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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

NovelToon tiene autorización de EllyaG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Consecuencias

Regresar fue más sencillo de lo que Isabela esperaba…

Fingir que nada había pasado, aún más.

O eso creyó.

Hasta que notó ciertas miradas. Discretas, curiosas… insistentes. Como si su presencia despertara un interés que antes no existía.

Como si, de pronto, se hubiera convertido en tema de conversación.

Volver a San Valerio no fue una decisión sencilla.

Su abuelo se había opuesto desde el inicio. Había jurado, en nombre de todos los antepasados de la Casa De La Torre, que no permitiría que regresara.

Sin embargo, con la intervención de su abuela Elisa y de su padre, la negativa comenzó a ceder.

Poco a poco.

Hasta que finalmente aceptó.

Con una condición.

Un compromiso.

Rodrigo De León.

Isabela se negó en un principio. La idea no le resultaba agradable… ni oportuna. Pero su abuelo no estaba dispuesto a negociar.

Y ella quería volver.

Así que aceptó.

Esa era la mayor consecuencia de lo ocurrido con Dante.

Ya no compartían curso.

No tenían clases en común.

Y, por lo tanto, las probabilidades de encontrarse eran mínimas.

Había avanzado de grado, y con ello, todo había cambiado.

Sus nuevas habitaciones eran más amplias, más elegantes… acordes al estatus que ahora debía representar. El director Osmar se había encargado personalmente de ello, procurando que cada detalle reflejara su posición dentro del instituto.

Ahora, además, era vecina de Sofía.

Su habitación se encontraba justo frente a la de su amiga.

Un nuevo curso.

Nuevas oportunidades.

Al menos… en apariencia.

Porque, aunque Isabela fingía que todo estaba en calma, la realidad era otra.

Su abuelo había intervenido en cada aspecto de su vida.

Sus damas de compañía ya no eran las mismas.

Había despedido a Lola. Le había pagado bien, sí… pero no le permitió continuar a su lado.

Ahora, en su lugar, tenía a dos jóvenes nobles.

También se habían añadido nuevas responsabilidades:

Clases de idiomas.

Un taller de cerámica.

Y, como si no fuera suficiente…

Un compromiso.

O casi.

Solo faltaba la propuesta formal de Rodrigo.

Durante las vacaciones, él la había visitado con frecuencia. Siempre correcto, siempre atento. Le llevaba flores, algún libro… y su conversación resultaba agradable, ligera.

Rodrigo era un joven educado, con buen sentido del humor.

Isabela lo respetaba.

En parte por Sofía.

En parte porque él había sido, en todo momento, amable con ella.

Pero también tenía algo muy claro.

Las órdenes de su abuelo no eran sugerencias.

Eran instrucciones.

Si Rodrigo le pedía matrimonio…

ella debía aceptar.

Comprometerse.

Y avisar a la familia.

Las damas de compañía tardarían en llegar. Su abuelo apenas le había confirmado que regresaría a San Valerio, por lo que Marisol y Romina no habían tenido tiempo de prepararse.

Isabela no se engañaba.

Más que damas de compañía… serían observadoras.

O, en términos más honestos, espías.

Encargadas de reportar cada uno de sus movimientos.

Aun así, esta vez no cometería errores.

No de nuevo.

El primer día en el instituto estaba destinado a la adaptación.

Acomodarse en las nuevas habitaciones, recorrer los pasillos, familiarizarse otra vez con el entorno.

Prepararse.

Por la noche, se había organizado una fogata con bocadillos y música. Un evento pensado para dar la bienvenida al nuevo curso.

Pero Isabela no asistiría.

No quería encontrarse con Dante.

Y mucho menos exponerse a las miradas ajenas, a ese escrutinio silencioso… siempre atento, siempre esperando el más mínimo error.

Se vio interrumpida por un ligero toque en la puerta.

Al abrir, encontró a una de las damas de Sofía. Elena, si no recordaba mal, permanecía de pie al otro lado.

—Lady Isabela —saludó con una leve inclinación.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

—Lady Sofía me envía —respondió—. Lord Rodrigo la espera en el salón de visitas.

Isabela alzó ligeramente la mirada.

—Así que ya llegó…

—Sí, mi lady —asintió la joven.

—Iré en un momento.

Cerró la puerta con calma.

Se acercó al espejo.

Lucía impecable… tal como debía ser.

Sin una sola falla.

Salió de su habitación con paso sereno, midiendo cada movimiento hasta llegar al salón de visitas. Un espacio pensado para recibir invitados… o, en su caso, continuar con un cortejo bajo las reglas correctas.

La puerta ya estaba abierta.

Dentro, una de las damas de Isabela permanecía presente, cumpliendo su papel como chaperona.

—Rodrigo —saludó Isabela con una sonrisa amable.

—Isabela. Veo que llegaste temprano —respondió él—. Me habría gustado acompañarte, pero sabía que tu abuelo querría encargarse de eso.

Le indicó con un gesto que se acercara al sofá.

—Sí… se despidió de mí esta mañana —respondió ella, tomando asiento con elegancia—. De hecho, llegué temprano.

Hizo una breve pausa.

—¿Ya te instalaste?

—Dejé a mis criados encargándose de mis pertenencias —sonrió—. Tenía algo más importante que atender.

Isabela sostuvo su mirada por un instante, antes de apartarla con sutileza.

—Es la primera vez que estoy en esta sala —comentó, cambiando de tema—. Cuando mi familia me visita, suelen recibirme en otro lugar.

Rodrigo asintió, ligeramente incómodo.

—Esta sala es… diferente. Se utiliza para el cortejo —explicó—. Para parejas comprometidas… o a punto de estarlo.

Su tono revelaba cierta tensión.

—¿Rodrigo…? —Isabela lo miró, con un leve temblor en la voz.

Él se arrodilló frente a ella.

En sus manos sostenía una pequeña caja de terciopelo azul. Al abrirla, dejó ver un anillo de oro blanco, delicado y preciso, con tres diamantes: uno central, más grande, acompañado de dos más pequeños que lo enmarcaban con elegancia.

—Sé que no nos conocemos lo suficiente —comenzó, con calma—. Pero hay algo entre nosotros.

Hizo una breve pausa.

—Amistad. Entendimiento.

Le sostuvo la mirada.

—El amor puede llegar con el tiempo. Es lo que nuestras familias esperan… y lo que yo estoy dispuesto a intentar.

Su voz no temblaba.

—Quiero conocerte. Pasar tiempo contigo. Construir algo… si tú me lo permites.

Una ligera pausa.

—Intentar amarte… y que, con el tiempo, tú también puedas hacerlo.

El silencio se volvió pesado.

No era tierno.

No era lo que ella había imaginado.

Era… abrumador.

El pánico se apoderó de ella.

No quería eso.

No quería esa forma de amar.

No quería un matrimonio construido de esa manera.

Pero… ¿qué otra opción tenía?

El silencio se volvió insoportable.

—Acepto —dijo al fin.

Sin emoción.

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