Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 14
—La enfermera se va, cariño… Esta noche seguro vengo y duermo con Mateo —se despidió Camila aquella mañana cuando entraba al turno de la mañana.
Mateo no respondió; el niño parecía pesarle la partida de Camila. Cada vez que Camila iba a marcharse tenía que convencerlo con mucho esfuerzo, igual que en los días anteriores, aunque Luna estuviera allí.
—Hoy Mateo juega un rato con papá; yo no voy a ningún lado. Luego en la tarde ya juegas de nuevo con la enfermera Camila —Santiago, al ver que Camila tenía problemas para convencer a su hijo, entró al cuarto y se agachó frente a Mateo.
Al ver eso, Camila se giró enseguida y comenzó a guardar sus cosas en la bolsa. Así era siempre su actitud: le daba pereza mirar a Santiago, y mucho menos hablar primero con él; si Santiago preguntaba sobre Mateo, solo respondía lo estrictamente necesario.
—Mateo ya lo dijo: no es la enfermera Camila, Papá, es Mamita —protestó Mateo. Camila se volvió rápido, y al final hubo contacto visual con Santiago. Sin embargo, solo duró unos segundos y Camila desvió la mirada de nuevo.
—Sí, es verdad; es Mamita —rectificó Santiago y luego llevó a Mateo hacia fuera del cuarto—. Los esperamos en el comedor, Camila —dijo el doctor Santiago.
—Bien, doctor —respondió Camila. Unos minutos después de que Santiago y Mateo salieran, ella los siguió con la bolsa colgada del hombro. Al salir por la puerta, los pasos de Camila se detuvieron: Luna estaba parada mirándola con un gesto de fastidio en el rostro.
—¿Con qué hechizo tienes embrujado a mi hijo, Camila? —preguntó con sarcasmo.
—Ninguno, señora —respondió Camila, manteniéndose educada. Como fuera que fuera, Luna era la esposa del director del hospital donde ella ganaba el sustento.
—¡No mientas! —sentenció Luna; su mirada afilada hacía que Camila sintiera un escalofrío.
—Disculpe, señora, tengo prisa —Camila asintió con educación y luego dejó atrás a Luna, que mostró el rostro completamente enrojecido.
—¡Qué falta de respeto! —dijo Luna con sequedad, y fue a seguir a Camila, pero de repente la señora Patricia le bloqueó el paso.
—¿Qué pasa ahora, Luna? —la señora Patricia sabía que Luna estaba enojada con Camila.
—Ehmm… nada, mamá; es que pasó un bicho —respondió ella con una excusa que sonó inventada a oídos de la señora Patricia. Sin embargo, la señora no quiso pelear. Era mejor continuar su camino hacia el comedor.
Allí, Mateo, Santiago y Camila ya esperaban; se veía a Santiago tomando café mientras escuchaba el parloteo de Mateo con Camila. Momentos así nunca los había tenido Santiago con Luna.
Camila ya había logrado convencer a Mateo: después del desayuno se iría al hospital.
—Sí, Mamita —respondió Mateo.
—¿Quién le dijo a Camila que se sentara aquí? —Luna de repente se puso a gritar; no le gustaba que Camila se sentara en el comedor. Encima parecía tan cercana a Mateo y sin ningún reparo ante Santiago, su marido.
Camila miró a la señora Patricia; se había atrevido a sentarse allí porque ella misma la había invitado.
—Ya, Luna. Fui yo quien la invité —la señora Patricia no quería más alborotos y siempre era Luna quien los provocaba.
—Sí, Mommy. Es que Mamita está dando de comer a Mateo; Papá mandó a Mateo a comer aquí —Mateo intervino con la boca llena.
Si ya escuchaba la defensa de Mateo a favor de Camila, Luna no podía decir más. Se sentó entonces junto a Santiago con el ceño fruncido.
En el comedor, aquella mañana desayunaron todos, incluida Camila. Antes de terminar, porque primero estaba dando de comer a Mateo, ya había llegado el coche que la recogía. Terminó rápido un trozo de pan al escuchar el motor del coche de Gabriel fuera del portón.
