Tener una relación a distancia no es para nada fácil. Ni que me lo digan a mí; inicié una relación a larga distancia con una chica a mediados del año 2000.
Supongo que debí haberme sentido muy solo como para estar con alguien que vivía a mil kilómetros lejos de mí. Pero, a pesar de todo eso, quería mucho a Nadia. Una uruguaya de veintiún años que vivía en Manhattan. Yo, bueno, yo vivía en Nicaragua y no ganaba suficiente dinero como para viajar allá. Entonces, ambos decidimos ahorrar para encontrarnos y estar juntos aunque fuesen por unos días.
En aquellos días, el internet y las computadoras no eran tan veloces como hoy en día; por suerte, hemos avanzado mucho en tecnología y ya no nos frustramos tanto por nuestra computadora o la velocidad de nuestro internet. Seguramente se están preguntando cómo fue que conocí a Nadia.
Nadia y yo nos conocimos por mera casualidad en México en febrero del año 2000, durante una reunión de negocios que realizaron varias empresas de América; obviamente, incluyendo las empresas para las cuales nosotros dos trabajábamos.
Durante todo el período que pasamos junto con las otras empresas, en ningún momento la vi a ella, fue hasta después de todo ese alboroto, cuando nos encontrábamos en un bar exclusivamente para ejecutivos que estaba cerca de la torre ejecutiva Pemex (ahí se llevó a cabo la reunión). Mis compañeros de trabajo junto con mi jefe y yo, fuimos a ese bar a compartir una cerveza. Fuimos los primeros en llegar a ese bar, así que, cuando nadie decía nada, mirábamos pasar por la puerta a los que estaban en la reunión desde la barra.
Tampoco la vi entrar; me di cuenta de su presencia cuando únicamente pidió café en la barra. Se le veía desaliñada y un poco estresada. Tal vez había hecho algo que a su jefe no le gustó mucho, entonces procedí a hablarle. Mis amigos dicen que soy bueno para las conversaciones y que siempre provoco una buena primera impresión.
"Oye". Me acerqué un poco a ella. "¿Tú estabas en ese rollo de las empresas?". Pregunté y ella inmediatamente dijo que sí con la cabeza. Pero no me devolvió la mirada. Estaba con la cabeza gacha y revolviendo su café con un palillo. "¿Dónde están mis modales?". Le dije y esta vez si me volvió a ver. "Me llamo Isaac, un gusto".
Y así empezamos a conversar; suena un poco patético, ¿no creen? Y al finalizar, compartimos nuestros e-mails para mantenernos en contacto, porque después de ese día, no volveríamos a vernos hasta después de un largo tiempo.
Lo malo de la tecnología en aquella época, era que no existían las webcams, aunque no lo recuerdo muy bien, pero si existían, obviamente eran caras. Así que, sólo nos limitábamos a enviarnos mensajes, y no los respondíamos al instante como hoy en día.
Durante esos días, siempre la despertaba con algún chiste de cualquier serie de comedia que habría visto el día anterior, y eso le encantaba a ella o al menos eso reflejaba en sus mensajes.
Llegamos a encariñarnos mucho a mediados de septiembre de ese mismo año. Esta vez no sólo enviábamos mensajes, también empezamos a mandarnos cartas que contenían todo tipo de fotos, si saben a lo que me refiero, pícaros. Lo hacíamos semanalmente, porque obviamente tardaban en llegar.
Recuerdo que, para víspera de Navidad de ese año, una semana antes habíamos enviado una carta que contenía fotos con algún atuendo navideño y las abrimos justamente cuando el reloj dio las doce, para pensar que ambos estábamos ahí en la misma habitación y no a mil kilómetros de distancia. Sí, suena triste, pero yo era realmente feliz.
Para la víspera de año nuevo hicimos lo mismo y la llamé para escuchar su voz. Obviamente tuvimos que hablar dos veces por la diferencia de hora, sin embargo, debo admitir que fue divertido.
"Creo que deberíamos de ahorrar para encontrarnos". Le dije. "Tengo muchas ganas de verte, besarte y muchas cosas más".
"¿Qué clase de cosas?". Respondió ella con picardía. "Y para ser sincera, esa me parece una excelente idea".
Y así empezó el 2001, ahorramos por casi todo el año para hacer que nuestro reencuentro fuese posible, aunque fueran por unos días. Pero, sí que iba a disfrutar cada segundo al lado de ella.
A finales de agosto, ambos compramos los boletos de avión para vernos en Nueva York a mediados de septiembre. Cabe decir que ella vivía en Washington y Nueva York nos parecía más atractivo para conocer y pasear. La fecha estaba lista, en dos semanas vería a mi hermosa chica.
El 10 de septiembre por la noche, me llamó muy emocionada. "¡Nuestra empresa hará un viaje de negocios e iré a Manhattan por la mañana!".
"¡Qué bien! Felicidades". Me reí."Aunque no es un poco justo que vayas ahí sin mí, pero, tomas toda las fotos que puedas y las envías antes de irme a Nueva York"
"Lo sé, te quiero mucho, Isaac. No te hablaré mañana por la mañana, porque seguramente estarás dormido y también estaré demasiado ocupada, así que me despediré de ti ahorita, antes de irme a dormir".
"Está bien, pero intenta llamarme, por si acaso"
"Bueno, te hablaré en cuanto llegue Manhattan. Te quiero mucho, jamás lo olvides".
"Yo también te quiero, Nadia. Nos vemos en unos días, tómate fotos de todo tipo". Ambos reímos.
No teníamos previsto que esa sería nuestra última llamada o la última vez que escucharía su voz. Iba de camino al trabajo cuando en la radio dijeron algo sobre un avión secuestrado que se había estrellado en una de las torres gemelas. Entré en una cafetería que estaba cerca de donde trabajaba y todos estaban con los ojos pegados al televisor. Vimos todo, vimos cómo se estrellaba el segundo avión y cómo colapsaron ambas torres. Me asusté porque no recibí ni una sola llamada de ella, y ninguno tenía celular en aquel entonces.
Pasé nervioso y viendo las noticias por todo el día, hasta que por la tarde, la página web de CNN mostró la lista de personas que habían fallecido en los atentados, y sí, ahí estaba ella en esa lista.
No tenía idea de que ocuparía mi boleto de avión para asistir a su funeral y enterrar un ataúd vacío.