En la oscuridad de la noche, tres figuras con yelmos oscuros se arrastraron en la morada. Allí, sus hojas hicieron caer sangre escaleras abajo... Esa sangre era de un hombre y una mujer, que el joven presenció su muerte. Aquel joven, aún sosteniendo la espada y mirando con la vista marchita hacia los asesinos, pasó por su acero a los de los cascos oscuros... Pero, los asesinos no eran hombres, sino bestias, que mataban a cualquiera solo para satisfacer su sed de sangre.
Fue allí, al pie de los padres muertos, que el joven juró cazar a todas las bestias...
Los años pasaron, igual que las bestias segadas por la hoja del Cazador. Cuentan que una noche, una figura encapuchada llegó a la ciudad, posándose en frente del castillo de piedra del Rey. Allí, las huestes de la ciudad apuntaron sus espadas contra el Cazador, y luego el Rey las mandó a bajar.
—Bienaventurado seas en tu camino, Cazador. El enemigo se rendirá solo con oír tu nombre.—dijo el Rey, señalando hacia fuera de la muralla de la ciudad.
Luego de pasar por fuera del muro, el Cazador quedó entre las filas del Rey. Más allá del yermo en que estaba, yacían de a cientos las bestias del rival. Entonces, antes de que el cuerno del Rey resonara, ya el olor a sangre impregnaba el ambiente. El Cazador quedó hasta en frente de la muralla enemiga, su espada ensangrentada, y cientos de bestias masacradas detrás de su figura. Lo único escuchado allí era el metal chocando contra la carne, y los rugidos de alguien que resonaban cada vez que una bestia moría.
Entonces, cuando el Cazador volteó la vista, no lo pensó dos veces. El lugar de los guerreros del Rey ahora era ocupado por bestias que, aunque no levantaron sus armas contra él, este las pasó por acero en tan solo instantes. Al morir el Sol, miles de cascos negros yacían ensangrentados sobre el suelo, y solo un hombre estaba por encima de todo: el Cazador. Entonces, antes de poner un pie sobre el yermo, las bestias que quedaban lo acribillaron a flechas... Pero este las enviaba a lo lejos, rebotando contra su espada.
Cuando llegó a la ciudad, las puertas se cerraron en su cara, y las bestias dominaron las murallas. Pero, eso no impidió que el Cazador escalara aquellos muros clavando su hoja en ellos. Entonces, las calles de la ciudad se volvieron ríos de sangre. El Cazador no se detuvo ante aquellos niños que lloraban las muertes de las bestias, o aquellas mismas bestias que ayudaban a la gente a huir de su furia. No, él encajó su acero en todas esas bestias, hasta que detuvo su paso en frente del trono...
El Rey estaba ahí, pero no con su corona, sino con un casco negro en su lugar. Entonces, el Cazador se acercó, y acuchilló a esa bestia hasta que su cuerpo quedó destrozado por completo, y en su lugar solo quedara un charco de sangre y carne cortada. Fue allí cuando el Cazador bajó la mirada, que vio algo que nunca había querido ver: la sangre reflejó un casco negro ensangrentado en donde debería estar su rostro. Lo tocó, y sentía su cara, pero la sangre mostraba aquel yelmo negro...
Lo último que vió el Cazador fue su vientre siendo atravesado por su propia espada, mientras la sangre consumía su mirada... Entonces, abrió los ojos, pero lo que estaba en frente de él solo era un vacío infinito oscuro. Luego, sintió un eco multiplicandose en la nada, y cada vez más fuerte:
—Por cada hombre que mataste...—rugía el eco, mientras en frente del Cazador comenzaron a producirse recuerdos de bestias, que a cada palabra se les borraba el casco negro en sus cabezas, y dejaban mostrar las faces de personas—...Por cada niño sin padre... Por cada Rey sin reino... Por cada reino sin rival...—entonces, solo quedó el reflejo del Cazador, con un casco negro en su cabeza, mientras se desvanecía—¡Te condeno, a arrastrar eternamente el peso de sus muertes!—y la oscuridad lo consumió por completo...
"Somos Cazadores de la Bestia que dentro llevamos."