Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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FAMILIA VALENCIA.
La noche había caído del todo. El cielo estaba oscuro, sin luna, con unas pocas estrellas intentando brillar todavía. El chofer los dejó justo frente a la mansión Valencia, la casa de una de las familias más influyentes en el ámbito jurídico del país. Cuando el auto se detuvo, Lauro bajó para ayudar a su esposa, pero ella ignoró su mano y bajó sola, caminando directo a la entrada.
Como siempre, Lauro la siguió.
Tocaron el timbre. Una empleada abrió la puerta.
—Señorita Cora… —dijo la mujer con una sonrisa cálida—. Tenía mucho que no la veíamos por aquí.
—Papá nos invitó a cenar, así que aquí estamos —respondió Cora con una sonrisa breve.
—Señor Lauro, qué gusto verlo —añadió la mujer, un poco más tímida.
—Hola, Eli. ¿Cómo estás?
—Muy bien, señor. Me alegra verlo.
—Me parece que ya los están esperando en el comedor. Si quieren pasar…
—Por supuesto.
Caminaron hacia el comedor, donde ya estaba toda la familia reunida. Sus padres y sus cuatro hermanos, cada uno en su lugar. Lauro conocía esa dinámica: cada visita era un torbellino de energía que lo dejaba agotado, aunque también lo entretenía un poco.
—¡Mi querida hija! Qué felicidad tenerte aquí —exclamó Esmeralda, la madre de Cora.
—Hola, mamá —dijo Cora con una calidez real.
—Yo pensé que ya estabas muerta, con eso de que nunca vienes —dijo Vania, su hermana, sin filtro.
—Es un gusto verte también, hermana —respondió Cora, imperturbable, y la abrazó y besó.
—Espero que no tengas que irte corriendo como siempre —añadió Dante, el más joven, con una sonrisa sarcástica.
—Déjenla en paz —intervino Arturo, el mayor—. Lo importante es que está aquí. Vamos a disfrutar la cena.
Cora saludó a cada uno con cariño, uno por uno. Cuando llegó a Arturo, preguntó:
—¿Y Meredith? ¿Y Luna?
—Luna se quedó con sus abuelos maternos —respondió Arturo—. Meredith salió anoche con sus amigas. No quise arruinarle sus planes invitándola a cenar.
—Bien hecho —dijo Esmeralda—. Una debe aprovechar cualquier ratito libre para hacer algo por una misma. Después de ser madre, ay, Dios… se te va la vida.
—Oh, gracias por decirnos que te tiene encadenada, madre —ironizó Brandon, rodando los ojos.
—¿Qué te puedo decir? —fingió un suspiro Arturo padre—. Ya son adultos, hechos y derechos, y aun así sigo preocupado por ustedes. Sobre todo por ti —miró a Brandon—, que eres el más libertino.
Brandon rió.
—¿Libertino? Papá, qué palabra tan romántica para decir “divino”.
—Más bien “terrible” —rió Vania.
La conversación se volvió más fluida, más ruidosa. Los hermanos se hacían bromas como siempre. Vania se quejaba de que Brandon imitaba sus lloriqueos, mientras él exageraba sus gestos. Arturo intentaba poner orden, sin éxito. Cora se reía, como si nunca se hubiera ido.
Lauro observaba, participando cuando podía, pero sin buscar protagonismo. La familia de su esposa era amorosa, sí, pero también absorbente. A veces sentía que era parte del decorado. Otras veces, como ahora, lo trataban como a otro de los hermanos.
—¡Oye, cuñado! —dijo Dante—. Ya no te he visto en el gimnasio. ¿Qué pasó con las clases de jiu-jitsu?
—He estado lleno de trabajo —respondió Lauro, sonriendo—. Pero no las he dejado del todo. Solo un poco ausente.
—Eso dices siempre. Mira que ya me estaba creyendo más fuerte que tú —bromeó Dante.
—No es que lo dude, pero dudo que puedas conmigo aún.
—¡Eso! ¿Una pelea aquí mismo o qué? —gritó Brandon, riendo.
