Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 16
La adrenalina de la rueda de prensa todavía corría por las venas de Renata como un torrente de fuego líquido. Al cerrar la puerta de la suite presidencial en la finca Bustamante, el estruendo de los flashes y los gritos de los reporteros quedaron sepultados por un silencio electrizante. Damián no esperó a que ella dijera una palabra. La atrapó contra la madera noble de la puerta, su cuerpo siendo una prensa de calor y músculo que la dejó sin aliento.
—Lo que hiciste allí fuera... —gruñó Damián, su voz vibrando en el pecho de Renata—, fue la exhibición de poder más excitante que he visto en mi vida. Eres una criatura letal, Renata Vane.
Sin darle tiempo a responder, él capturó sus labios en un beso que sabía a posesión y triunfo. Sus manos, grandes y expertas, no perdieron el tiempo. Con un tirón seco, Damián desabrochó el cinturón de seda de su vestido sastre blanco, dejando que la prenda se abriera como los pétalos de una flor bajo una tormenta. Sus dedos buscaron la piel desnuda de su cintura, apretando con una fuerza que marcaba el territorio.
—Damián... —susurró ella, arqueándose hacia él, su espalda golpeando la puerta con cada envite de su lengua.
—Cállate —ordenó él, su tono cargado de esa autoridad oscura que a ella la volvía loca—. Esta noche no eres la "Arquitecta de Sombras", ni la heredera. Esta noche eres simplemente mía, y voy a recordarte por qué huir de mí fue el error más grande de tu vida.
Él la levantó en vilo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cadera. Caminó hacia la cama de dosel con pasos felinos, derribándola sobre las sábanas de seda gris oscuro que parecían absorber la poca luz que entraba por el ventanal. Damián se despojó de su ropa con una urgencia controlada, revelando una anatomía de guerra, cada músculo tensado por el deseo.
Lo que siguió fue una batalla de voluntades al estilo más crudo y sofisticado. Damián no buscaba solo el placer, buscaba la rendición total. Usó sus manos para inmovilizar sus muñecas sobre la cabecera de terciopelo, mientras su boca exploraba cada rincón de su cuerpo con una lentitud tortuosa. Besó la cicatriz de su hombro, luego bajó por el valle de sus pechos hasta llegar a su vientre, donde sus dientes rozaron la piel con una presión que le arrancó a Renata un grito ahogado.
Él la dominaba con una mezcla de crueldad y devoción, llevándola al borde del abismo una y otra vez, solo para detenerse en el último segundo y exigirle que le suplicara.
—Dime qué quieres, Renata —susurró él, su aliento caliente contra su muslo interno.
—Te quiero a ti... ahora —jadeó ella, sus uñas enterrándose en el colchón.
—Mal —respondió él, subiendo para quedar cara a cara—. Quieres que te reclame. Quieres que borre cada rastro de los Morana de tu memoria.
Cuando finalmente la penetró, el mundo de Renata se redujo a ese contacto explosivo. Cada embestida de Damián era una firma en su alma, un pacto de sangre sellado en la oscuridad. El placer era tan intenso que dolía, una combustión de dos locos que se reconocían en el caos. En ese clímax compartido, entre suspiros rotos y sábanas revueltas, Renata supo que nunca volvería a ser libre, porque la jaula de Damián Bustamante era el único lugar donde su alma se sentía en casa.
Cuatro horas después, la paz post-coital se rompió con un golpe seco en la puerta. No era un sirviente; era el jefe de seguridad de los Vane.
—Señorita Renata, Señor Bustamante... ha llegado un mensajero de la Casa Presidencial. Es urgente.
Renata se puso una bata de seda negra, ajustando el cinturón con dedos firmes mientras Damián se ponía un pantalón de vestir, ignorando la camisa. Sobre la mesa del salón privado descansaba una tarjeta con el escudo nacional en relieve dorado.
"Cena privada en el Palacio de Invierno. 20:00 horas. Asistencia obligatoria para Arturo Vane, Renata Vane y Damián Bustamante."
—Es una trampa —dijo Damián, mirando la tarjeta como si fuera una serpiente venenosa—. El Presidente sabe que Valerius ha caído y quiere contener los daños antes de que tú publiques el resto del Archivo Fénix.
—Lo sé —respondió Renata, mirándose al espejo y retocando su labial rojo sangre—. Pero si no vamos, usarán el peso del Estado para aplastarnos. Es hora de ver quién tiene más poder: el hombre que firma las leyes o la mujer que conoce sus pecados.
El Palacio de Invierno era una fortaleza de opulencia. Guardias de honor flanqueaban el camino hacia el comedor privado. Al entrar, Renata vio a su padre, Arturo Vane, sentado a la mesa. Lucía diez años mayor; su piel estaba pálida y sus manos temblaban mientras sostenía una copa de vino.
