"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 13
«Inicia el viaje a Bariloche, El Calafate y Ushuaia»
Julieta enjuga sus lágrimas, toma aire y suelta un suspiro que más bien parece un lamento.
Las lágrimas que derrama cada domingo en esa tumba desde hace dos años no lavan su alma ni se llevan sus penas. Tendría a su bebé en su regazo, pero ya son dos años de una maternidad frustrada, de unos brazos vacíos de arrullos.
Con pesadez se levanta de la tumba fría donde yacen sus amores, sin notar que, a lo lejos, está siendo observada. Desde hace una semana la vigilan: simulan ser personas del común —transeúntes, vendedores, señoras con compras, hombres hablando por teléfono, viajeros, jóvenes— y ni sus escoltas, que la cuidan a una distancia prudente, los han notado.
Sale del cementerio rumbo a su pequeño apartamento, su refugio, el lugar donde se permite ser ella y alejarse del ruido de la gente, de las calles y de su entorno laboral. Llega cansada, deja su pequeña maleta en el sofá y se acerca al ventanal para observar el Río de la Plata; ver correr sus aguas, en un ritmo lento y constante, arrastrando botes de turistas, la relaja.
Luego va a su cocina y se prepara algo ligero; lleva tanto tiempo cocinando solo para ella que, en realidad, come muy poco. Al terminar, lava lo que usó y sube a su habitación para hacer el equipaje que llevará a su viaje.
Al día siguiente se dirige en su moto al hangar del aeropuerto donde está el jet de la empresa de Dante. Su abogado, Álvaro Cañón, ya la esperaba, junto al arquitecto líder y el ingeniero jefe de la inmobiliaria Lozano y Constructores. Cinco minutos después llega Eduardo con su supuesto abogado, quien en realidad es otro agente encubierto. Ese día dejarían las cláusulas de la sociedad bien estipuladas y asentarían las firmas en el registro civil de Río Negro.
Dos horas y media duró el viaje hasta Bariloche, y una hora después de haber llegado, la sociedad ya estaba legalmente constituida. Eduardo Rizzo, bajo su identidad ficticia de Eduard Rossi, se convirtió en socio de la dulce pero visionaria Julieta Vera.
Tras la diligencia, se despiden de los abogados, que regresan a Buenos Aires. Luego, Julieta, junto a Eduardo y su equipo, se dirige al hotel para que él conozca las instalaciones.
Después del recorrido, cada uno se retira a su suite. Por la tarde se reúnen en el restaurante del hotel para revisar los planos de ampliación. Eduardo intenta mantener un tono profesional, aunque admite que la arquitectura no es su fuerte, por lo que confía plenamente en el criterio del equipo.
Con los planos aprobados, todos se retiran. Al día siguiente daría inicio la obra, y Julieta dejaría el proyecto en manos de su equipo técnico.
La ejecución comenzó puntualmente. La torre Dante le daría un toque moderno al hotel “Palacio Rinaldi Patagonia”. La mezcla de lujo y modernidad se daría la mano en aquella megaobra. El nuevo edificio conservaría la vista a los lagos, y las suites de lujo albergarían tanto a parejas en luna de miel como a familias en busca de una experiencia única.
Durante tres días supervisaron el inicio de la construcción. El movimiento de tierra marcó el primer paso para enclavar los cimientos de los ocho pisos que tendría la torre.
Al cuarto día viajaron a El Calafate. Allí recorrieron la zona turística en busca de un terreno acorde al concepto de la cadena hotelera de Julieta. Eligieron la avenida Costanera, con vista a la laguna Nimez. Un edificio antiguo captó su atención: remodelarlo reduciría costos y aceleraría el posicionamiento del hotel con el aval del “Palacio Rinaldi Patagonia”.
Durante dos días evaluaron reparaciones y presupuestos. Eduardo quedó impresionado por los conocimientos de Julieta, quien, pese a haber estudiado administración, dominaba los términos de arquitectura e ingeniería con una intuición y experiencia admirables.
Los últimos días los pasaron en Ushuaia. La ciudad más austral los recibió con un tímido sol de verano. En la zona del glaciar Martial, Julieta volvió a optar por una construcción existente: una cabaña de piedra y madera que serviría como base para el nuevo hotel, respetando el estilo autóctono de la zona.
Regresaron a Buenos Aires sin contratiempos… y sin avances por parte de Eduardo. No hubo acercamientos. Julieta se limitó a lo estrictamente profesional. Él no sabía cómo explicarle al comisario que no había ocurrido absolutamente nada.
Debía hacer algo, pero no se le ocurría qué. Sus dotes de conquistador parecían haber desaparecido desde el final de su matrimonio, tres años atrás.
Julieta no era una mujer que se dejara impresionar fácilmente, eso ya lo tenía claro. Tampoco parecía interesada en halagos vacíos o invitaciones comunes. Necesitaba algo distinto, algo que la sacara de su rutina… sin parecer forzado.
Eduardo recordó entonces una conversación breve que ella había tenido en el avión, cuando mencionó lo mucho que le relajaba el sonido del agua y por eso amaba el lugar donde vivía. Sonrió levemente. Tal vez ese era el punto de entrada.
El lunes se dirigió a la inmobiliaria y la encontró en la recepción del edificio, lista para salir hacia la fundación. Como siempre, impecable, serena, distante.
—Julieta. —la llamó de manera informal, y ya era costumbre en él, cosa que a ella no le extrañó.
Julieta giró apenas, lo suficiente para mirarlo.
—Esta tarde no tienes nada en agenda después de las seis. —dijo él, más como afirmación que como pregunta.
Julieta frunció levemente el ceño.
—Depende. —respondió con cautela—. ¿Por qué?
Eduardo sostuvo su mirada, procurando no parecer ansioso.
—Reservé un yate —dijo sin rodeos—. Un paseo corto para salir de la rutina. Nada de trabajo.
Hubo un breve silencio, y al ver que Julieta no decía nada, añadió:
—No es una reunión. Solo… un recorrido por el río. —Julieta lo observó con detenimiento, como si midiera cada palabra, cada intención. Él se mantuvo firme, sin insistir, sin adornar la propuesta.
—No suelo mezclar trabajo con ese tipo de planes —contestó ella friamente.
—Yo tampoco —replicó él—. Por eso pensé que quizás era buena idea salir de la rutina.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Julieta desvió la mirada por un segundo, como si evaluara algo más allá de la invitación.
—¿A qué hora? —preguntó.
Eduardo no sonrió, pero la leve tensión en su rostro se alivió.
—Seis en punto. —Ella asintió una sola vez.
—Está bien. Pero solo un par de horas. —Sin decir más, continuó su camino hacia donde su corazón encontraba la paz qué sin saberlo, pronto iba a ser perturbada.
Eduardo la vio alejarse, consciente de que, por primera vez, había logrado algo más que una conversación estrictamente necesaria. No sabía si aquello era un avance… pero, al menos, ya no estaba completamente en cero.
«Es fría, Pensó Eduardo. Pero pronto ese hielo se derretira y dejara salir a la verdadera Julieta Vera»
Más dinero, más gastos. Un yate no se alquila con su sueldo de detective. Buscó con sus contactos y encontró uno de lujo, qué perteneció a un magnate Inglés y ahora pertenece a una empresa de alquiler. Luego contrató un servicio de catering para que la cena sea servida en el recorrido por el río. Champaña de la mejor calidad y música a cargo de un violinista. A las seis en punto fue por Julieta a la fundación.