Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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El Umbral de lo Irreversible
Capitulo 14
El Pacto en el Hotel
Beatriz se terminaba de retocar el labial frente al espejo de la habitación del hotel. A través del ventanal, Manhattan empezaba a encender sus luces de oficina, pero dentro de esas cuatro paredes solo quedaba el olor a café frío y a una estrategia que se sentía sucia. Miró a Julián por el reflejo mientras él se ajustaba los gemelos con las manos temblorosas, viéndolo más inquieto de lo normal.
— Deja de dar vueltas, Julián —le soltó ella con frialdad—. Si Valeria sospecha algo ahora, se nos cae todo el teatro. Necesitamos que firme esos papeles de la administración de la cadena de hoteles y los restaurantes en tres semanas. Es el tiempo que me toma terminar de mover las cuentas al extranjero. Si se echa para atrás antes, no vamos a ver ni un centavo de esa herencia.
Julián se pasó la mano por el pelo, agobiado por el peso de la doble vida.
— No sé, Beatriz. Hoy en la casa la sentí rara. Ya no me mira igual. Si llega a revisar las auditorías de los restaurantes y ve que falta plata, me va a mandar directo a la cárcel. Ella heredó el carácter de su papá, no es ninguna tonta.
— Pues haz que se sienta la mujer más amada del mundo —respondió Beatriz con desprecio—. Vete a la mansión ya mismo. Cómprale algo, invénta te que el trabajo te tiene loco, llora si es necesario. Dile que la amas. Solo necesito que nos dé el control legal. Haz tu papel de esposo perfecto un poquito más de tiempo.
Mientras tanto, la mansión de los De la Vega estaba sumida en un silencio tenso. Valeria había pasado la tarde encerrada en su cuarto secreto, ese estudio que Julián siempre llamaba "el cuarto de los rayones". Allí, entre trazos violentos de rojo y negro, había descargado toda la rabia acumulada de años. Se acordó de cada vez que él la hizo sentir inútil en las juntas directivas, de cómo él se pavoneaba en los restaurantes de lujo como si el imperio fuera suyo y no el legado que ella recibió de su familia.
A media tarde, empapada en sudor y con las manos manchadas de óleo, Valeria sintió una claridad fría y absoluta. Agarró el celular y marcó a su abogado de confianza.
— ¿Abogado? Qué pena molestarlo a esta hora, pero esto no puede esperar —dijo con una voz que no temblaba—. Quiero redactar el divorcio ya mismo. Mañana a primera hora quiero los papeles listos. Voy a sacarlo de la administración de los hoteles y de los restaurantes de inmediato. No quiero que ese hombre vuelva a tocar nada que sea mío.
Colgó y salió de su cuarto secreto. Tenía un hambre de libertad que no había sentido en una década. Bajó a la cocina de la mansión, se sirvió una copa de vino y empezó a prepararse algo para comer ella sola, disfrutando de que la casa todavía estaba en calma.
Justo cuando Valeria estaba terminando de preparar su plato, escuchó el ascensor privado. Era temprano, la hora de la comida, y Julián entró a la cocina con una sonrisa ensayada que no le llegaba a los ojos. En la mano traía un enorme ramo de rosas de color rosa, pomposas y caras, como si el precio pudiera borrar el rastro de donde venía.
— Hola, mi vida... mira lo que te traje —dijo él, tratando de sonar dulce y acercándose para intentar darle un beso que ella esquivó sin esfuerzo—. Estaba preocupado porque no me contestabas. He estado pensando mucho en lo que pasó estos días. He estado muy estresado con la gestión de los hoteles y me descargué contigo de mala manera. Perdóname, de verdad. Eres lo más importante para mí, te amo más que a nada.
Valeria dejó el cubierto sobre la encimera y miró las rosas con una mueca que era casi una burla.
— Rosas rosas, Julián... —dijo ella, soltando una risa seca que lo detuvo en seco—. Llevamos diez años casados y todavía no sabes absolutamente nada de mí. Si me conocieras un poco, sabrías que las rosas me parecen un cliché barato y aburrido. Mis favoritas son las margaritas. Pero claro, nunca te tomaste la molestia de recordarlo porque estabas muy ocupado mirando hacia otro lado.
Julián se quedó helado, con el ramo extendido como un tonto en medio de la cocina. Intentó tartamudear una excusa, pero Valeria lo cortó antes de que pudiera empezar.
— Esas flores son como tu matrimonio: una fachada que compraste de camino a casa para tapar tu incompetencia. Pero llegas tarde, Julián. Muy tarde. Ya no me sirven tus disculpas ensayadas. Me cansé de tus mentiras y de que uses mi herencia como si fuera tuya.
— ¿Pero qué dices? Valeria, estás exagerando por un mal día y unas flores... —alcanzó a decir él, palideciendo mientras dejaba el ramo sobre la mesa—. Podemos hablarlo, podemos arreglar las cosas.
— No hay nada que hablar. Hablé con mi abogado hace diez minutos. Mañana te llega la demanda de divorcio. Y olvídate de los hoteles y de los restaurantes. Ya mandé a revocar todos tus poderes de administración hoy mismo. No vas a volver a manejar ni un solo dólar de lo que mi padre construyó.
El tipo cambió la cara en un segundo. El arrepentimiento fingido desapareció y le salió el miedo real, ese pánico de verse fuera de la vida de lujo en Nueva York.
— ¡Estás loca! ¡No puedes hacerme esto! Piensa en el escándalo, en los socios de la cadena. No vas a poder manejar todo este imperio tú sola, me necesitas.
— El único error que cometí fue dejar que un tipo como tú tocara mi herencia —sentenció ella, señalando la salida—. Esta es mi mansión, Julián. Vete de la cocina ahora mismo. Y para mañana al medio día, quiero todas tus maletas fuera de mi casa. Se acabó.
Valeria le dio la espalda y siguió con su comida, como si él ya fuera un extraño que se había equivocado de dirección. Julián se quedó parado en medio de la cocina con sus rosas rosa, dándose cuenta de que, por no saber que a ella le gustaban las margaritas, lo había perdido todo.