Todos los días salgo de mi casa a las 7:12 de la mañana, camino exactamente 5 cuadras hasta la cafetería de la esquina de la plaza —la que tiene el cartel de madera que se está cayendo un poco por la derecha— y entro siempre por la puerta de la izquierda. No me atrevo a cambiar ni un paso del recorrido, ni un solo minuto de la hora, porque si lo hago, me da miedo borrar un poquito más de ti. Llevas 83 días, 6 horas y 12 minutos sin venir.
El lugar huele siempre igual: a granos tostados, a medialunas recién horneadas, y a ese limpiador de mesas con olor a limón que a ti te molestaba tanto y siempre te quejabas de que “le quitaba toda la magia al café”. Cuando entro, no miro ninguna otra mesa: voy directo a la de la esquina, la que está pegada al ventanal, con la pata derecha un poco chueca que siempre se movía cuando te reías mucho y te apoyabas todo el peso en ella. Esa fue nuestra mesa, durante 3 años, 2 meses y 19 días. Nadie más se sienta ahí, ya lo saben todos los que van seguido.
El camarero se llama Diego, tiene el pelo canoso por los costados y un tatuaje de una guitarra desgastado en el brazo izquierdo. Ya no me pregunta qué voy a tomar. En cuanto me ve cruzar la puerta, prende la máquina, y 4 minutos exactos después me deja en la mesa dos cafés con leche, calientes, con sus platos blancos y sus cucharas de metal. El mío, siempre sin azúcar, amargo, como me gusta. El tuyo, siempre con dos sobres de azúcar blanca al lado, sin abrir, porque tú decías que los cafés de aquí eran muy traicioneros, y nunca los endulzabas hasta que habías dado el primer sorbo, para probar “cuánto amor le había puesto el cocinero esa mañana”.
Fue ahí donde te conocí. Entraste un día de lluvia de abril, empapada hasta los huesos, con tu abrigo rojo que se te pegaba al cuerpo y tu pelo mojado chorreando en el suelo, y pediste a gritos un café caliente “que queme la lengua de lo fuerte que sea”. Yo estaba sentado solo en nuestra mesa, te miré con la boca medio abierta, y te moví la silla de enfrente sin pensar, sin decir nada. Te sentaste, me sonreíste con esa sonrisa tuya que te arrugaba los ojos, y me robaste media medialuna de mantequilla de mi plato antes de decirme siquiera tu nombre. Después de eso, no hubo un solo día que no viniéramos juntos.
Teníamos nuestros rituales, nuestros códigos tontos que solo nosotros entendíamos. Tú siempre te sentabas de espaldas a la puerta, porque decías que así no te distraías con la gente que pasaba y podías mirarme a mí todo el rato sin que nadie te molestara. Siempre te robabas un sorbo de mi café negro, hacías una cara de asco horrible que te hacía reír a ti sola, y luego volvías a tomar el tuyo riendo, diciendo que yo era “un bicho raro por tomar esa cosa sin azúcar”. Los domingos veníamos más tarde, traíamos el diario arrugado, y jugábamos a adivinar la vida de la gente que pasaba por la plaza: aquel señor mayor con el perro negro era un ex espía que se había retirado a vivir una vida tranquila, aquella chica con los audífonos muy grandes iba camino a una cita secreta con alguien que no le contaba a nadie, aquel niño que corría con el globo rojo iba a ser presidente algún día y nos iba a invitar a la cena de asunción.
Ahí fue donde me contaste tu secreto más grande: que tu papá se había ido cuando tenías 8 años, sin decir adiós, sin dejar nota, y que desde entonces tenías miedo metido en los huesos de que toda la gente que querías se fuera un día sin avisar. Ahí fue donde te pedí que nos fuéramos a vivir juntos, en ese departamento chiquito con balcón que habíamos mirado por la ventana de la cafetería mil veces, y tú me dijiste que sí, llorando de felicidad, y derramaste medio café en tu blusa blanca nueva sin importarte nada. Ahí fue donde fuimos felices, de verdad, sin ruidos, sin prisas, sin nada más que nosotros dos y un par de cafés que siempre se enfriaban antes de terminarlos.
La última vez que vinimos juntos fue un martes, igual que hoy. No peleamos. No gritamos. No hubo frases grandes ni discusiones de esas que se ven en las películas, de esas que terminan con puertas cerradas de golpe. Estuviste callada todo el rato, mirando por el ventanal, no te robaste ni un sorbo de mi café, no tocaste ninguno de los dos sobres de azúcar. Cuando terminamos de tomar, te levantaste muy despacio, me diste un beso muy rápido en la mejilla, frío, sin sabor, y me dijiste “lo siento” tan bajito que casi no lo escuché por el ruido de la máquina de café, antes de salir corriendo por la puerta de la derecha, la que yo nunca uso.
