Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 11
Llevaba varios días en este pueblo de verdad que está hermoso. Mía sentía que por fin podía respirar un poco más tranquila, aunque esa tranquilidad no era completa. Había conseguido empleo en un puesto de comidas rápidas y aunque la paga no era muy alta, alcanzaba para comer y cubrir algunos gastos básicos junto a su abuela.
El dinero que le había dado Hanna Greco lo mantenía guardado con cuidado. No quería tocarlo demasiado. Solo lo necesario. No sabía cuándo tendrían que salir corriendo otra vez, y esa idea siempre estaba en su cabeza. Aunque Hanna le había asegurado que Renzo no la encontraría, Mía no se confiaba.
Porque si Renzo llegaba a encontrarla… no solo la mataría a ella. También podría hacerle daño a su abuela.
Esa idea le quitaba el sueño.
—Mía, mesa tres —llamó Perla desde el mostrador.
—Voy, voy —respondió ella rápido.
Se acercó a la mesa con su cuaderno de bolsillo donde anotaba todos los pedidos.
—Buenas señor, ¿qué desea comer hoy? —preguntó sin levantar mucho la mirada.
—Hola, solo un vaso de jugo de naranja por favor —respondió el hombre.
—Ya mismo —dijo Mía.
Fue a preparar el pedido y al rato volvió con el vaso en la mano.
—Aquí lo tiene señor —dijo, pero esta vez sí lo miró.
Era un hombre muy atractivo, con una presencia tranquila pero firme.
—¿Algo más? —preguntó ella.
—Está bien por ahora —respondió él con una pequeña sonrisa.
Mía sintió que el corazón se le aceleraba sin razón.
“Fuuuuu… es tan hermoso”, pensó, perdiéndose un segundo en su mirada.
—Señorita, ¿le pasa algo? —preguntó él al notar su reacción.
—¿Eh? No, no, nada, disculpe —dijo rápido, completamente colorada, y se fue casi huyendo del lugar.
Perla la miró apenas regresó.
—Está guapo, ¿no?
—¿Lo conoces? —preguntó Mía.
—No, es la primera vez que lo veo. Pero tiene pinta de alguien importante, ese traje no es barato… ¿qué hace aquí?
—No lo sé… tal vez le gusta el jugo de naranja de aquí —respondió Mía intentando restarle importancia.
Siguieron trabajando, el día estaba bastante movido. El hombre terminó su bebida y cuando pidió la cuenta, pagó más de lo debido.
—Quédese con el cambio —dijo antes de levantarse.
Mía dudó un segundo.
—No es necesario, señor…
Pero él ya se estaba yendo.
Ella lo miró hasta que desapareció.
—Cierra esa boca o te entran moscas —bromeó Perla.
—Tonta —respondió Mía riendo.
Esa noche, en la casa, Mercedes la esperaba como siempre.
—¿Cómo estuvo tu día en el trabajo? —preguntó su abuela mientras servía la cena.
—Bien abuela… Perla y yo cada vez nos hacemos más amigas, me gusta eso —respondió Mía con una pequeña sonrisa.
Después de cenar, se fue a bañar y luego a la cama.
Pero apenas apoyó la cabeza en la almohada, su mente viajó directo a Renzo.
No podía evitarlo.
Se preguntaba si la estaría buscando para matarla. Si algún día lo encontraría en esa puerta otra vez.
A veces pensaba que si él la hubiera tratado distinto desde el principio, todo habría sido diferente. Pero no podía borrar lo que vivió.
Recordaba perfectamente las humillaciones, los gritos, las noches durmiendo con dolor después de limpiar toda la casa. Incluso aquella vez en la que él la despertó de madrugada solo para limpiar un vaso roto.
Había llorado tanto esa noche que terminó durmiéndose sin darse cuenta.
Ella nunca quiso esa vida.
Siempre soñó algo distinto. Casarse de blanco, en una iglesia, con alguien que la amara de verdad. Tener hijos, una familia tranquila. Ser diseñadora y que su trabajo fuera reconocido.
Pero todo se rompió cuando su padre la obligó a casarse con Renzo Greco.
Ahora intentaba convencerse de que podía volver a soñar, pero ya no era tan fácil. Vivía con miedo constante.
En la mansión Greco, la situación era diferente pero igual de tensa.
Hanna estaba desayunando cuando Milo entró al comedor.
—Buenos días, señorita —dijo él con respeto.
—Buenos días Milo. ¿Qué necesitas? —respondió ella.
—Necesito hablar con el señor.
—Aún no baja. ¿Quieres que le diga algo?
—No, lo esperaré.
—¿Ya desayunaste?
—Sí, gracias. Disculpe la molestia.
Milo salió del comedor y Hanna siguió comiendo en silencio.
Esa mañana tenía planes de entrenar. Hacía tiempo que no lo hacía y necesitaba moverse, despejarse un poco.
Antes de salir, pasó por la habitación de su hermano.
Lo encontró acostado, en la oscuridad, sin ganas de levantarse.
Era la primera vez que lo veía así. No solo enojado… sino apagado.
Había visto a Renzo sufrir antes por Anabella, pero esto era distinto.
Esto era peor.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—No quiero que nadie me moleste —respondió él sin mirarla.
Hanna salió en silencio.
Mientras caminaba hacia su entrenamiento, no dejaba de pensar si había ido demasiado lejos con todo lo que había hecho.
Cuando llegó al lugar donde entrenaba, notó que estaba demasiado vacío. Le pareció extraño, pero no lo cuestionó demasiado.
Empezó su rutina hasta que de repente escuchó un disparo.
Sintió un dolor fuerte en el brazo. Sangre.
—Mierda… —susurró.
Intentó reaccionar, pero antes de hacerlo sintió que alguien la tomaba del brazo.
Era Milo.
—Silencio —le indicó él.
Sin pensarlo, la ayudó a salir por una ventana. Afuera lo esperaba el auto.
Subieron rápido y arrancaron a toda velocidad.
Hanna miró hacia atrás y vio a dos hombres armados, pero no dispararon.
—¿Quiénes eran esos tipos? —preguntó.
—No lo sé… creo que son hombres de Joseph —respondió Milo—. No deberías salir sola.
—Te debo la vida, gracias —dijo ella.
—Tu brazo… tenemos que ir a un hospital.
—No, es solo un roce. Vamos a la villa, ahí lo arreglo.
Milo dudó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Y siguieron.
Cuando llegaron a la villa, Renzo estaba afuera, descalzo y sin camisa, gritando como loco.
Al ver bajar a Hanna del auto, corrió hacia ella y la abrazó fuerte.
—¿Estás bien? —preguntó mirando su brazo—. Son unos hijos de puta… me las van a pagar.
—Tranquilo, Renzo, solo fue un roce —respondió ella.
—Quisieron matarte, Hanna. Y yo tengo que protegerte.
Renzo estaba fuera de sí, más que por ella, por su propia culpa.
Si hubiera estado en otra condición, nada de eso habría pasado.
Le agradeció a Milo por haberla salvado. Y desde ese momento, la relación entre Milo y Renzo se volvió más cercana.