Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 11 Luna Roja
Irina despertó en la oscuridad.
Lo primero que sintió fue el frío. Húmedo, viscoso, de piedra que no ha visto el sol en años. Lo segundo fue el dolor. Le ardían las muñecas. Cadenas. De plata. Gruesas, apretadas, quemándole la piel en cada punto de contacto. Las mismas en los tobillos.
La plata anulaba la transformación. Con esas cadenas, Kira estaba silenciada. Irina la buscó en su cabeza y encontró un susurro apenas audible.
Kira...
Estoy aquí.Débil. Lejana. La plata... no puedo...
Tranquila. Estoy aquí.
Lo tercero fue el olor. Un hedor putrefacto diseñado para borrar su rastro. Hierbas quemadas, algo químico que le picaba la garganta. Para que ningún lobo pudiera rastrearla.
Astrid. Fue Astrid. La fruta. El té. La sirvienta.
Un sótano de piedra sin ventanas. Una vela gorda goteando cera negra. Símbolos pintados en las paredes con algo que parecía sangre seca.
Pasos en la escalera.
La bruja bajó con la calma de quien entra a su propia cocina. Mayor, cadavérica, pelo blanco en una trenza hasta la cintura, ojos negros que no reflejaban la luz.
Se detuvo frente a Irina.
—Gorda. Y además omega. —Chasqueó la lengua—. Creo que pagué demasiado por ti. Pero me divertiré igual.
—¿Quién eres?
—Eso no importa, cachorra. Tu hermana te vendió. A nosotras. A las que tu raza casi exterminó. —Sonrió—. ¿Sabes lo que le hacemos a los lobos que caen en nuestras manos?
Extendió la mano y le tocó la frente con un dedo. El dolor fue instantáneo. Un clavo ardiente atravesándole el cráneo, bajándole por la columna. Irina gritó. Se retorció contra las cadenas que le quemaron más con cada movimiento.
—Despacio —dijo la bruja—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Kira, llamó Irina desde dentro.
Solo silencio.
El castillo Blackmoor amaneció destrozado.
Ezra fue el primero en verlo. El pasillo del ala principal hecho escombros. Puertas arrancadas. Paredes con surcos de garras. Muebles volcados, vidrios rotos. La habitación de Irina vacía.
Pero no fue Ezra quien dio la alarma.
Fue Catalina.
Estaba esperándolo al pie de las escaleras, vestida, con el pelo recogido y la cara de alguien que no ha dormido. No por los ruidos de la bestia. Por otra cosa.
—Anoche vi una camioneta salir por la puerta lateral del perímetro —dijo sin preámbulos—. Luces apagadas. Alrededor de las once. Antes de que la bestia despertara.
Ezra la miró.
—¿Una camioneta? No había salidas programadas para anoche.
—Exacto. —Catalina cruzó los brazos—. Y la señorita Astrid Vólkov estaba despierta en el pasillo a esa hora. La vi la noche anterior también, merodeando frente a la habitación de Irina a medianoche. Sonriendo.
—¿Cree que ella...?
—Creo que deberías encontrar a la sirvienta que le llevó una bandeja a Irina anoche. Y creo que deberías hacerlo antes de que mi hijo vuelva y destroce lo que queda del castillo.
Theron despertó en el borde de una carretera secundaria, a ochenta kilómetros del castillo.
Desnudo. Desorientado. Tierra bajo las uñas, rasguños en los brazos.
Se había encadenado. La noche antes de la ceremonia, se encadenó en el sótano como precaución. Y aún así la bestia rompió las cadenas y salió. Desde que Irina estaba en el castillo, la bestia no destrozaba nada. Iba a su habitación y dormía en paz.
A menos que Irina no estuviera.
Un camión de suministros lo recogió en la carretera. Llegó al castillo en cuarenta minutos.
Lo que encontró confirmó sus peores sospechas.
