiando el altar mayor quedaba amortiguado tras las gruesas paredes de la sacristía lateral del templo. En esta pequeña habitación en penumbra, iluminada apenas por el titileo de un par de cirios de cera de abeja, el olor a hierro de la batalla se mezclaba con el aroma a sándalo viejo.
Stefan permanecía sentado sobre un banco de piedra, con la pesada espada descansando contra el muro. Se había despojado de los guanteletes de combate, revelando unas manos firmes y marcadas por cicatrices de guerra. Vivianne se aproximó despacio, portando un paño de lino humedecido en agua bendita. Al notar su cercanía, el Gran Duque alzó un poco el mentón, permitiéndole el acceso sin emitir un solo sonido.
La distancia entre ellos se redujo al mínimo. Vivianne tuvo que inclinarse apenas lo necesario, sintiendo el calor abrasador que el cuerpo de Stefan emanaba tras el combate, un contraste directo con el frío de la armadura que aún vestía. Con dedos delicados pero firmes, la princesa deslizó el lienzo sobre la mejilla del duque, limpiando un pequeño corte que apenas sangraba, provocado por alguna esquirla de metal.
Al sentir el contacto de los dedos de la princesa, los ojos carmesí de Stefan se fijaron en las pupilas de obsidiana de ella con una fijeza magnética, casi asfixiante. La tensión en la habitación se volvió densa, cargada de una electricidad que nada tenía que ver con la política de la corte. Vivianne contuvo el aliento por un milisegundo al notar la fijeza de esa mirada salvaje que parecía escarbar en lo más profundo de su ser.
—Es una herida superficial —murmuró Vivianne, forzando a su voz a mantener la frialdad monárquica mientras terminaba de acomodar una de las correas de cuero que sujetaban la hombrera de acero oscuro—. El Lobo del Norte ha salido ileso una vez más.
Stefan no respondió de inmediato. Extendió su mano desarmada y, con una lentitud calculada, rodeó la muñeca de Vivianne con sus dedos largos y fuertes, deteniendo sus movimientos. El agarre no era doloroso, pero sí poseía la firmeza de un grillete del que era imposible escapar.
—El Lobo del Norte sabe cuidarse solo, Vivianne —siseó Stefan, y su voz barítona bajó un octavo, volviéndose un susurro gélido, áspero y cargado de un resentimiento oscuro—. La que parece olvidar su propio valor es usted. ¿En qué maldito momento consideró que era una buena estrategia ofrecerse como carnada para una jauría de delincuentes comunes?
Vivianne intentó retirar la mano, pero el duque incrementó la presión, obligándola a permanecer a escasos centímetros de su rostro. Podía percibir el ritmo acelerado de su respiración y el olor a tormenta que siempre lo acompañaba.
—Era la forma más rápida de obtener pruebas de alta traición frente al consejo —replicó ella, entornando los ojos—. Alexander tenía que cometer el delito de manera pública.
—Me importa un demonio el consejo, y me importan aún menos las leyes de esta capital —interrumpió Stefan, y un destello de furia posesiva encendió sus pupilas rojas de una forma casi inhumana—. El trato era que yo me encargaría de las amenazas. Si esa rata te hubiera tocado un solo cabello, si el filo de su ballesta hubiera rozado tu piel antes de que yo cruzara ese portón... habría quemado la capital entera, Vivianne. Habría reducido este nido de víboras a cenizas sin importarme las consecuencias.
Vivianne sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, pero esta vez no era de temor. Miró la mandíbula tensa de Stefan y la posesividad cruda que emanaba de cada una de sus palabras. El duque ya no estaba actuando simplemente por un beneficio estratégico o por limpiar su consejo del norte; había un deseo oscuro, un instinto territorial y un apego feroz hacia ella que empezaba a desbordar los límites de su pacto secreto.
—No vuelvas a exponerte de esa manera —sentenció Stefan, soltando su muñeca despacio, aunque sin apartar los ojos de sus labios—. Tu vida me pertenece ahora.
Antes de que Vivianne pudiera formular una réplica a semejante osadía, los portones de la sacristía se abrieron de golpe, quebrando el hechizo de la penumbra. El capitán de la guardia del norte entró con el rostro serio, interrumpiendo la intimidad de los dos soberanos.
—Su Alteza, Gran Duque —anunció el soldado, haciendo una rápida reverencia—. Los mensajeros que enviamos con las pruebas del ataque ya han llegado al palacio imperial. El Emperador ha reaccionado.
La respuesta de la corona fue una tormenta de fuego y acero que cayó sobre la periferia de la ciudad esa misma noche. Alertada por los testimonios y los cuerpos de los mercenarios en el templo, la Guardia Negra del Emperador, reforzada por los caballeros pesados de la facción de Stefan, asaltó la mansión de la casa del barón antes de la medianoche.
No hubo juicios, ni debates en el consejo, ni oportunidad de defensa. Las puertas de la residencia familiar de Alexander fueron derribadas con hachas de combate. El viejo barón, que intentaba quemar los registros de contrabando en su despacho, fue arrastrado por las escaleras encadenado de pies y manos, acusado de complicidad por financiar el intento de secuestro de la princesa heredera.
El decreto real se leyó bajo la lluvia, ante los ojos de los criados aterrorizados: la casa noble de los barones de la frontera quedaba oficialmente disuelta de la historia del imperio. Sus títulos fueron revocados, sus tierras pasaron a ser propiedad directa de la corona y la totalidad de sus bienes confiscados para llenar las arcas imperiales. En una sola noche, el apellido de Alexander fue borrado del tablero, dejando su linaje maldito para siempre. La victoria de Vivianne era total y absoluta, pero en el silencio de sus aposentos, la mirada de fuego de Stefan seguía quemándole la memoria.
felicidades por tus novelas.