Valentina creyó haberlo dado todo. Años de amor, de entrega, de familia y de sostener una vida que sin darse cuenta ya estaba quebrada.
Hasta que una noche, sin aviso, todo termino. Lo que siguió no fue una separación... fue un descenso al vacío. Entre el dolor, soledad y la reconstrucción de si misma, aparece Santiago... Un encuentro inesperado que despierta en ella emociones que creia muertas. Pero no todo lo que se enciende... sana, no todo lo que llega... permanece.
Esta es la historia de una mujer que tuvo que perdió a si misma, para finalmente reencontrarse.
"A veces, para volver a vivir... hay que aprender a soltarse"
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capítulo 12
Elizabeth
No es fácil ser la que intenta sostener todo cuando todo se rompe.
Yo lo intento.
Todo el tiempo.
Especialmente por él.
Por Massimo.
Porque cada vez que ellos empiezan… cada vez que levantan la voz, que se dicen cosas que no deberían decirse, que el aire se vuelve pesado… él se rompe.
Y a mí me duele verlo así.
No lo entiendo.
No entiendo por qué siempre termina igual.
No entiendo por qué no pueden parar.
Pero ya no pregunto.
Aprendí a actuar.
A anticiparme.
A cuidar.
A tapar.
A sostener lo que nadie más sostiene.
Cuando empiezan a discutir, lo miro.
Siempre hago lo mismo.
Le sonrío.
Le hago señas.
—Vení… vamos.
Y lo saco de ahí.
Lo llevo a la habitación.
Le pongo los auriculares.
—Jugamos —le digo.
Intento que no escuche.
Intento que no sienta.
Pero hay cosas que igual llegan.
Porque el dolor… atraviesa paredes.
Y él lo siente.
Se le nota.
En los ojos.
En la forma en la que se le quiebra la voz.
En cómo se le llenan los ojos de lágrimas sin entender del todo qué está pasando.
Y eso…
eso me rompe a mí.
Hoy no fue distinto.
O sí.
Tal vez fue peor.
La discusión empezó como siempre.
Un comentario.
Un tono.
Una mirada.
Y después… todo escaló.
—¿Otra vez llegás a esta hora?
—Estoy trabajando, Lucas.
—No me tomes por idiota.
—No lo hago.
Las voces subieron.
Las palabras dolieron.
Yo ya estaba al lado de Massimo.
—Vamos —le dije.
Pero esta vez no quiso.
—No… —susurró—. No quiero.
Lo abracé.
—Estoy con vos.
Pero su cuerpo ya estaba tenso.
—Basta… —dijo bajito.
Casi sin voz.
Y ahí supe que ya era tarde.
La discusión siguió.
Más fuerte.
Más dura.
Hasta que de golpe…
silencio.
Un silencio raro.
Pesado.
Y después…
la puerta.
Un golpe seco.
Papá se había ido.
Me quedé quieta.
Escuchando.
Sintiendo.
Y entonces la vi.
A mamá.
Bajando las escaleras.
Pero no como siempre.
No firme.
No tranquila.
No ella.
Venía despacio.
Agarrándose del pasamanos.
Como si le doliera cada paso.
—Mamá…
No respondió.
—Mamá…
Su cara estaba pálida.
Los ojos perdidos.
Y de repente…
se dobló.
Como si algo la hubiera quebrado desde adentro.
—¡Mamá!
Corrí hacia ella.
Massimo atrás mío.
—¿Qué te pasa? —le pregunté, desesperada.
Pero no podía hablar.
Se agarraba el abdomen.
Respiraba mal.
—No puedo… —alcanzó a decir.
El miedo me atravesó de golpe.
—Tranquila, tranquila… ya está.
Pero no estaba nada bien.
—Massimo, traé el celular.
Mis manos temblaban.
Marqué.
Ambulancia.
No sé ni cómo hablé.
No sé qué dije.
Solo sé que en minutos todo se volvió un caos.
Luces.
Ruido.
Voces.
Y mamá…
cada vez peor.
La subieron.
Yo no la solté.
Massimo tampoco.
—Estoy acá —le repetía—. Estoy acá, ma.
Pero no sé si me escuchaba.
En el hospital todo fue rápido.
La llevaron.
Nos dejaron afuera.
Y ahí…
todo se frenó.
El tiempo.