—Ya quisieras ver a dos hombres sudando —murmuró Arturo—.
Todos estallaron en carcajadas.
—¡Me traumé! —gritó Vania, tapándose los oídos.
—¡Ay, por favor! —dijo Brandon, alzando la ceja—. Si tú ves más porno que todos juntos.
La mesa era un torbellino de voces, bromas, sarcasmo y cariño mal disimulado. Lauro, agotado, no podía evitar disfrutarlo. Ese caos también era hogar. Y aunque no lo dijera, sabía que cada uno de esos hermanos, la suegra dulce y el suegro territorial, lo habían adoptado como propio.
—Me gusta cuando vienes, Cora —murmuró su padre—. Le das equilibrio a estos salvajes.
Ella le sonrió. Lauro, sentado a su lado, la miró un poco más de lo normal.
Al terminar la cena, todos se encontraron en el salón junto al minibar.
—¿De verdad me van a dar ese caso? —dijo Dante, dejando caer la carpeta con teatralidad—. ¿Un divorcio? ¿El de Vania?
—Ese infeliz me puso el cuerno, quiero que lo destruyas —saltó Vania—. Que no pueda verse al espejo sin llorar.
—¿Y esta es tu manera de apoyarme en mi primer caso? —refunfuñó Dante, tirándose en un sillón. Brandon estaba medio recostado, comiendo una mandarina como si nada.
—Claro, quiero que ganes. Pero con sangre.
—Deberías sentirte honrado —añadió Brandon, palmando la pierna de Dante—. No todos pueden decir que su primera batalla legal fue contra el ex de su hermana. Merecido lo tiene.
—Debí estudiar otra cosa, este caso es una burla. Lo ganaré fácil —dijo Dante.
—O tal vez sea demasiado fácil, y si lo pierdes, nos burlaremos de ti el resto del año —intervino Arturo—. Pero si decides renunciar, dime. Menos obstáculos para el negocio familiar.
—¡No me quejo por cobarde! Me quejo porque esto no es una prueba, es una emboscada disfrazada de práctica —gruñó Dante—. ¡Pero no me lo tomaré a la ligera! Mañana quiero esa carpeta en mi escritorio. Lo haré trizas. No será fácil.
Todos rieron. Una servilleta voló y Brandon la imitó con un silbido.
—¡Ay! El pequeño bebé está llorando —dijo Cora, cruzando las piernas sobre el sillón.
—¡Cállense! —sonrió Dante—. Verán lo que este bebé puede hacer.
—¡Así se habla! —celebró Arturo, alejándose un poco para atender su teléfono.
—Todavía no me muero y mis hijos ya pelean por el negocio —dijo el patriarca, divertido y seco al mismo tiempo.
Brandon se levantó y caminó al minibar.
—Hora de preparar mi bebida especial —anunció con voz de locutor.
—¿Otra vez con eso? —se quejó Dante—. Ni siquiera es buena.
—¡Eres un ignorante! —gritó Brandon—. Esto es arte.
Regresó con una jarra y comenzó a servir en vasos pequeños. Lauro tomó uno por cortesía y al primer sorbo, todo volvió a él.
Hace casi diez años…
La fiesta era caótica, juvenil, con luces improvisadas y música mal ecualizada. Lauro estaba ahí solo porque Óscar lo había arrastrado.
—Vamos, amigo, deja de ser tan aburrido. Disfruta la fiesta.
—No conozco a nadie, esta fiesta no es mía. Tengo que estudiar.
—Diviértete, eres bueno con las chicas. Tal vez dejes de ser un virginal si no eres tan amargado.
Lauro empujó a Óscar, fastidiado.
Ya estaba por irse cuando escuchó un alboroto afuera. Un chico estaba gritando a una chica, tomándola del brazo con brusquedad. Otra chica se interpuso.
—¡Suéltala, imbécil!
Él la empujó y ella cayó, pero no dejó de gritar.