A la cabecera de la mesa, el Presidente de la Nación, un hombre de rostro paternal pero ojos de tiburón, les dedicó una sonrisa gélida.
—Tomen asiento, por favor —dijo el mandatario—. Renata, estás radiante. Es una pena que tu regreso a la vida pública haya sido tan... explosivo.
Damián se sentó al lado de Renata, su sola presencia irradiando una amenaza constante. No tocó la comida.
—Vayamos al grano, Señor Presidente —dijo Renata, cruzando las piernas—. Usted no nos invitó para hablar de mi belleza.
El Presidente dejó los cubiertos y se inclinó hacia adelante.
—Tienes razón. El Senador Valerius fue un tonto, pero dejó algo atrás: una investigación muy detallada sobre los negocios de tu padre, Arturo, hace veinte años. Parece que los cimientos del imperio Vane se construyeron sobre contratos estatales inflados y desvíos de fondos que, en términos legales, se traducen en cadena perpetua.
Arturo Vane bajó la cabeza, incapaz de mirar a su hija.
—Tengo las órdenes de arresto listas —continuó el Presidente con una calma aterradora—. Sin embargo, estoy dispuesto a que se pierdan en la trituradora. A cambio, Renata, quiero el Archivo Fénix. Todos los códigos, todos los nombres, todos los respaldos. Quiero que esa arma desaparezca de tus manos y pase a las mías.
Renata sintió un frío glacial. Era el chantaje definitivo. Su padre por su secreto. Miró a Arturo, el hombre que la había criado con lujos pero que ahora resultaba tener pies de barro. El Presidente la observaba, saboreando su supuesta victoria.
—Tienes diez minutos para decidir, Renata —dijo el mandatario—. ¿La libertad de tu padre o tu pequeño juego de espías?
Renata abrió la boca para hablar, pero un ruido metálico lo impidió. Damián Bustamante se puso de pie lentamente, el sonido de su silla arrastrándose sobre el mármol fue como un estruendo. Se acercó a la cabecera de la mesa, rodeando la silla de Renata, y puso sus manos sobre los hombros de ella en un gesto de posesión absoluta.
—Se equivoca en algo, Señor Presidente —dijo Damián, y su voz era tan profunda que pareció hacer vibrar la vajilla de porcelana—. Usted cree que está negociando con un padre desesperado o con una hija asustada. Cree que está tratando con la familia Vane, a la que puede intimidar con leyes y cárceles.
Damián se inclinó, clavando su mirada de león en los ojos del Presidente, quien por primera vez en la noche, parpadeó con nerviosismo.
—Usted no está negociando con los Vane —sentenció Damián con una sonrisa depredadora—. Está negociando con mi esposa. Y yo, Damián Bustamante, no acepto amenazas, ni de socios, ni de enemigos, ni mucho menos de políticos que olvidan quién financió su campaña para llegar a esta silla.
El silencio en el comedor fue sepulcral. Arturo Vane miró a Damián con asombro, y el Presidente palideció.
—Damián, esto es un asunto de Estado... —intentó decir el mandatario.
—Este es un asunto de familia —lo cortó Damián, su mano apretando suavemente el hombro de Renata—. Si una sola de esas órdenes de arresto se firma, no publicaremos el archivo. Lo que haremos será usar el capital de los Bustamante para vaciar los bancos de este país en una hora. Hundiremos la moneda antes del desayuno. Usted terminará colgado en la plaza pública por un pueblo hambriento antes de que mi suegro pise una celda.
Damián tomó la mano de Renata, obligándola a levantarse.
—Nos vamos —dijo él—. El Archivo Fénix se queda donde pertenece: bajo mi protección. Y si quiere volver a vernos, asegúrese de traer una oferta que no incluya insultar mi inteligencia o amenazar a mi mujer.
Renata miró a Damián con una mezcla de orgullo y deseo renovado. Juntos, salieron del Palacio de Invierno bajo la mirada atónita de los guardias. En el coche, mientras el convoy se alejaba, Renata se giró hacia él.
—Acabas de declararle la guerra al hombre más poderoso del país —susurró ella.
Damián la tomó de la nuca y la atrajo para un beso cargado de promesa.
—Él no es el más poderoso, Renata. Nosotros lo somos. Y si quiere guerra, le daremos un infierno que no podrá apagar ni con todo el agua del océano.
Esa noche, Renata comprendió que el secreto que guardaba ya no era solo su escudo, era el cimiento de un nuevo imperio que ella y Damián construirían sobre las cenizas de los que intentaron pisotearlos. La verdadera batalla acababa de empezar.