Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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HASTA AQUÍ.
Cora y Lauro entraron a la feria tomados de la mano. Apenas cruzaron la entrada, las luces vibrantes de los juegos y los gritos emocionados de las personas que giraban en lo alto capturaron la atención de Cora. Era como si el aire vibrara con adrenalina y azúcar derretida.
Y fue en ese instante que un pensamiento la atravesó, rápido, afilado, incómodo.
Más bien, no fue un recuerdo. Fue algo que había leído esa misma mañana.
“Se desaconsejan actividades que provoquen una sobreestimulación del sistema cardiovascular.”
Lo había pasado por alto. Como si, al ignorarlo, pudiera deshacer su gravedad.
Sabía que no debía subirse a esos juegos con su condición, pero también sabía que no estaba dispuesta a dejar de vivir. No mientras pudiera sentir. No mientras pudiera reír. Iba a aprovechar cada segundo, incluso si se le iba la vida en ello.
—¿A cuál subiremos primero? —preguntó con una sonrisa amplia.
Lauro tensó los hombros de inmediato. Su cuerpo hablaba antes que su voz.
—No lo sé, Cora. ¿En verdad crees que esto es buena idea?
El tono en negativa de Lauro la hizo retroceder, no físicamente, sino en el tiempo. La llevó de vuelta a la primera vez que estuvieron en una feria juntos. También de noche. También tomados de la mano. El recuerdo era tan nítido que pudo oler las papas fritas y el algodón de azúcar.
—Aún creo que tus invitados se molestarán porque te fuiste de tu fiesta —le había dicho él, esa vez.
—Tal vez —había respondido ella—. Pero en ese momento no había nada más que quisiera hacer que estar contigo.
Cora nunca fue valiente. O no solía serlo. Siempre pensaba en el qué dirán, en sus padres, en su familia, en las consecuencias. Pero desde que conoció a Lauro, algo en ella se había aflojado, se había permitido temblar y moverse con el viento.
Y ahora, Lauro la observaba otra vez. Fijo. Callado. Su mirada la atravesaba.
Ella, incómoda, sacó de su bolso una pequeña caja y se la ofreció.
—¿Me lo pones? —le pidió, entregándole el collar que él le había regalado.
—Claro.
Lauro tomó el collar con manos torpes. Ella se giró, alzó su cabello y dejó al descubierto su cuello largo, delgado, perfumado. El gesto fue simple, pero íntimo.
Él tragó saliva.
El temblor de sus manos era casi imperceptible, pero estaba ahí, y Cora, mientras él intentaba abrochar el broche del collar, ella se mordió el labio nerviosa tambien.
—Listo —dijo finalmente.
Ella soltó el cabello en una cascada suave y se volvió hacia él.
—Gracias.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lauro, como quien teme la respuesta.
—Iremos a uno de mis lugares favoritos. Pero primero, pasaremos a una tienda. Tal vez un Walmart a comprar zapatos.
—¿Zapatos?
—No voy a caminar en tacones a donde vamos —dijo, como si fuera obvio.
Al llegar al supermercado, fueron directo a la sección de calzado. No había mucho de dónde elegir, pero encontraron unos tenis básicos. Mientras Cora intentaba probárselos sin sentarse, equilibrándose torpemente en un pie, uno de los tacones que llevaba voló por los aires y fue a dar directo a una pirámide de cajas de galletas.
El sonido fue estrepitoso. Cajas cayendo una sobre otra, un efecto dominó desastroso.
Cora se cubrió la boca con las manos.
—¡Ups!
Lauro la miró con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Acabas de provocar una tragedia en el pasillo siete?
—Fueron las galletas. Me amenazaron primero.
—Claramente eran peligrosas. Estamos hablando de galletas armadas.
Ambos estallaron en una risa cómplice, y entre los dos, trataron de acomodar algunas cajas. Una empleada pasó junto a ellos con expresión impasible, demasiado cansada para regañarlos, demasiado acostumbrada a ver peores cosas.
