Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 11. Nervios a flor de piel.
Capítulo 11
Nervios a flor de piel.
El día miércoles llegó con un aire distinto. Valentina se despertó entre las sábanas revueltas de un departamento ajeno, con el pecho ardiendo de emociones que no lograba ordenar.
Alexander dormía a su lado, boca arriba, el torso desnudo, respirando con calma. El amanecer dibujaba líneas suaves sobre su piel bronceada, y ella no podía dejar de mirarlo.
La noche anterior aún vibraba en sus huesos. Cada beso, cada gemido, cada susurro. La forma en que él se rindió por completo ante ese tormentoso deseo que los perseguía desde el primer día. Cómo le permitió ver su vulnerabilidad mientras la hacía suya con una mezcla de furia y ternura.
No había dudas. Lo amaba.
Pero también sabía que el mundo allá afuera no lo entendería. Que las consecuencias eran reales. Que Iván no era solo un espectador, sino una amenaza. Que Julieta no se detendría hasta arruinarla. Y que su padre, si lo descubría, haría todo por destruirlo a él.
Se levantó con cuidado, tratando de no despertar a Alexander. Recorrió el apartamento en silencio, buscando su ropa. Cuando la encontró, se vistió con rapidez y salió al pasillo. Aún no eran las siete.
Alexander abrió los ojos apenas sintió el sonido de la puerta. Se quedó unos minutos acostado, mirando el techo, preguntándose si lo que vivieron la noche anterior sería el inicio de algo real o solo un recuerdo que se volvería polvo con la luz del día.
En el campus, Valentina se encontró con Cata en la cafetería. Habían quedado para desayunar, pero Valentina no había dormido en la facultad.
Cata la vio llegar con el cabello aún húmedo, una blusa que no era la suya, y las mejillas más rosadas de lo habitual.
—¿Dormiste en mi casa o en la de alguien más? —preguntó con tono burlón mientras revolvía su café.
Valentina se sentó frente a ella, algo nerviosa. Bajó la mirada, pero la sonrisa la delató.
—No pasó nada que tú no sospecharas.
—¿Con el profe Iceberg?
Ella asintió, sin palabras.
—Valen… —Cata la miró con una mezcla de asombro, complicidad y miedo—. ¿Estás loca?
—Sí. Por él —suspiró, mordiéndose el labio—. No me lo pidas, no puedo evitarlo.
—No te voy a juzgar. Se notaba. Él te veía como si fueras el único aire que puede respirar. Pero tienes que tener cuidado. Hay gente que no va a perdonarte esto.
—¿Alguien como Julieta?
—Y como medio campus. Hoy escuché a una chica en el baño diciendo que ya sabías demasiado de cálculo porque seguramente él te lo "enseñaba bien horizontal" —frunció el ceño—. La gente es cruel y su envidia... devastadora. Tuve que darle su puñetazo en la trompa a esa perra para que no volviera a hablar mal de ti.
Valentina apretó el vaso de jugo entre sus dedos.
—¡No te metas en problemas, Cata! Sé que Julieta no va a parar hasta destruirme. No entiendo por qué, pero está empeñada en verme caer.
—Quizás es una de las que quería meterse a la cama del profe hielito. Pero, no solo Julieta te quiere ver hundida. Iván me da mala espina. Se me acercó esta mañana. Dijo que tú y Alexander tenían algo sucio. Que deberías ser expulsada.
Valentina la miró, con el corazón acelerado.
—¿Te lo dijo así?
—Así, con esas palabras. Y me miró como si estuviera disfrutando cada letra. Está obsesionado contigo. Siempre lo ha estado, pero ahora está... raro.
Valentina se quedó en silencio. Sintió por primera vez un miedo frío recorriéndole la espalda. Lo que hasta ahora había sido rumores, ahora era un arma cargada.
—Tengo que hablar con Alexander. Tenemos que pensar qué hacer.
Por otra parte, Julieta se paseaba por los pasillos con una carpeta en la mano. Su blusa ajustada y su mirada altiva la convertían en el centro de atención, como siempre le gustaba. Pero ese día, su sonrisa tenía una doble intención.
Entró a la oficina de uno de los decanos. Saludó con cortesía y dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Quería compartir esta observación. Algunos alumnos están preocupados por una relación poco apropiada entre una alumna de segundo semestre de ingeniería y el profesor Alexander Rivas. No tengo pruebas aún, pero varios compañeros coinciden en lo mismo.
—¿Se ha hecho algún reclamo formal?
—Aún no. Solo las firmas. Pero si se investiga, seguro encuentran algo.
Salió del despacho sin esperar respuesta, sabiendo que había dejado la primera semilla sembrada.
No tenía pruebas. Pero no las necesitaba. Solo quería plantar dudas. Y una vez que eso ocurría, era casi imposible detener la avalancha.
Esa tarde, Valentina fue a la oficina de Alexander. Lo encontró escribiendo en su laptop, con los lentes puestos y un aire más serio que de costumbre. Cuando la vio entrar, se quitó los anteojos y se puso de pie.
—¿Estás bien? —preguntó al verla.
Ella cerró la puerta y fue directo a abrazarlo. Apoyó la frente en su pecho.
—Cata me contó que Iván está diciendo cosas. Y me enteré que Julieta habló con un decano... sobre nosotros.
Él la rodeó con los brazos y suspiró.
—Sabía que esto pasaría tarde o temprano.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Valentina, un poco nerviosa.
—Voy a hablar con el director del departamento. A poner las cartas sobre la mesa antes de que ellos lo hagan. Si hay una investigación, quiero que me escuchen primero.
—¿Y si te despiden?
—No me importa si pierdo mi puesto, Valentina. Me importa perderte a ti.
Ella lo miró, con los ojos brillando. Se sentía vulnerable. Expuesta. Pero también más deseada que nunca.
—No quiero que esto te destruya. Y sé que esto se está convirtiendo en una bomba de tiempo.
—Lo único que me destruiría sería negarte. Fingir que no pasó nada —tomó una bocanada de aire—. Sé que fue tu primera vez. Y lamento si no fui tan delicado contigo.
El silencio los envolvió. Pero duró poco. Un golpe seco sonó del otro lado de la puerta. Ambos se tensaron. Valentina se separó rápido, alarmada.
—¿Sí? —preguntó Alexander desde su escritorio.
—Profesor Rivas, soy la asistente de dirección. Lo requieren en la oficina principal. Asunto urgente.
Alexander intercambió una mirada con Valentina.
—Voy para allá —respondió cortante, ambos sabían que la cuenta regresiva había comenzado.
Esa noche, Valentina no pudo dormir. Se quedó sentada en la orilla de la cama, en el pequeño departamento de Catalina. Mirando la ciudad a través de la ventana. Cata entró en silencio con dos tazas de té.
—¿Puedo quedarme contigo? —preguntó Cata.
—Claro —respondió Valentina, palmeando ligeramente el borde de la cama. Invitándola a sentarse.
El silencio duró varios minutos.
—¿Crees que él renunciaría por ti? —preguntó Cata.
Valentina apretó la taza entre las manos.
—Ya no se trata solo de renunciar. Se trata de resistir. Y creo que lo haremos juntos.
Cata asintió y le tomó la mano.
—Entonces agárrate fuerte. Porque ahora viene lo peor.
Y Valentina lo supo también. Lo que antes era deseo y secretos, ahora era fuego y peligro.
Pero en los ojos de Alexander había visto una promesa: no la dejaría sola. Y ella tampoco a él.