⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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14: silencio en la Calera
La noche en las afueras de Bogotá era fría y sin luna. La mansión de Víctor Salazar se alzaba como una fortaleza moderna en las laderas de La Calera: muros de concreto armado cubiertos de enredaderas, torres de vigilancia discretas y un perímetro de cámaras que barrían cada centímetro. Zairo y Rubí habían pasado el día estudiando los planos que obtuvieron de un contacto local, memorizando rutas, horarios de guardias y puntos ciegos. Ahora, a las dos y cuarenta y siete de la madrugada, estaban listos.
Vestidos con ropa táctica negra completa —pantalones con refuerzos, chalecos con placas balísticas ligeras, pasamontañas y guantes antideslizantes—, se movían como sombras. Zairo llevaba una pistola con silenciador en la funda lateral y un cuchillo táctico en la espalda. Rubí portaba lo mismo, más un pequeño jammer de señales y un dispositivo de corte láser para la bóveda. Sus ojos brillaban con esa mezcla de adrenalina y concentración que solo aparecía en momentos como este.
Estacionaron la moto a medio kilómetro, en un bosque denso. Corrieron agachados entre los árboles, respiraciones controladas, botas silenciosas sobre la tierra húmeda. El viento traía olor a pino y a lluvia lejana. Zairo levantó la mano cerrada: alto. Un guardia patrullaba la valla exterior con un perro pastor alemán. Esperaron treinta segundos eternos hasta que el hombre dobló la esquina.
—Ahora —susurró Zairo.
Saltaron la valla en sincronía perfecta. Rubí aterrizó sin ruido y desactivó la cámara más cercana con el jammer. Avanzaron pegados al muro, usando arbustos como cobertura. El corazón de Zairo latía fuerte pero constante; cada paso era calculado. Sabían que un error significaría balas, alarmas y posiblemente la muerte.
Llegaron a la puerta de servicio trasera. Rubí colocó un dispositivo magnético que anuló la cerradura electrónica en seis segundos. Entraron al pasillo oscuro. El aire olía a madera pulida y a cigarro caro. Dos guardias conversaban en la cocina, riendo bajo. Zairo hizo una señal con dos dedos. Rubí se deslizó como un fantasma, se acercó por detrás y aplicó una llave al cuello del primero. El hombre se desplomó sin emitir sonido. Zairo noqueó al segundo con un golpe preciso en la sien. Los arrastraron a un armario y los amordazaron.
Subieron las escaleras principales en silencio absoluto. El pasillo del segundo piso estaba iluminado solo por luces de emergencia. Una cámara giraba lentamente. Rubí esperó el ángulo muerto y colocó un repetidor que repitió la señal de la cámara anterior. Ahora el sistema mostraba un pasillo vacío.
La bóveda estaba al final del corredor, detrás de una puerta blindada. Zairo sacó la ganzúa electrónica y la conectó al panel. Números verdes parpadearon. Diez segundos. Veinte. Un clic suave. La puerta se abrió con un suspiro hidráulico.
Dentro, la sala era pequeña y climatizada. En el centro, sobre un pedestal de vidrio blindado, descansaba la katana: hoja curvada perfecta, vaina de laca negra con incrustaciones de oro y jade que brillaban débilmente bajo la luz roja de emergencia. Zairo sintió un nudo en el estómago. Ahí estaba, a solo dos metros.
Pero el suspenso se cortó de golpe. Un sensor de movimiento oculto en el piso emitió un pitido bajo. Rubí reaccionó primero: saltó hacia el pedestal y colocó un peso idéntico que habían preparado con plomo y silicona. El sensor se calmó. Zairo cortó el vidrio con el láser portátil, un hilo rojo fino que no activó alarmas adicionales. Sacó la katana con manos firmes, la envolvió en una funda protectora especial y la aseguró a su espalda.
—Fuera —susurró.
El regreso fue más tenso. Al bajar las escaleras, escucharon pasos en el piso inferior. Tres guardias subían, hablando de un cambio de turno. Zairo y Rubí se pegaron a la pared en un recodo oscuro. El primero pasó sin verlos. El segundo se detuvo, olfateando el aire. Rubí contuvo la respiración. Zairo tenía el cuchillo listo.
El guardia siguió caminando. El tercero nunca llegó a verlos: Rubí lo tomó por detrás, lo arrastró al hueco de la escalera y lo dejó inconsciente. Bajaron los últimos escalones corriendo en silencio.
Afuera, la noche parecía más oscura. Cruzaron el jardín trasero cuando un foco de vigilancia se encendió de repente. Una alarma lejana empezó a sonar. Alguien había notado algo.
—¡Corre! —ordenó Zairo.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