—Bien —dijo Cora, calzándose los tenis nuevos—. Ahora sí, vamos.
Minutos más tarde, llegaron al parque de diversiones.
—No sabía que este era uno de tus lugares favoritos —comentó Lauro.
—Sí. De niña no sabía apreciarlos, pero un día decidí dejar el miedo y simplemente disfrutar la experiencia.
Miró al frente, a las luces giratorias, al caos colorido de la feria, con la cara iluminada como una niña que se reencuentra con su lugar secreto.
—¿A cuál subimos primero?
—¿Cómo? —La cara de Lauro se descompuso.
—¿A cuál subimos primero? —repitió ella, con la misma emoción infantil.
—No, no. Yo estoy bien aquí.
—¿No vas a subir conmigo?
—Digamos que no logro disfrutar la experiencia. Pero ve, diviértete. Yo te espero.
—No puedo creerlo… ¿les temes?
—Le temo a la muerte. Es muy diferente.
—No te vas a morir. No hoy. Te lo prometo —dijo ella, como si la muerte fuera algo que podía detenerse con una frase.
—Cora… aún así prefiero quedarme.
Ella se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.
—Vamos. Así como vas a aventarte conmigo en paracaídas algún día.
—Jamás haré eso. Es un salto a la muerte. Y yo aprecio mi vida… aunque no ha sido la mejor.
—¿De verdad le temes a la muerte?
Lauro asintió. Con sinceridad. Con un poco de vergüenza.
—Pero ya te dije que no vas a morir —insistió ella.
—La idea de poner mi vida en manos de una máquina que gira en círculos no me parece genial.
—La verdad… la experiencia no es igual si no subo con alguien.
—Lo siento…
Ella se acercó. Su voz bajó. Sus ojos brillaban con travesura.
—¿Y si te dijera que por cada juego al que te subas conmigo… tendrás un premio?
A Lauro se le erizó la piel. No sabía si ella estaba jugando… y al mismo tiempo, no.
—Es más —añadió ella con una sonrisa que rozaba la picardía—, deja te doy un pequeño adelanto.
Y sin más, se acercó y lo besó. Fue un beso breve, tierno, juguetón… pero con una carga emocional que lo dejó helado. Como un ancla lanzada al fondo de su pecho.
Ella se alejó coqueta, casi bailando hacia la primera atracción, sin mirar atrás.
Lauro la siguió, como hechizado.
—Qué horror… —murmuró, resignado.
La voz de Lauro la trajo de vuelta al presente, pero con una sonrisa bailándole en los labios.
—Vamos, Lauro, antes te subías conmigo.
—Sí, pero lo hacía por una razón y tú lo sabes —replicó él, serio, con las manos en los bolsillos.
Cora no necesitaba explicación. Los besos. Era eso. Cada vez que sobrevivían a uno de esos juegos asesinos, ella le estampaba un beso. Pero ahora, con un posible divorcio entre ellos, los besos estaban fuera de circulación.
—Nunca saltaste conmigo del paracaídas. Me lo debes. Puedes pagarme subiéndote conmigo esta noche.
—Jamás te prometí hacer esa locura del diablo, tú lo diste por hecho —se quejó él, retrocediendo un paso como si con eso bastara para que la atracción desapareciera.
—Dijiste que si mi vida dependiera de eso, lo harías.
Lauro la miró de reojo. Sabía que lo había dicho. Y lo peor: que ella lo recordara.
—Sí, pero tu vida no depende de esto.
Cora no dijo nada. Porque sí dependía. Tal vez no de forma literal… pero había cosas que ella sabía y él no.
—Por favor, Lauro —dijo, bajando la voz—. Dame un último recuerdo que usar, por si ya no vuelvo a amar otra vez. Quiero quedarme con esto.
Lauro tragó saliva. La frase lo sacudió. Y sin decir más, solo asintió.
