Apunto de terminar mi carrera en la universidad, un requisito que debía cumplir dar mi servicio social. Ahora entiendo que tenemos marcado nuestro destino y así lo fue, mi trámite para la institución donde pondría en práctica lo aprendido fue una diferente a la solicitada, error en el administrativo que me llevó al lugar donde conocería al padre de mis hijos y el amor de mi vida.
Llegue con mi amiga una tarde de agosto del año 2000, en esa oficina se encontraban varias personas y entre ellas un hombre que al principio me pareció engreído e imprudente, Javier. Que mal me caía, no lo soportaba y el lo notó porque no dejaba de mirarme y hacerme bromas, para entonces yo tenía novio, César al cual amaba tanto pero el decidió vivir el sueño americano y me dejó sola. El tiempo fue pasando y aunque comenzaba agradarme ese insoportable, yo no dejaba de pensar en el que estaba lejos. Poco a poco la soledad, la distancia y la nula comunicación fue mermando el amor que tenía por César, mientras las bromas, las pláticas que se hacían amenas y la convivencia iban ganando terreno en la interacción con Javier. Pude conocerlo más y toda mi perspectiva cambió, era un joven agradable, bromista, caballeroso y atento; era tan fácil mantener una plática interesante. Me dio confianza, le conté sobre César y lo que sentía; el me dio su opinión y eso me hizo poner los pies sobre la tierra.
Una noche al terminar el día laboral pidió por medio de una amiga en común hablar conmigo, no esperaba lo que pronto dijo; el me confesó sus sentimientos por mi. Le gustaba y se estaba enamorado, yo no supe que responder; me sentí fatal porque aún quería a César y tuve culpa, ¡estaba siéndole infiel sin hacer nada!.
Fui sincera, Javier quería una oportunidad y con ella me sugirió pensarlo el tiempo necesario. Me sentí nerviosa y descubrí que me gustaba pasar tiempo con él, me ponía nerviosa y cada día mi necesidad por verlo era mayor.
Decidí darme una oportunidad cuando entendí que a César ya no le importaba, ahora que lo pienso creo que nunca le importe, no busco el tiempo para comunicarse, yo hice lo posible por estar presente por medio de llamadas, cartas, mensajes y el sólo respondía estar muy ocupado, ¡claro ya estando casado y con 2 hijas!. Nunca entendí porque mentir, siempre fui clara y pedí honestidad, entendería si sus sentimientos cambiaban y aceptaría con toda la calma y respeto terminar, ahí entendí que nunca me amo o no como lo hice yo.
Pero por algo pasan las cosas y hay gente que llega en el momento indicado y así fue con Javier.
Comenzamos una relación que fue de lo más linda en todos los aspectos, teniendo altas y bajas por distintas cuestiones.
Terminé mi servicio y ya casi no nos veíamos, en una de esas bajas el conoció a alguien más y comenzó una relación. Un día llamé a su oficina y contestó la persona con la que salía, al saber por quien pregunté colgó inmediatamente, no entendí y 5 minutos después Javier me llamó; estaba feliz hasta que me terminó,¡si, por teléfono lo hizo!, según el no tendría el valor de hacerlo de frente.
Por segunda vez, estaba tan triste y comencé a culparse por ello. Javier siguió llamándome y quería siguiéramos como amigos, claro que me negué y decidí evitar tener comunicación con él pidiéndole no me llamara más.
Así pasaron 10 años, conocí personas, salí algunas veces; nada formal unas veces al cine a un café, pero terminaba por evitar una relación, creo me volví exigente, nada me agradaba y ellos no ayudaban al insinuar situaciones íntimas que no estaban dentro de mis planes. Nunca había estado con nadie y así no lo deseaba, quería fuera especial y con alguien que amara.
Sin querer y aprendiendo a lidiar con el dolor, fui sobrellevando la tristeza y la vida tenía sorpresas. Estaba a punto de cambiar mi lugar de origen y ¡oh sorpresa!, suena el teléfono es Javier, no lo creía. Me pidió 5 minutos y después me dejaría en paz, entendí que pasó tiempo y ya asimilado todo y maduros lo escuché. Tuvimos una platica tranquila, hubo disculpas, aclaramos cosas y decidimos vernos. Fue curioso pero empezamos de cero, conociéndonos aún más, contando lo vivido. Notamos todo lo diferentes que ya éramos y aprendimos de los errores, le expliqué que me iba de la Ciudad por la salud de mis padres. Nos sinceramos y le dimos una oportunidad a nuestra amistad. El me ayudó bastante y descubrí que aún lo amaba. Pusimos todo en claro, con limites y acuerdos, muchos me pensaron tonta por volver con Javier, pero creo que la vida es sabia y ahora llevamos 13 años de casados y con 2 hermosos hijos. Hoy por hoy puedo decir que no me arrepiento de haberle dando una oportunidad al amor, porque soy tan feliz como un día lo soñé.