NovelToon NovelToon
Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL DOLOR DEL ADIÓS.

Cora ya se sentía mejor. Caminaban por la feria compartiendo unas golosinas pegajosas y dulces, esas que te dejan las manos empastadas y la sonrisa tonta. Reían como dos niños en un secreto que solo ellos entendían.

De pronto, Cora se detuvo frente a un puesto lleno de baratijas y recuerdos baratos. Sus ojos se iluminaron al ver un muñeco diminuto con la camiseta del equipo de fútbol favorito de Lauro.

—¡Mira eso! —dijo con una sonrisa traviesa—. ¿Sabías que este es tu personaje favorito? ¿O sólo el que más te queda?

Lauro levantó la mirada de su brocheta de elote y sonrió.

—Ni lo uno ni lo otro, pero me gusta. ¿Quieres que te lo compre?

—No, para ti —respondió Cora, riendo—. Tú necesitas más alegrías en la vida.

Sin dudarlo, le pasó unas monedas y lo vio comprar el muñeco con una sonrisa cómplice. Él la abrazó por un instante, y ella le regaló una mirada que decía “aún te tengo”.

Más adelante, llegaron al puesto del rifle de aire comprimido, el juego donde Lauro se sentía un maestro, pero nunca había logrado dar en la figura más pequeña para ganar el premio gordo.

—Vamos, Lauro —animó Cora—. Hoy es tu día. Yo lo intento, pero sabes que soy pésima.

Tomó el rifle con torpeza y disparó tres veces sin éxito. Se rió y dejó el rifle para que él tomara el turno.

Lauro asumió la posición con calma. Pero para Cora, en ese momento, él no era el hombre distraído que discutía o la pareja a veces distante. Era un guerrero en batalla, firme y concentrado, con los ojos clavados en la meta, el cuerpo tenso como un arco a punto de soltar la flecha. La manera en que sostenía el rifle, la firmeza en sus manos y la respiración controlada le hicieron sentir un calor inesperado, un fuego que subía desde el pecho y la desconcertaba por completo.

Sus ojos lo seguían, absorbiendo cada detalle: la tensión en sus músculos, la concentración profunda que le hacía parecer invencible. Un deseo punzante se encendió en su interior, obligándola a esforzarse por poner atención en lo que sucedía, porque su cuerpo parecía reclamarlo con urgencia. Era como si lo viera por primera vez, y esa imagen de fuerza y entrega la sacudía por dentro, haciéndola perder un poco la noción del tiempo y del espacio.

—Recuerda —le susurró—, no es solo puntería… también es suerte.

Con esa frase, Lauro apuntó y derribó todas las figuras una a una… hasta quedar solo la más pequeña, el objetivo más difícil, un águila diminuta, para ganar una figura de madera en forma de corazón, tallada con detalle y pintada en tonos dorados, el premio más valioso que podías ganar en ese puesto.

Cora lo miraba, con la mano en la boca, conteniendo la respiración.

—¡Lo hiciste! —gritó Cora, saltando de alegría.

Pero el señor del puesto frunció el ceño y levantó un dedo con aire solemne.

—Lo siento, joven —dijo—, pero no puedo dar el premio.

—¿Por qué? —preguntó Lauro, confundido.

—Su zapato está pisando la línea de disparo. Eso anula el tiro. No puedo validar el premio.

Cora levantó una ceja, indignada y con la vena latiéndole en el cuello.

—¿En serio? ¿La punta del zapato? ¿Eso es una regla o una excusa para quedarte con el premio?

El hombre se encogió de hombros.

—Regla oficial, señorita. Si quiere, puede revisar el cartel.

Cora frunció el ceño y se acercó a leer con desdén la letra pequeña, que efectivamente mencionaba aquella absurda regla.

—Esto es ridículo —exclamó, alzando la voz sin perder la compostura—. No busco pelea, pero ustedes estaban viendo que ese tiro fue perfecto. ¡Quiero que me den ese premio!

El hombre la miró, molesto pero firme.

—No puedo romper las reglas.

—Entonces hagan que las reglas sean justas —replicó Cora, con la voz cargada de desafío.

Lauro intentó intervenir, poniendo una mano en su brazo, pero ella ya estaba enfrente del hombre, con esa mezcla de furia y determinación que él tanto amaba y temía.

—¿Y si nadie lo nota? —propuso Cora con una sonrisa irónica—. O mejor: ¿y si me quedo con el corazón y ustedes no dicen nada? ¿No sería más justo?

El hombre bufó, claramente cansado de discutir, pero no daba su brazo a torcer.

—La figura es valiosa. No puedo arriesgarme.

—Pues entonces te arriesgas a perder clientes, porque yo no me voy sin esto —dijo ella, firme.

Hubo un silencio tenso, hasta que finalmente el hombre suspiró.

—Está bien. Llévense la figura. Pero solo porque me caen bien… y porque realmente no quiero más problemas hoy.

Cora soltó una carcajada de victoria y lanzó los brazos al aire.

—¡Sí!

Lauro la abrazó con fuerza, y ella le devolvió el abrazo con intensidad, como si quisieran congelar ese momento para siempre. La cercanía, el calor de sus cuerpos, el latir acelerado… casi los llevó a besarse. Sus miradas se entrelazaron, estaban tan cerca, sintiendo la respiración del otro. Cora sintió cómo el deseo le quemaba la garganta, cómo cada fibra de su ser pedía entregarse a ese instante.