Castillo destruido. Irina desaparecida. Ezra con cara de pánico contenido. Catalina esperándolo en la entrada con información.
Y en el comedor, desayunando con tranquilidad obscena, Viktor y Astrid.
Astrid lo vio entrar.
—Mi rey. ¿Qué pasó? Escuchamos ruidos terribles anoche. ¿Mi hermana está bien?
Theron la miró. Después miró a Catalina, que estaba de pie junto a la puerta del comedor con los brazos cruzados y una expresión que decía pregúntale por la camioneta.
—Tu hermana desapareció —dijo Theron.
—¿Desapareció? —Mano al pecho—. Oh, diosa luna. ¿Cómo es posible?
—Eso quisiera saber yo —dijo Catalina desde la puerta, con un tono que hizo que Viktor dejara de masticar—. Considerando que anoche vi una camioneta salir del castillo con las luces apagadas. A las once. Sin autorización.
Astrid no parpadeó. Pero sus manos, debajo de la mesa, temblaron.
—No sé de qué habla, Reina Madre.
—¿No? Qué curioso. Porque también te vi despierta a esa hora. En el pasillo. Lejos de tu habitación.
—Fui por agua.
—¿Por agua? ¿Al ala principal? ¿Cuando la cocina del ala sur está a diez pasos de tu puerta?
El silencio que cayó sobre el comedor era del tipo que precede a las ejecuciones.
Theron miró a Astrid con esa intensidad gris que tenía cuando la bestia empujaba desde dentro.
—Ezra. Reúne a todos los guardianes. Cada patrulla buscando a Irina. Contacta manadas aliadas. La quiero encontrada antes del anochecer.
—Señor, eso son menos de diez horas.
—Es la noche de la Luna Roja. Si no la encontramos hoy, la próxima oportunidad es dentro de seis meses. Y no sé si tengo seis meses.
—Y encuentra a la sirvienta que le llevó la bandeja anoche —añadió Catalina—. La que nadie del personal reconoce.
Ezra asintió y salió.
Theron se acercó a Astrid. Se inclinó sobre la mesa hasta que su cara quedó a centímetros de la de ella.
—Si descubro que tuviste algo que ver con la desaparición de Irina —dijo, y su voz bajó a un registro que hizo que los guardias del comedor retrocedieran—, no habrá linaje, ni deuda, ni pacto que te proteja.
Astrid le sostuvo la mirada.
—Yo solo quiero ayudar a encontrar a mi hermana, mi rey.
Catalina, desde la puerta, la miró con esos ojos grises que no creían una sola palabra.
Las horas pasaron como plomo.
Los guardianes peinaron el territorio. Patrullas rastreando cada camino, cada sendero. Pero el olor de Irina no aparecía. Como si la hubieran borrado del mundo.
Catalina encontró a la sirvienta antes que Ezra.
La mujer se llamaba Dara. Intentó salir del castillo por la puerta de servicio a media mañana. Catalina la estaba esperando.
—Siéntate —le dijo con la misma voz que usaba para todo: suave, precisa, mortal.
Dara se sentó. Temblando.
Theron entró al salón donde Catalina la tenía. Ezra detrás.
—¿Dónde está Irina Vólkov? —preguntó Theron.
—Me dijeron que le diera el té y la fruta. Que me pagarían bien. Que solo dormiría...
—¿Quién te lo dijo?
—No puedo... por favor...
—¿Dónde está?
Dara lloró.
—Se la llevaron a las brujas. Al clan de las Cenizas. Se la vendieron.
—El clan de las Cenizas está extinto —dijo Ezra.
—No lo está. Se esconden. Tienen un refugio subterráneo. En las montañas del oeste, más allá de la barrera.
—¿Quién te mandó? —preguntó Theron—. ¿Quién organizó esto?
Dara abrió la boca.
Y murió.
Los ojos se le abrieron de par en par. Las pupilas se dilataron hasta que el iris desapareció. Un sonido seco, como algo rompiéndose dentro de su cráneo. Se desplomó en la silla.
