En la ciudad nadie pronunciaba el apellido Greco.
No por respeto.
Por miedo.
Se decía que la familia Greco no olvidaba una traición, una deuda... ni una promesa rota.
Marcus Greco, heredero del imperio criminal, gobernaba desde las sombras. Nunca levantaba la voz; no lo necesitaba. Bastaba una mirada para que el silencio se impusiera.
Cuando Rosetta Wilson llegó como su nueva secretaria, creyó que solo sería otro empleo para pagar las deudas de su familia.
Se equivocó.
Marcus comenzó a fijarse en ella desde el primer día.
No porque fuera la más brillante.
No porque fuera la más hermosa.
Sino porque, frente a todos, fue la única persona que sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
Aquello despertó algo peligroso.
—Nadie te ha enseñado a temerme —dijo él con una calma helada.
—No trabajo para tener miedo. Trabajo para vivir.
Marcus sonrió por primera vez en años.
Y esa sonrisa inquietó más que cualquier amenaza.
Con el paso de las semanas, Rosetta descubrió que cada problema que aparecía en su vida desaparecía antes de que pudiera resolverlo. Acreedores que dejaban de cobrar. Personas que la acosaban y se marchaban de la ciudad. Puertas que se abrían sin explicación.
Nada era casualidad.
Todo llevaba la firma invisible de Marcus.
Cuando ella intentó renunciar, él dejó la carta sobre el escritorio.
—¿Crees que puedes irte tan fácilmente?
—No soy una propiedad.
Marcus la observó en silencio.
—Eso intento recordármelo todos los días.
Durante un instante, el hombre más temido de la ciudad pareció luchar contra sí mismo.
Pero la guerra dentro de Marcus era más peligrosa que cualquier enfrentamiento entre mafias.
No deseaba verla sufrir.
Deseaba que nada la alcanzara.
Y esa necesidad de protegerla amenazaba con convertirse en una prisión para ambos.
Rosetta comprendió entonces que el verdadero enemigo no era la mafia que perseguía a Marcus, sino la obsesión que comenzaba a consumirlo.
Porque un hombre capaz de controlar una ciudad entera podía perderlo todo cuando confundía el amor con la posesión.
Y esa era una batalla que ningún imperio podía ganar.