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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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capitulo 14
Nox salió del interrogatorio temblando.
No solo las manos. El cuerpo entero. Los dientes le castañeteaban. Las piernas apenas la sostenían. El dedo anular seguía sangrando, a pesar de la gasa que le habían puesto a la fuerza.
El hombre que estaba bajo el mando de Killa —un suboficial de rostro duro y ojos cansados— la tomó del brazo para llevarla de vuelta a la celda. No la trató mal. No la trató bien. La trató como a un objeto que había que transportar.
Pero en sus ojos había algo.
Sorpresa.
—Es la primera vez —murmuró el hombre, casi para sí mismo— que alguien sale ileso de un interrogatorio con él.
Nox no respondió.
No podía.
Ilesa. Qué palabra tan cruel para describir lo que sentía. Su cuerpo estaba entero, sí. Pero algo dentro de ella se había roto. O tal vez no. Tal vez solo se había agrietado. Como una pared que recibe un martillazo y aguanta, pero ya nunca vuelve a ser la misma.
Llegaron a la celda. La puerta se cerró.
Nox se dejó caer en la camilla.
Miró su dedo.
La sangre empapaba la gasa. Pero la herida no era profunda. Cicatrizaría. Y quedaría ahí. Para siempre.
Cerró los ojos.
Quédate quieta, se ordenó. No pienses. Solo respira.
Pero las imágenes del interrogatorio la asaltaban una tras otra. El metal frío. La sangre. El beso. El golpe. Las lágrimas.
Y él. Killa. Diciéndole "mi amor" mientras le cortaba el dedo.
Es un enfermo, pensó. Un enfermo que no sabe lo que hace.
O tal vez sí sabía. Y esa era la peor parte.
Killa no se movió de la sala de interrogatorios cuando Nox se fue.
Se quedó de pie, en medio del silencio, mirando la mancha de sangre en el suelo.
Su mancha.
Su obra.
Su marca.
Pero algo no estaba bien. Algo le roía por dentro. No era culpa —él no sentía culpa—. Era otra cosa. Más parecida al hambre. A la sed. A la urgencia de algo que no podía nombrar.
Ahora pensó.
Debí hacer algo. Algo para que no la ejecuten.
Se pasó una mano por el cabello. Se giró. Caminó de un lado a otro de la sala como un animal enjaulado.
—Vamos, piensa, Killa —se dijo en voz alta—. Piensa, maldita sea.
Dos meses.
Solo dos meses.
Y luego la ejecución.
El alto mando no perdonaba. El protocolo no perdonaba. Los generales no perdonaban.
Pero él tampoco perdonaba. No iba a permitir que se la llevaran. No iba a permitir que la mataran. No después de todo lo que había hecho para tenerla cerca.
Se detuvo frente a la mancha de sangre.
Sonrió.
Una sonrisa lenta, oscura, que no llegaba a sus ojos.
—No voy a darte la paz de morir —susurró a la imagen de Nox que aún flotaba en su cabeza—. Vas a arder a mi lado hasta el último día de tu vida.
La sonrisa se ensanchó.
Hasta el último día.
De tu vida.
O de la mía.
Ko – Mientras tanto
En otro extremo de la ciudad, Ko no dormía.
Llevaba horas al teléfono, con los auriculares pegados a la oreja, moviendo todos los contactos que tenía. No como rebelde. Como lo que realmente era.
Hijo de un político poderoso.
Miembro de la élite.
Intocable.
—Necesito una visita —había dicho una y otra vez—. A la prisionera Nox. En la base de Killa.
Al principio, las respuestas fueron evasivas. Papeleo. Protocolo. "No es tan sencillo, coronel Ko."
Pero él no era cualquiera. Y lo sabían.
Horas después, alguien del alto mando aceptó. Una visita. Breve. Supervisada. Pero una visita.
Ko colgó el teléfono. Apretó los dientes.
Voy por ti, Nox.
Killa – El aviso
La puerta del despacho de Killa se abrió sin llamar.
El suboficial entró con paso firme, pero con el rostro pálido. Sabía que la noticia no iba a gustar.
—Mi coronel —dijo, cuadrándose—. Tengo noticias.
Killa levantó la vista del informe que ni siquiera estaba leyendo.
—Habla.
—Ko está intentando obtener una visita. Para ver a la prisionera.
El silencio que siguió fue de hielo.
Killa apretó el puño.
Los nudillos blanquearon. La sangre abandonó sus dedos. La rabia le subió por el brazo, por el pecho, por la garganta.
No. No iba a dejar que él la recuperara. Jamás.
Pero al mismo tiempo, algo en su interior se retorcía de impotencia. Porque Ko no era un soldado cualquiera. Ko era hijo de un político poderoso. Ko era de la élite. Ko era, maldita sea, intocable como él.
No podía negarle la visita.
No podía detenerlo.
No podía hacer nada sin arriesgar su propio cuello.
Killa bajó el puño. Golpeó la mesa.
Los papeles saltaron.
—No podré evitar esa visita —dijo, con los dientes apretados, la voz ronca, los ojos ardiendo de furia contenida—. Maldición.
El suboficial no dijo nada. Solo esperó.
Killa respiró hondo. Varias veces. Hasta que la ira se convirtió en algo más frío. Algo más peligroso.
—Prepárelo todo —ordenó—. Ko tendrá su visita.
Pausa.
—Pero que sea breve. Y que sepa que yo estaré presente. Todo el tiempo.
El suboficial asintió y salió.
Killa se quedó solo.
Miró sus manos.
Las manos que habían marcado a Nox.
Las manos que la habían sostenido.
Las manos que la volverían a tocar.
—No te dejaré ir —susurró a la noche—. Ni siquiera a ti, Ko.
Afuera, la lluvia comenzó a caer.
Y en su celda, Nox soñaba con escapatorias imposibles.
Sin saber que dos perros se estaban preparando para pelear por ella.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...