Pero tuvo que obligarse a desviar la atención, porque su cuerpo respondía con una urgencia que la desconcertaba, y ella sabía que ese deseo no era solo físico, sino una mezcla compleja de recuerdos, miedos y esperanzas. Era Lauro, pero también era todo lo que representaba para ella: un refugio y un desafío, un amor que dolía y sanaba al mismo tiempo.

Justo cuando sus labios iban a tocarse, un par de niños irrumpieron corriendo entre ellos, cruzando sin aviso y rompiendo la burbuja de ese instante perfecto.

Ambos se separaron, sonriendo nerviosos mientras los niños se perdían entre la multitud.

Lauro sacó la figura en forma de corazón y la extendió hacia ella con una sonrisa suave.

—Tómalo —dijo—. Siempre ha sido tuyo.

Cora lo miró, sintiendo que el peso de ese pequeño corazón.

“Al menos si puedo tener este corazón” pensó para sí misma.

El ruido de la feria volvió a llenar el aire, pero por un instante, nada importaba más que ese latido compartido entre ellos.

...****************...

Cuando llegaron a la casa, las luces estaban apagadas, y el silencio parecía envolverlos después de un día que había sido todo risas y fugaces destellos de felicidad.

—Gracias por este día —susurró Cora, la voz quebrada pero dulce—. Mañana te firmo los papeles, sin falta.

Lauro la detuvo con una sonrisa cansada, suave como un suspiro.

—No digas nada —le pidió—. No arruinemos este momento.

Se quedaron en la orilla de las escaleras, tan cerca que parecía que podían sentir el pulso del otro, pero al mismo tiempo había un abismo invisible que los separaba.

Cora bajó la mirada, incapaz de sostener esos ojos que la miraban con una mezcla de esperanza y miedo. Lauro, sin pensar, apartó un mechón rebelde detrás de su oreja, su mano temblando apenas. Entonces sus miradas se encontraron, y fue como si el mundo se detuviera: los ojos de Cora brillaban con lágrimas contenidas, y las pupilas de Lauro temblaban, vacilantes, llenas de una emoción tan profunda que lo paralizó.

Antes de que pudiera pensar, Lauro la rodeó con sus brazos. El latido de sus corazones golpeaba fuerte, tan fuerte que parecía que los escuchaban ambos. Entonces la besó, profundo y lento, como si en ese gesto pudiera recuperar todo el tiempo perdido. Su mano descendió desde la nuca de Cora hasta la curva de su espalda, pegándola a él con una necesidad que dolía. Ella aferró sus dedos con fuerza, a su suéter.

No recordaba cuándo fue la última vez que la besó, pero sí la primera vez que se atrevió. Y en ese momento, esa memoria era un susurro que le daba fuerzas.

—Me la pasé muy bien —dijo Cora con voz susurrada, apenas un murmullo.

—Espero que no te metas en problemas por haberte ido conmigo de tu fiesta —respondió el, con un intento de broma que no pudo ocultar su nerviosismo.

—No sé —admitió Cira—. Pero por primera vez hice algo que realmente quería hacer… y fue gracias a ti.

Lauro sacudió la mano, como para disipar la tensión.

—Fue por ti… porque tuviste el valor suficiente de hacerlo.

Estaba a punto de irse, pero sus pasos se detuvieron y miró a Cora con una mezcla de incertidumbre y decisión.

—Sé que no ha sido mucho tiempo —empezó, con la voz cargada—, pero quiero seguir viéndote, salir contigo… No quiero perderte en el camino.

No pronunció la pregunta, pero en sus ojos estaba todo: el deseo de que ella aceptara ser su compañera, su refugio, su novia.

Cora sonrió, nerviosa pero dulce.

—Acepto —dijo con una sonrisa—. Pero oficialmente es después de la medianoche, así que ya no es mi cumpleaños.

Lauro rió, y ella añadió con picardía:

—Lo bueno es que no me lo pediste en mi cumpleaños, ¡imagina la presión!

Él la besó de nuevo ese día, pero esta vez la iniciativa fue toda suya. Fue la primera vez que el se atrevió. Un beso lento, pausado, y con hambre. Sus labios se encontraron con una mezcla de ternura y urgencia. El mundo se redujo a ese contacto, y un calor intenso recorrió sus cuerpos, despertando sensaciones que ambos habían reprimido. El beso iba a escalar pero Lauro se obligó a dentenerse.

Pero ahora, en la parte baja de esas escaleras en el presente, ese mismo beso parecía pesar como un recuerdo demasiado doloroso, como el último eco de lo que pudieron ser y ya no se es.

Se quedaron en silencio, las bocas tan cerca que podían sentir la respiración del otro, las frentes pegadas.

—Perdón por dejar que mi orgullo ganara —susurró Cora, con la voz rota y un nudo en la garganta que casi le impidió hablar.

Lauro negó lentamente, aún con su frente pegada a la de Cora la voz cargada de impotencia y arrepentimiento.

—No, perdóname tú… por haberlo arruinado todo.

Cerró los ojos y una lágrima silenciosa rodó por su mejilla. Aflojó el abrazo, y con eso el le estaba entregando su alma.

Ella se separó despacio, tomaron sus manos y se miraron fijamente, con lágrimas que brillaban sin sonido.

Finalmente, se soltaron.

Cora subió las escaleras y, al cerrar la puerta tras de sí, se derrumbó en llanto. Supo que, aunque le rogara que se quedara, Lauro ya no lo haría.

Lauro se desplomó en la escalera, sintiendo el peso de su error. Aceptar ese último día había hecho todo más difícil. ¿Cómo dejar ir a alguien que te había recordado por qué la amaste desde el principio?

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play