Caminaron juntos hasta el primer juego. El letrero era una mezcla entre amenaza y burla: “El Chupavientres 3000”. Un aparato oxidado que giraba como trompo poseído, colgado de una estructura que parecía haber sido armada por un hombre con exceso de confianza y poca experiencia en ingeniería.
—Esto va a matarme —murmuró Lauro al tomar asiento.
—Shhh, confía —dijo ella, ajustando su cinturón con maestría.
Los seguros bajaron y se cerraron con un “clank” más dramático de lo necesario. Lauro se puso pálido de inmediato. Tenía las manos agarradas con tanta fuerza que se tornaron blancas. Cora, en cambio, sonreía emocionada como una niña con dulces nuevos.
—Prometo no soltar tu mano esta noche —le dijo ella, extendiéndola.
Lauro dudó un segundo, pero la tomó. Esa frase… le sonó familiar. Claro. En ese mismo juego, hacía años, la primera vez que se subieron juntos a algo como eso.
“Prometo nunca soltar tu mano”, le había dicho entonces.
Y ahora estaban por firmar el final.
El juego se puso en marcha.
Primero un giro lento. Lauro pensó que podía manejarlo. Luego vino el primer sacudón, y su alma abandonó su cuerpo brevemente. Gritó. No con dignidad. Con desesperación.
—¡Cora! ¡Esto se está desarmando!
—¡Eso es parte de la experiencia! —gritó ella entre risas, con el pelo volando.
Lo giró, lo levantó, lo bajó, lo sacudió como calcetín en lavadora. Cora gritaba de emoción. Lauro gritaba para sobrevivir. Pero no soltó su mano ni un segundo.
Cuando el Chupavientres 3000 terminó su obra maestra de caos, ambos bajaron a trompicones.
Lauro se dejó caer en la primera banca disponible, con los ojos llorosos y la voz temblorosa.
—Si me muero esta noche, que sepan que fui obligado —farfulló.
Cora se rió a carcajadas, tomando aire con dificultad por tanto reír.
—¿Viste? No fue tan malo.
—¿Cómo que no? Mi páncreas acaba de cambiarse de lugar —dijo él, sobándose el pecho—. Y creo que le rece a Dios por un momento, aún cuando sabes mi opinión.
Cora rió, sentándose a su lado.
Lauro la miró de reojo, todavía blanco como papel, pero con la comisura de los labios temblando por una sonrisa. Y sin darse cuenta, su mano seguía aferrada a la de ella.
No pasó mucho tiempo cuando ella lo había guiado a otra atracción.
—¿Y ese? —preguntó Lauro, mirando con desconfianza la enorme estructura metálica que giraba de un lado a otro como si quisiera arrancar a los pasajeros de sus asientos.
—Ese, Lauro, es “El Martillo”. Una experiencia única: te subes, gritas, rezas… y sobrevives. Si tienes suerte.
—¿Y si no tengo suerte?
—Pues… al menos morirías con vistas panorámicas.
—Muy tranquilizador, gracias.
Cora no le dio tiempo de seguir. Lo tomó de la mano y lo arrastró hasta la fila. El operador, con gorra torcida y una expresión de “yo ya vi de todo”, les aseguró las barras con un clic metálico.
—¿Listos? —preguntó él.
—Yo sí —contestó Cora.
Lauro no respondió; solo tragó saliva y apretó los ojos.
Al principio, el juego parecía inofensivo. Un suave vaivén, casi como mecerse en una hamaca… de 30 metros de altura. Pero luego aceleró. El martillo los lanzó hacia el cielo y los dejó colgando boca abajo.
—¡CORAAAAA! —gritó Lauro la primera vez.
—¡No voy a sobrevivir! —gritó la segunda.
La tercera, ya no gritó.
—¿Lauro? —llamó Cora, intentando girar el cuello.
Él estaba con la cabeza y brazos colgando, ojos semicerrados y la boca abierta como si hubiera visto el mismísimo más allá.
