Pasaron las semanas más tranquilas que habían tenido en mucho tiempo. Kael ya no tenía que esconderse: bajaba al pueblo, saludaba, y la gente ya no le bajaba la mirada ni le susurraba cosas malas. Sabían la verdad. Sabían que no era un monstruo, sino un hombre que había sufrido demasiado.
Pero justo cuando todo parecía en calma, Elias empezó a sentirse raro. Se le revolvía el estómago por las mañanas, se cansaba mucho más rápido de lo normal, y a veces, al despertar, sentía una punzada extraña y suave en el bajo vientre. También notó que su olor había cambiado: seguía siendo dulce, pero ahora tenía un matiz nuevo, cálido y profundo.
Una tarde, mientras descansaban bajo el gran roble del claro, Kael lo miró detenidamente, sus sentidos de alfa captando cada detalle. Le acercó la mano despacio al vientre y abrió mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que su instinto le gritaba.
—¿Elias? —susurró con voz temblorosa—. Aquí hay algo más. Algo que crece.
Elias se llevó la mano a la boca, sorprendido y emocionado.
—Creo que sí, Kael. Creo que vamos a ser padres.
Kael no dijo nada más. Simplemente lo levantó en brazos como si fuera lo más ligero del mundo, lo abrazó con tanta fuerza que casi le quita el aliento, y lloró de felicidad sobre su hombro. Después de perder a su familia, nunca imaginó que tendría una propia.
Los meses pasaron volando. El vientre de Elias creció mucho, muy rápido, y el médico les confirmó lo que el instinto de Kael ya sabía: **venían dos**. Dos vidas nuevas, dos almas que serían suyas.
El día que nacieron, el bosque pareció quedarse en silencio. Dos niños idénticos, sanos y fuertes. El primero tenía el pelo negro y los ojos grises como su padre. El segundo tenía el pelo un poco más claro y la misma forma de mirar dulce y curiosa que Elias. **Mellizos**.
Años después, una tarde de sol igual a aquella en que se conocieron, vieron a los dos pequeños correr entre los árboles, persiguiendo mariposas, sin miedo a nada, sabiendo que el bosque era su hogar y que sus padres eran su protección. Kael tenía el brazo puesto sobre los hombros de Elias, y la mano de él descansaba sobre la marca que brillaba siempre en su cuello.
—Mira lo que conseguimos —dijo Kael bajito—. Yo que creí que solo merecía soledad… y tengo todo esto.
Elias sonrió, mirando a sus hijos y luego a su alfa.
—No es lo que conseguimos —respondió—. Es lo que nos merecíamos. Los cuatro.
Se quedaron así, viendo el futuro que habían construido juntos, sabiendo que las tormentas pasan, que los miedos se van, y que el amor verdadero es capaz de sanar cualquier herida, incluso la más profunda. Y el guardián del bosque, que durante diez años solo cuidó árboles, ahora sabía que su verdadera familia era lo único que necesitaba proteger para siempre.
**FIN**