—La enfermera se va —dijo Camila, y se inclinó para besar la mejilla de Mateo.
—No le des besos a mi hijo —la reprendió Luna de golpe. Camila retiró el rostro rápidamente.
—Luna —la reprendió Santiago con voz baja pero firme.
—Solo es una enfermera, cariño; ¿y si tiene alguna enfermedad contagiosa? ¿No tienes miedo de que contagie a nuestro hijo? —se excusó Luna.
La señora Patricia respiró hondo; ¿cómo le enseñaría a Luna a no ser tan orgullosa?
Camila no hizo caso y luego le besó la mano a la señora Patricia con reverencia antes de marcharse.
—Mamita… todavía no me besaste… —Mateo la persiguió. Camila, que no quería arruinarle el humor a Mateo, se agachó. Un beso de unos labios pequeños aterrizó cálido en su mejilla. Fue el propio Mateo quien la besó.
Camila se marchó al fin, con el uniforme de enfermera bien puesto y la bolsa colgada del hombro; todavía parecía una adolescente. Cuando salió por la puerta de la casa, el coche del doctor Gabriel ya esperaba frente al portón. Gabriel abrió con amabilidad la puerta del copiloto, con una sonrisa cálida en el rostro.
—Buenos días, Camila. ¿Ya desayunaste? —preguntó Gabriel mientras giraba la llave de encendido.
Camila asintió, un poco sonrojada. —Ya, doctor. Gracias por venir a buscarme de nuevo.
Mientras tanto, detrás del portón, Santiago estaba de pie tomando la manita de Mateo. Parecía no querer que Camila le sonriera de esa manera tan dulce a Gabriel. Sus ojos siguieron el movimiento del coche que empezaba a alejarse. —¿Por qué tu dulzura y tu sinceridad me recuerdan a alguien, Camila? —murmuró Santiago, y Mateo lo escuchó.
—Papá, ¿por qué dijiste el nombre de Mamita? —preguntó Mateo con inocencia.
Santiago apretó los labios y luego se volvió hacia su hijo con una sonrisa forzada. No debería haber dicho eso delante de Mateo. —No es nada, cariño… ¿vamos a pasear? —desvió el tema. Cargó a Mateo y caminaron por las calles del complejo.
Al llegar al parque de aquel exclusivo residencial, Santiago se detuvo a descansar allí.
—Mateo quiere los columpios, Papá —dijo Mateo mirando el parque vacío con ganas de jugar. Pero Santiago no dejó que Mateo usara los columpios solo porque sus piernas y su cabeza aún no estaban recuperadas del todo—. Solo con Papá —Santiago se subió al columpio para adultos cargando a Mateo en su regazo.
De repente, los recuerdos del pasado de Santiago aparecieron: cuando le pidió matrimonio a una chica sencilla llamada Camila. Camila, sentada en un columpio, no podía creer, sorprendida, cuando él deslizó el anillo en su dedo anular.
Santiago bajó la vista y miró el rostro de Mateo; resultó que su hijo se había quedado dormido, por eso no decía nada. Santiago se levantó del columpio y regresó a casa cargando a Mateo, al que luego acomodó en su cuarto.
—Rosa, quédate con Mateo —le ordenó; sin esperar la respuesta de Rosa, Santiago entró al cuarto queriendo hablar a solas con Luna, algo que llevaban casi una semana sin hacer por el ajetreo. Sin embargo, al llegar al cuarto, su esposa ya no estaba.
Se dejó caer en la silla del cuarto y miró la cama vacía. En momentos así, cuando él estaba en casa, esperaba que Luna lo acompañara; pero lo cierto es que ella también se había ido.
De nuevo pensó en su exesposa: Camila siempre cocinaba aunque él estuviera enojado; Camila obedeció cuando él le pidió que dejara de trabajar como enfermera después de casarse. Luna, en cambio, hacía lo que le daba la gana.
Santiago activó el teléfono, buscó el número de alguien y marcó. —Hola, busca los datos de la enfermera Camila en el hospital; cuando los encuentres, mándemelos —ordenó con voz firme.
—Bien, señor.
Continuará…