—¡Ay no! —Cora soltó una carcajada que intentó disimular—. Este hombre se me apagó a media vuelta.
El martillo seguía girando como si la vida de Lauro fuera un accesorio. En una de las inversiones, Cora juraría que él murmuró algo como “dile a mi madre y hermana que las amo” antes de desplomarse otra vez.
Cuando por fin el juego se detuvo, ella lo sacudió con una mano.
—Oye… ya, despierta. Que todavía me debes unos churros.
Lauro abrió los ojos despacio.
—¿Ya bajamos?
—Sí. Y te desmayaste.
—No me desmayé. Estaba… meditando.
—Claro. En posición invertida, con espuma en la boca. Muy zen de tu parte.
Lauro bajó tambaleando, y Cora tuvo que sujetarle el brazo para que no se fuera de lado. Fue un gesto automático.
—Eres un caso perdido —dijo ella, soltándolo cuando volvió a caminar derecho.— Tienes casi treinta y sigues temiendoles.
—Lo sé. Y hoy es tu día de recordarlo.
Cora sonrió de lado. No hubo más. Solo siguieron caminando, como si nada… porque así habían acordado que sería este último día juntos.
Habían pasado por la rueda, una caída libre oxidada y un juego que parecía inventado por alguien con odio personal hacia el equilibrio humano. Cora estaba en su elemento: riendo, gritando, retando a Lauro a subirse a cada cosa que encontraban.
Pero en la última atracción, algo cambió.
Mientras las luces giraban y el metal crujía bajo sus pies, Cora sintió esa presión conocida en el pecho. No era miedo ni mareo. Era su corazón, marcando su límite. Tragó saliva y se obligó a sonreír, aunque las manos le temblaban al sujetar la barra.
Al bajar, se quedó un segundo de más aferrada al pasamanos. Lauro lo notó.
—¿Estás bien? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Sí… solo… creo que me mareé —respondió, quitándole peso con una sonrisa.
Él la miró raro.
—¿Mareada tú? ¿La misma Cora que hace dos horas estaba buscando “el juego más alto y más rápido” como si fuera un deporte olímpico?
Ella rió suave, pero no respondió. Siguieron caminando. Por dentro, Cora sabía que su corazón había dado la señal: “Ya es suficiente”.
—Bueno… supongo que hasta aquí llegamos con la tortura —dijo Cora, intentando romper el silencio y que Lauro no se diera cuenta de lo que pasaba.
—Un alivio —respondió él, como si bromease… pero con una sombra de duda en la voz.
Aun así, no quedó convencido. La observó de reojo mientras avanzaban. No parecía ella. Nunca antes había dicho “ya es suficiente” con adrenalina de por medio. Y aunque no lo comentó, se quedó preguntándose qué demonios le había pasado.
Los minutos pasaban y, aunque a Lauro ya le había regresado el color al rostro después de tanta vuelta y caída libre, a Cora no. Seguía un poco pálida, más callada de lo habitual.
Él frunció el ceño y, sin decir nada, se apartó hacia uno de los puestos cercanos. Volvió con una botella de refresco fría, que le extendió sin ceremonias.
—Toma. A ver si con esto te alivias un poco.
Cora parpadeó, sorprendida. No era la solución que necesitaba, pero agradeció el gesto. Sonrió y bebió un sorbo, sintiendo el burbujeo dulce en la garganta.
—Gracias.
Lauro la observó de reojo mientras caminaban. Nunca la había visto así por un juego. Siempre era ella la que quería subir a todo, la que parecía tener batería infinita. Tal vez —pensó— era porque llevaba mucho sin venir a una feria. Tal vez el cuerpo ya no estaba tan acostumbrado.
O tal vez… No. Seguramente era eso. Un momento aislado. Nada más.
Cora bajó la mirada hacia el vaso de plástico que giraba entre sus manos. Sabía que él no tenía idea de lo que en realidad pasaba, y por ahora, prefería que siguiera así.