Un divorcio es solo el principio
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Reina
Dante hizo una seña al barman y se retiraron a un reservado de cuero oscuro, lejos del brillo de la cristalería y los susurros de la alta sociedad. Sirvió dos dedos de un whisky escocés que quemaba solo con mirarlo y deslizó un vaso hacia Viktor.
—Bebe esto —dijo Dante, su voz cargada de una seriedad que rara vez mostraba—. Porque si vas a entrar en el campo de batalla de Elena, necesitas tener la sangre fría.
Viktor tomó el vaso, pero sus ojos seguían fijos en la silueta de Elena al otro lado del salón.
—Cuéntame, Dante. ¿Cómo una mujer con ese fuego terminó al lado de un insecto como Alberto?
Dante soltó un suspiro pesado, apoyando los codos en la mesa.
—Ese es el problema, Viktor. No fue debilidad; fue una lealtad mal encaminada. Elena nació con un apellido que abre puertas en tres continentes. Su fortuna familiar podría comprar esta ciudad dos veces. Pero a los veintidós, se enamoró de la idea de construir a un hombre desde cero.
Viktor arqueó una ceja, genuinamente intrigado.
—¿Un proyecto de caridad?
—Algo así. Alberto no tenía nada. Ni contactos, ni clase, ni un centavo en el banco. Elena dejó de lado su propio apellido, se cambió el nombre en sus tarjetas de presentación para que él no se sintiera "opacado" y usó su herencia para financiarle cada fracaso hasta que uno pegó. Se anuló a sí misma, Viktor. Dejó de ser la heredera de los, para ser la "esposa de Alberto". Lo alimentó, lo vistió y le dio una importancia que él nunca supo manejar.
Dante bebió un trago largo, el alcohol rascándole la garganta.
—Lo que viste hoy, ese sarcasmo y esa frialdad... es el despertar de un volcán que estuvo dormido diez años. Ella no solo lo dejó; recuperó su identidad. Por eso tu juego de "macho alfa ruso" no va a funcionar. Ella ya fue la mujer detrás del trono, ahora quiere el trono, el castillo y la cabeza del rey en una bandeja.
Viktor se quedó en silencio, procesando la información. Su mirada hacia Elena cambió; ya no era solo deseo, ahora había un respeto oscuro, casi reverencial.
—Así que ella sacrificó su propio imperio por un mendigo que le pagó con traición —murmuró Viktor, y por primera vez, su voz no sonaba a amenaza, sino a una promesa peligrosa—. Entonces, Dante, mi estrategia cambia. No necesito comprarle un reino. Necesito demostrarle que soy el único hombre capaz de arrodillarse ante el suyo sin sentirse pequeño.
Dante lo miró fijamente, con una advertencia final.
—No te equivoques, hermano. Ella no busca un rey. Y si intentas domarla, te aseguro que terminarás como Alberto: con el esmoquin roto y el orgullo en el lodo. Ella no necesita a nadie.
Viktor terminó su whisky de un golpe y se puso de pie, ajustándose el reloj de platino.
—Exacto. Y es por eso que la voy a tener. Porque yo no quiero que me necesite. Quiero que me elija.