Del dolor al amor
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19
La mansión Von Hardenberg, que durante cuatro años se había erigido como un monumento solemne al silencio y al luto, sucumbió finalmente ante una invasión que nadie vio venir: una explosión única y monumental de vida. El cambio no fue gradual; fue un asalto cromático liderado por Elara y su pequeña general de cabellos dorados, Gitta.
Lo que antes eran pasillos donde el único sonido era el eco de mis propios pasos apresurados hacia el despacho, ahora se habían convertido en un territorio mágico. La rigidez de los protocolos fue reemplazada por la anarquía de los disfraces. Una mañana podía encontrarme con una pirata de cuatro años asaltando la cocina en busca de "tesoros de chocolate", y por la tarde, la mansión era custodiada por una astronauta y su fiel comandante de cabello color algodón de azúcar. Elara no solo cuidaba a Gitta; se sumergía con ella en mundos donde las leyes de la gravedad y la lógica de los adultos no tenían jurisdicción.
Los juegos se extendieron por cada rincón. Ya no había habitaciones prohibidas, solo escenarios por descubrir. Vi a mi padre, el hombre que dirigía corporaciones con mano de hierro, tener que sortear "ríos de lava" hechos con cojines de terciopelo en medio del gran salón. Elara tenía el don de convertir lo ordinario en extraordinario. Un simple almuerzo se transformaba en un banquete real con etiquetas de papel pintadas a mano, y las bromas de Otto encontraron finalmente un público que no solo las celebraba, sino que las superaba con creces.
Pero lo más impactante fue el arte. La pintura y los dibujos comenzaron a brotar como flores en un desierto. Elara instaló un caballete en el solárium, y pronto, los bocetos de Gitta —trazos enérgicos de colores imposibles— empezaron a decorar las paredes de mármol con cinta adhesiva de colores. Lo que en otro tiempo me habría parecido un sacrilegio decorativo, ahora me resultaba un bálsamo. Las manchas de pintura en la alfombra eran cicatrices de una batalla ganada contra la tristeza.
Las noches también cambiaron. El silencio opresivo fue derrotado por las canciones y los cuentos. Elara no leía las historias; las interpretaba, cambiaba las voces y permitía que Gitta inventara los finales. A menudo me encontraba detenido detrás de la puerta entornada, escuchando cómo la risa de mi hija llenaba los espacios vacíos que yo no había sabido cómo habitar. Todo era mágico, una coreografía perfecta de alegría que parecía girar alrededor de Elara.
Gitta lo estaba disfrutando con cada fibra de su ser. Había recuperado ese brillo en los ojos que el destino le quiso arrebatar al nacer. Se veía más segura, más libre, más ella. Verla correr por el jardín persiguiendo "hadas invisibles" mientras Elara le explicaba la importancia de los colores del arcoíris, me hizo comprender que la mansión ya no era solo mía; ahora le pertenecía a la infancia de mi hija.
Yo seguía siendo el mismo hombre marcado por la pérdida, pero era imposible no contagiarse de esa vitalidad. Por primera vez, el trabajo no era mi único refugio. Me descubrí llegando antes a casa, solo para ver qué disfraz habían elegido ese día o para descubrir qué nueva obra de arte colgaba en el pasillo principal. Elara había traído el caos, pero era un caos necesario, un desorden que estaba remendando los pedazos rotos de nuestra historia. La mansión Von Hardenberg ya no era un mausoleo; era un lienzo en blanco que Gitta y su niñera de cabellos pastel estaban llenando de esperanza.