Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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En medio del silencio
La noche en el Enclave no era oscura; era de un azul profundo y vibrante, y estaba cargada de una estática que hacía que el aire supiera a ozono y flores silvestres. Tras la cena y el ritual, Adrian se encontró caminando por los puentes colgantes que conectaban la casa principal con los alojamientos de invitados. Cada paso que daba sobre la madera crujiente le recordaba su aislamiento.
Echó un vistazo discreto a su muñeca, bajo el puño de la camisa. La pantalla de su cronómetro táctico, una pieza de ingeniería que debería resistir pulsos electromagnéticos de grado nuclear, estaba muerta. No había códigos parpadeantes, ni lecturas de pulso, ni la reconfortante vibración de Mara confirmando la recepción de datos. El Velo de los Faes era un muro absolutamente inquebrantable. Para la Orden Helix, en este momento, Adrian Valerius simplemente no existía. Era un fantasma caminando entre seres que pertenecían a mitos y leyendas.
Esa desconexión total le provocaba una sensación de vértigo. Desde que se unió a la Academia de la Orden a los diez años, nunca había estado "desconectado". Siempre había habido un ojo en el cielo, un algoritmo analizando su entorno, una voz en su oído. Ahora, el silencio era ensordecedor.
—Pareces perdido en tus propios pensamientos —la voz de Aeryn lo alcanzó desde atrás.
Ella caminaba con los pies descalzos sobre la madera, moviéndose con una naturalidad que él envidiaba. El solsticio parecía haberle dado un brillo nuevo; sus ojos dorados reflejaban la luz de las linternas de cristal que colgaban de las ramas.
—Es solo la magnitud de todo esto, Aeryn —respondió Adrian, esforzándose por mantener su tono neutral, aunque por dentro sus instintos de cazador gritaban por la falta de información—. Este lugar, la cena, la gente, tus padres... el ritual. Es mucho más de lo que esperaba ver en una sola vida.
Aeryn se detuvo a su lado, apoyándose en la barandilla de cuerda. Debajo de ellos, el bosque se extendía como un mar de sombras plateadas.
—Mi padre no suele ser tan comunicativo con los extraños. El hecho de que te haya invitado a quedarte para la clausura de mañana... es una señal, Adrian. Él ve algo en ti. Algo que incluso Kaelen no puede ignorar.
Adrian sintió un nudo en la garganta. Si supieran que su "silencio" no era paz, sino un bloqueo químico; si supieran que su interés era el preámbulo de una purga.
—¿Qué son exactamente las "Crónicas de Sangre" de las que habló tu padre? —preguntó, tratando de sonar como un académico curioso y no como un espía buscando su próximo objetivo.
—Es nuestra memoria —susurró ella—. No son libros, Adrian. Son memorias vivas. Es allí donde guardamos la historia de cada linaje que ha buscado refugio aquí. Mi padre dice que para entender el futuro, hay que sentir el peso de la sangre que se derramó en el pasado. Mañana te mostrará cada motivo por el cual comenzó el Enclave.
Adrian asintió. "Memorias vivas". Si no podía usar cámaras ni escáneres, tendría que memorizar cada ruta, cada rostro y cada nombre por sí mismo. Su cerebro era ahora el único disco duro de la Orden Helix, y cualquier error de cálculo significaría el fin de la misión.
Cuando Aeryn finalmente se retiró a sus aposentos con un beso fugaz en la mejilla que dejó a Adrian paralizado por un segundo, él entró en la habitación que le habían asignado. Era una estancia sencilla, tallada en el interior de un tronco colosal, con una cama cubierta de pieles y una ventana circular que daba al corazón del bosque.
Se sentó en el borde de la cama y sacó la piedra que la niña, Miri, le había entregado. En la oscuridad total de la habitación, la piedra no brillaba, pero emitía un calor pulsante que parecía entrar en sintonía con su propio corazón.
Adrian intentó realizar su ejercicio mental de rutina: visualizar el mapa de la ciudad, calcular las rutas de escape, repasar los perfiles de combate de Elyan y Lyra. Pero las imágenes se mezclaban. En su lugar, aparecían fragmentos de la cena, el sabor del vino de miel, la risa de Aeryn y la advertencia de la niña.
"Para que no te pierdas cuando la luna se apague".
Se llevó una mano a la nuca. Sin la conexión con la sede de Helix, el efecto del Velo de Leteo empezaba a desgastarse de forma irregular. Los químicos seguían en su sangre, pero sin la recalibración constante que el software de su reloj realizaba mediante micro-impulsos eléctricos, su mente empezaba a reclamar su territorio. La culpa, esa emoción que Helix consideraba un "error de sistema", empezó a filtrarse por las grietas.
Estaba solo. Si Elián decidía matarlo en ese momento, nadie lo sabría. Si decidía desertar y quedarse allí, nadie podría encontrarlo. La libertad absoluta era, para un soldado de la Orden, la forma más pura de terror.
Se levantó y se acercó a la ventana. A lo lejos, pudo ver una sombra moviéndose entre los árboles. Kaelen. El lobo no dormía; estaba allí fuera, era una presencia constante que le recordaba que, aunque los líderes le hubieran dado el beneficio de la duda, el bosque seguía considerándolo un cuerpo extraño.
Adrian apretó la piedra en su puño. Al día siguiente entraría en el lugar más sagrado del Enclave. Vería lo que ellos llamaban Crónicas de Sangre. Tendría que ser más Valerius que nunca, tendría que observar, recordar y traicionar, todo sin una sola señal de apoyo desde el mundo exterior.
—Solo un día más —se dijo a sí mismo, aunque su voz sonó hueca en la habitación circular—. Solo tengo que aguantar un día más.
Pero mientras cerraba los ojos para intentar dormir, la piedra en su mano pareció latir con más fuerza, como si se riera de su intento de mantener el control. El solsticio estaba llegando a su punto más oscuro, y Adrian Valerius estaba descubriendo que, cuando la tecnología calla, el alma empieza a gritar verdades que él no estaba preparado para escuchar.