Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que regresa.
La tierra de "Los Olivos" era fría, incluso bajo el sol de la tarde. Dominic caminó por el sendero que él mismo había desbrozado hasta llegar al viejo roble. Allí, tres cruces de madera sencilla se alzaban contra el horizonte. Una más grande, grabada con el nombre de Mabel, y dos pequeñas a los lados, sin nombres, solo con la promesa de lo que debieron ser.
Dominic se dejó caer de rodillas. El impacto contra el suelo seco le dolió en las costillas aún vendadas, pero ese dolor era un susurro comparado con el grito mudo en su pecho. Enterró los dedos en la tierra, apretándola con tal violencia que sus nudillos se tornaron blancos y la piel bajo sus uñas comenzó a sangrar.
—Perdóname —susurró, con la voz rota por un sollozo que le desgarró la garganta—. Perdóname por no haberlos seguido de inmediato. Soy un cobarde, un cobarde que no se atreve a quitarse la vida por temor a no llegar con ustedes.
Lloró como no lo había hecho en Orlando. Allí había sido una estatua, un escudo, un blanco de tiro. Aquí, frente a las cruces, volvía a ser el hombre que se quedó dormido mientras su mundo se desbocaba hacia un pozo. Volver a la granja era habitar una pesadilla despierto, pero el banco y el pueblo no perdonaban deudas ni ausencias; si no trabajaba la tierra, perdería lo único que le quedaba de ellos.
Una semana después, cuando los hematomas de su rostro habían pasado del morado al amarillo y podía respirar sin sentir un estilete en el costado, el sonido de un motor rompió la paz sepulcral del valle. Una camioneta negra, cubierta de polvo pero evidentemente costosa, se detuvo frente a la cerca desvencijada.
Dominic salió al porche, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo. Vio al chófer bajar y abrir la puerta trasera. De ella descendió Samira, con un vestido de seda que parecía un insulto para aquel paisaje de rastrojo y sacrificio. Detrás de ella, un hombre de maletín y expresión solemne: el abogado personal de Lucas Johnson.
El abogado caminó hacia Dominic, evitando mirar las manchas de aceite en su camisa.
—Señor Williams —dijo el hombre, extendiendo una carpeta—. El señor Johnson me ha enviado para ofrecerle sus más sinceras disculpas. Se ha enterado de la... inexactitud de los eventos en las Bahamas.
Dominic no tomó la mano que el abogado le ofrecía. Miró a Samira. Ella tenía los ojos hinchados y una marca tenue en la mejilla; por primera vez, no sostenía la mirada con arrogancia. Parecía una niña perdida en un bosque de espinas.
—El señor Johnson exige que se cumpla el contrato original —continuó el abogado—. Pero dadas las circunstancias, el nuevo acuerdo estipula que la señora Samira cumplirá los dos años de matrimonio aquí, en esta propiedad, bajo su supervisión. Sin lujos, sin asignaciones mensuales, sin personal de servicio. Solo ustedes dos.
Dominic guardó silencio. Miró la casa en ruinas, el pozo maldito al fondo y luego a la mujer que lo había despreciado desde el pedestal de su fortuna.
—Firme aquí —dijo el abogado a Dominic, su voz era un eco seco.
Dominic no discutió. No pidió más dinero. No buscó venganza. Firmó el nuevo documento sobre la barandilla de madera y se lo devolvió al abogado sin mirarlo.
—Pasa —le dijo a Samira, apartándose de la puerta.
Ella entró arrastrando sus maletas de diseñador sobre el suelo de madera carcomida. El olor a humedad y a soledad la golpeó de inmediato. Dominic no la ayudó con el equipaje; no por malicia, sino porque su alma ya no tenía espacio para la cortesía.
—Tu cuarto es el del fondo. La cocina funciona con leña. Si quieres comer, tendrás que aprender a encenderla —sentenció él mientras se ponía su sombrero de trabajo—. Tengo que ir a los establos. No me esperes.
Dominic salió de la casa, dejándola sola en medio de los fantasmas de Mabel y los niños. Él era un hombre vacío, una cáscara que solo esperaba que el reloj marcara el fin de su condena, pero no era un hombre malo. La dejaría quedarse, la protegería si era necesario, pero no pensaba salvarla de la realidad que ella misma había provocado.
Samira se quedó de pie en la estancia, escuchando el silencio absoluto del campo, dándose cuenta de que ya no estaba en una luna de miel de pesadilla. Estaba en el purgatorio, y el hombre que lo gobernaba ya no tenía nada que perder.