Lauro se acercó, sin impulso, por principios. Tomó al chico del hombro y lo estampó contra un coche. Lo neutralizó en segundos, tranquilo, sin esfuerzo.
Las amigas arrastraron a la chica adentro. Lauro lo soltó. El tipo lo encaró, pero terminó subiendo a su auto y marchándose.
Cora, sacudiéndose el polvo, se acercó.
—Gracias… de verdad. Te debo una.
—No fue nada.
Lauro la vio, de verdad. Hipnotizado por su sonrisa. Su vestido delgado, tirantes finos, escote cuadrado, cabello ligeramente esponjado por el calor y maquillaje ligero que resaltaba su belleza.
—¿Quieres un trago? —dijo Lauro, sorprendiéndose—. Especial. Solo mi familia conoce la receta, para agradecerte.
—Estoy por irme —murmuró.
—Está bien si no quieres.
Ella empezó a alejarse.
—Espera —dijo él—. Yo… quiero invitarte yo.
Ella lo miró, sorprendida. Sonrió y asintió. Regresaron juntos al interior.
Vuelta a la sala, al aroma del licor y las discusiones de sus cuñados.
—Tú le echas agua mineral, eso es trampa —acusó Dante.
—Y tú no maceras los cítricos —bufó Arturo.
—¿Puedo decir algo? —interrumpió Lauro—. Cora lo prepara mejor.
Todos giraron, burlones.
—¡Claro! Porque el amor te ciega —rió Brandon.
—¡Bajo! —rió Vania—. Pero cierto.
Lauro sonrió, levantó su vaso. Su mirada cruzó la de Cora. Ella también lo miraba, neutral, ocultando todo.
Habían compartido un recuerdo, una vida, un secreto en forma de bebida. Sin embargo, cada vez se sentían más como desconocidos.
Brandon y Dante discutían si añadir romero estaba permitido. Vania ya se había rendido con los tacones. Arturo volvía de llamadas sobre clientes imposibles. Todo funcionaba en ese caos armonioso que solo los Valencia podían crear.
Hasta que la puerta principal se abrió.
Arlet.
El aire cambió apenas, pero lo suficiente. Elegante, sonrisa medida, andar pausado, vestido justo, maquillaje perfecto. Parecía diseñada para descolocar.
Lauro lo notó de inmediato. Cora también.
—Qué gusto verte, Lauro —susurró Arlet, suavemente.
—Hola, Arlet —dijo él, voz plana, cortés. Rigidez, evitando reacción.
—Luces más tranquilo que antes. O simplemente más tú —añadió ella, ladeando la cabeza.
Cora, al borde del sillón, dejó el vaso. No dijo nada. Sus manos juntas sobre las rodillas, espalda recta.
Arlet no se acercó. No hacía falta. Todo era una danza calculada: el roce fingido, la mirada prolongada…
Lauro se apartó, llamado por sus cuñados.
—¡Lauro! ¡Ven a desempatar! —gritó Brandon—. ¿Romero o no?
Él fue. A veces es más fácil meterse en pelea absurda que quedarse en el fuego lento del pasado.
Cora miró a sus hermanos. Reían. Todos. Incluso su madre parecía cómoda. Lauro encajaba como si siempre hubiera sido uno de ellos.
—Ya me quiero ir —dijo, casi en voz baja.
Vania la miró, sorprendida.
—¿Tan pronto?
—Sí. Mañana tengo un caso temprano.
Arturo se acercó, pero antes de que Lauro reaccionara, Brandon lanzó una broma cruel:
—¡Oye, Lauro! La próxima vente solo. Cora arruina toda la diversión.
Dante rió, Vania le pegó a Brandon, todos riendo. Nadie lo dijo con maldad. Nadie lo sintió… excepto Cora.
Ella no respondió. Tomó su bolso con elegancia, sin esperar a Lauro. Ni un gesto, ni mirar atrás.
Salió como había entrado Arlet: sin prisa, silenciosa. Pero algo se rompió dentro.
Lauro se giró justo cuando cruzaba el umbral. Sin decir nada, la siguió en silencio.