El aire.
Todo.
Massimo empezó a llorar.
Fuerte.
Desconsolado.
Lo abracé.
—Shhh… tranquilo.
Pero yo tampoco estaba tranquila.
Sentía que me ahogaba.
Que no podía respirar bien.
Que algo estaba muy mal.
Saqué el celular.
Y le escribí a Meli.
“Meli… mamá está mal. La estamos llevando al hospital.”
No pensé.
Solo lo hice.
Después…
le escribí a papá.
“Papá, mamá está internada. Está muy mal.”
Enviado.
Visto.
Nada más.
Nada.
Ni una palabra.
Ni una llamada.
Ni un “¿qué pasó?”.
Nada.
Sentí un vacío.
Una bronca.
Un dolor que no supe cómo manejar.
Pero no podía pensar en eso.
No ahora.
Tenía que estar para Massimo.
—Va a estar bien —le dije.
Aunque no sabía si era verdad.
Solo lo abracé más fuerte.
Como si pudiera protegerlo de todo.
Melina estaba sentada frente a Luciano cuando el celular vibró.
El bar tenía esa luz tenue de siempre.
Música baja.
Un ambiente tranquilo.
Pero en cuanto leyó el mensaje…
todo cambió.
Su rostro se tensó.
—¿Qué pasó? —preguntó Luciano al verla.
Melina se levantó de golpe.
—Luciano, debo irme… Valentina se descompuso.
No dudó.
Ni un segundo.
Se levantó.
—Te llevo.
Pagó sin mirar.
Salieron rápido.
El aire de la noche los golpeó de frente.
Subieron al auto.
—¿Sabés qué pasó? —preguntó él mientras arrancaba.
—No… —respondió ella, nerviosa—. Solo dijo que estaba mal.
El trayecto fue en silencio.
Pero no un silencio tranquilo.
Era un silencio cargado.
De preocupación.
De urgencia.
Luciano apretaba el volante.
La mandíbula tensa.
—Tranquila —dijo—. Ya vamos a llegar.
Pero él tampoco estaba tranquilo.
Cuando llegaron, bajaron rápido.
Entraron al hospital.
Y los vieron.
Elizabeth estaba sentada.
Los ojos rojos.
El rostro cansado.
Abrazando a Massimo.
Que no dejaba de llorar.
—Eli…
La voz de Meli la quebró.
Se levantó de inmediato.
La abrazó.
Fuerte.
—¿Qué pasó?
—No sé… —dijo entre lágrimas—. Se empezó a sentir mal… y…
No pudo seguir.
Massimo se aferró más.
—Tranquilo, campeón… —dijo Luciano, agachándose a su altura.
Su voz fue suave.
Cálida.
—Ya está. Estamos acá.
El nene lo miró.
Con los ojos llenos de miedo.
—¿Mamá se va a morir?
La pregunta cayó como un golpe.
Elizabeth cerró los ojos.
Meli se llevó una mano a la boca.
Luciano sostuvo su mirada.
—No —dijo firme—. Tu mamá es fuerte.
Le apoyó una mano en el hombro.
—Va a estar bien.
No sabía si era cierto.
Pero en ese momento…
era lo que necesitaban.
Se sentaron juntos.
Esperando.
Minutos.
Horas.
No sabían.
El tiempo se volvió difuso.
Hasta que finalmente…
un médico salió.
—Familia de Valentina.
Se levantaron todos.
—Sí —respondió Elizabeth.
—Está estable.
El aire volvió.
De golpe.
—Tuvo una pancreatitis —explicó—. Está siendo tratada.
Elizabeth asintió.
—¿Podemos verla?
—De a uno.
Miró a Massimo.
—Andá vos primero —le dijo Elizabeth.
El nene dudó.
—Andá… —lo animó Luciano.
Entró.
Despacio.
Con miedo.
Elizabeth se quedó afuera.
Respirando hondo.
Meli le agarró la mano.
—Hiciste todo bien.
Y ella…
por primera vez en mucho tiempo…
se permitió quebrarse.
Porque a veces…
los que sostienen a todos…
también necesitan caer un poco.
Aunque sea…
por un momento.
siento que eso es lo peor que una mujer le puede pasar pensar que es hasta que lleguemos a viejitos los dos..y resulta que nada es para siempre sin saber que duele excelente inicio