Al día siguiente no viniste. Ni el otro. Ni el resto de la semana. Mandé 24 mensajes que nunca contestaste, ni siquiera para decirme que estabas bien. Llamé 11 veces, todas fueron directo al buzón de voz, con tu mensaje grabado que decía “deja tu mensaje y te llamo en seguida”, que yo escuchaba una y otra vez solo para oír tu voz. Pasé por el departamento que alquilábamos juntos 7 tardes seguidas, y el nuevo inquilino, un chico con lentes, me dijo que te habías mudado a otra región, sin dejar número de teléfono, sin dejar dirección, sin dejar nada para mí. Solo te llevaste tu abrigo rojo y tus libros de poemas azules. Nada más.
Desde entonces, sigo viniendo todos los días. Sigo pidiendo dos cafés. Sigo sentándome en nuestra mesa, y sigo dejando los dos sobres de azúcar al lado de tu vaso, sin abrir, igual que siempre. Diego ya no me pregunta por ti, ya no me mira con cara de sorpresa cuando trae los dos vasos. Los clientes habituales ya me conocen: me miran con esa cara de lástima suave que uno le pone a la gente que está rota por dentro pero sigue caminando, sigue haciendo su rutina, sigue respirando aunque no quiera. Nadie se atreve a sentarse en tu silla, nadie se atreve a romper mi espera silenciosa, excepto hoy.
Hoy el lugar venía más lleno de lo normal. Había un grupo de estudiantes riendo fuerte en la mesa de al lado, una pareja de ancianos tomando medialunas y tomándose de la mano debajo de la mesa, y una chica con el pelo del mismo color castaño que el tuyo, parada al lado de la puerta, mirando para todos lados buscando un lugar libre. Diego me miró de reojo desde la barra, se limpió las manos en el delantal, se acercó a la mesa muy despacio, como si tuviera miedo de tocar algo que se rompe con solo mirarlo, y me preguntó muy bajito, casi en un susurro:
—¿Hoy… lo hago solo para uno?
Me quedé mirando tu vaso, el vapor todavía saliendo despacio por arriba, dibujando nubes chiquitas en el aire frío, los dos sobres de azúcar intactos, igual que todos los días anteriores. Por un momento escuché tu voz en mi cabeza, riendo fuerte, diciéndome que le dijera que sí, que yo era muy tonto por seguir esperando, que tenía que cerrar esa puerta y seguir con mi vida. Quise decirle que sí. Quise agarrar tu vaso y ponerlo del lado de Diego, quise guardar los sobres de azúcar en mi bolsillo y olvidarme, quise levantarme de la silla e irme corriendo sin mirar atrás nunca más.
Pero no pude. Solo negué con la cabeza, muy despacio, sin decir una palabra, y sentí una lágrima caliente caer en el borde de mi taza, mezclándose con el café negro amargo antes de que pudiera borrarla. Diego asintió con la cabeza, no dijo nada más, me dio una palmada suave en el hombro, y se fue atrás de la barra sin mirarme más.
Me quedé mirando por el ventanal, donde la gente pasaba corriendo a sus trabajos, donde los niños corrían por la plaza con sus mochilas en la espalda, donde el sol empezaba a salir un poquito más fuerte, calentando la madera de las mesas. Miré tu café, que ya se estaba enfriando despacio, igual que mi esperanza de que algún día volvieras a entrar por la puerta, a sentarte enfrente, a robarme mi sorbo, a decirme alguna tontería para hacerme reír cuando yo estaba de mal humor.
Y en ese momento me di cuenta de algo, de golpe, sin aviso, como un golpe en el pecho que me deja sin aire: ya no estaba esperando que tú entraras por la puerta. Ya no estaba esperando que te sentaras, que me hablaras, que me dijeras que lo sentías, que todo había sido un mal sueño.
Estaba esperando, simplemente, acostumbrarme a que nunca más lo harías.
Agarré los dos sobres de azúcar de la mesa, los guardé en el bolsillo de mi camisa, donde ya tenía 83 pares guardados de todos los días anteriores, cada uno con un día de espera, cada uno con un pedacito de recuerdo que no me atrevo a tirar. Me quedé ahí, sentado solo en nuestra mesa, mirando tu silla vacía, mientras mi café también se enfriaba despacio, y el reloj de la pared seguía avanzando, tic tac, tic tac, sin importarle nada mi dolor, sin detenerse ni un segundo para dejarme llorar tranquilo.