Ezra le buscó el pulso. Nada.
—Está muerta.
Theron miró el cuerpo. En la base del cuello, medio oculta por el pelo, había una marca. Pequeña, negra, en forma de espiral. Un sello de silencio. Quien lo lleva muere si intenta revelar el nombre de quien lo puso.
—Brujería —dijo Theron.
—¿Quién tiene acceso a este tipo de magia dentro del castillo? —preguntó Ezra—. Las brujas no pudieron entrar a poner ese sello. Alguien de adentro lo hizo.
Los tres miraron hacia la puerta. Hacia el pasillo que llevaba al ala sur.
Catalina habló primero.
—No tenemos pruebas. Todavía. —La palabra todavía cayó como una promesa—. Pero tenemos una dirección. Montañas del oeste. Clan de las Cenizas.
Theron asintió. El sol empezaba a descender. La Luna Roja asomaba en el horizonte.
La noche cayó sobre el castillo sin Irina.
La transformación fue violenta. Theron no alcanzó al sótano. La bestia lo tomó en el pasillo del segundo piso. Más grande, más oscura, con los ojos brillando en rojo.
La bestia aulló. El castillo tembló.
Y Astrid cometió el error de su vida.
Apareció al final del pasillo. Vestido blanco. Pelo suelto. Pies descalzos. Se había vestido para la ceremonia que pensaba sería suya.
—Estoy aquí —dijo—. La Vólkov que necesitas está aquí. Mírame. Soy yo.
La bestia giró la cabeza. Los ojos rojos la encontraron. La olfatearon.
Lo que Astrid vio en esos ojos no fue reconocimiento.
Fue rabia.
La bestia rugió. Las ventanas estallaron. Astrid retrocedió. La bestia avanzó. Las garras chirriaron contra la piedra.
Embistió.
Astrid gritó. Se lanzó al suelo esquivando las garras por centímetros. La bestia giró y volvió a atacar. La pared explotó donde un segundo antes había estado su cabeza.
—¡Ayuda! —gritó arrastrándose—. ¡Alguien!
Los guardias entraron. La bestia los apartó como insectos.
Astrid quedó acorralada contra la pared. La bestia avanzando paso a paso. Fauces abiertas. Gruñido que era una promesa de destrucción.
Y entonces Catalina apareció al final del pasillo.
No gritó. No corrió. Caminó hacia la bestia con la espalda recta y la voz firme.
—Basta.
La bestia giró la cabeza hacia ella. Los ojos rojos la encontraron. Un gruñido profundo.
—No es ella a quien buscas —dijo Catalina, sin detenerse, sin temblar—. Lo sabes. Puedes olerlo. Esta no es tu compañera. Tu compañera está allá afuera. Y si pierdes el tiempo con esta impostora, la vas a perder.
La bestia se detuvo a un centímetro de Astrid. Las fauces goteando sobre el vestido blanco. Astrid temblaba tanto que los dientes le castañeaban.
La bestia olfateó a Catalina. La reconoció. Madre. Manada. No enemiga.
Levantó la cabeza. Giró el cuerpo entero hacia la ventana rota. Olfateó el aire nocturno.
Y salió.
Reventó lo que quedaba de la pared y desapareció bajo la Luna Roja, corriendo hacia las montañas del oeste, siguiendo un hilo de dolor que se estiraba pero no se rompía.
Catalina miró a Astrid en el suelo. El vestido blanco manchado de saliva y polvo. El maquillaje corrido. Las piernas temblando.
—Levántate —dijo Catalina con una frialdad que quemaba—. Y reza para que la encuentre. Porque si Irina muere, no va a ser la bestia de quien tengas que esconderte. Voy a ser yo.
Se dio la vuelta y se fue.
Astrid se quedó en el suelo, mirando el techo, con el corazón desbocado y la primera grieta real en la armadura que llevaba puesta desde que nació.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA