Volvieron al claro de la cabaña de la mano, sin soltarse ni un segundo. Kael caminaba erguido, sin ocultarse ya, y Elias iba a su lado, la marca en el cuello visible con orgullo. Cuando se detuvieron frente a todos, su tía dio un paso adelante y extendió un pergamino viejo, manchado por el tiempo.
—Esto es lo que encontré en el sótano de la casa del alcalde —dijo con voz clara—. Las declaraciones de los tres alfas que murieron aquel día. Confesaron antes de irse al bosque que planeaban llevarse al hermano de Kael a la fuerza, que querían usarlo para ganar tierras y poder. Kael no fue un asesino a sangre fría: fue el único que intentó salvarlo. Y el alcalde lo supo todo… pero calló para quitarle sus tierras y culparlo a él.
Un murmullo enorme recorrió al grupo. El alcalde se puso pálido, intentó hablar, pero nadie le escuchó. Diez años de mentiras, de miedo, de soledad… se desmoronaron en un solo minuto.
Lukas miró a Kael, luego a Elias, y bajó la cabeza avergonzado.
—No sabía —murmuró—. Solo quería protegerlo… pero me equivoqué de la peor forma. Lo siento.
Se dio la vuelta y se fue, y con él se fueron casi todos los hombres del pueblo, dejando solos a Kael, a Elias y a su tía.
—Ya no tienes que esconderte más, sobrino —le dijo ella, acercándose y abrazándolo por primera vez en diez años—. El bosque te pertenece. Y también la paz.
Cuando se fue la tía y quedaron ellos dos absolutamente solos, el sol ya empezaba a caer, tiñendo los árboles de dorado y naranja. Kael se dejó caer en el pasto suave, y jaló a Elias hacia sí, envolviéndolo con sus brazos grandes y fuertes, apretándolo contra su pecho como si quisiera fundirse con él.
—Pensé que pasaría toda la vida solo —confesó con voz quebrada—. Pensé que nunca nadie sabría la verdad… y que mucho menos nadie me querría así, roto y lleno de cicatrices.
Elias se acomodó encima de él, escuchando su corazón latir lento y tranquilo, y besó suavemente cada una de sus cicatrices.
—Yo te quiero entero —le dijo—. Con tu pasado, con tu dolor, con todo lo que eres. No te cambiaría ni un pelo.
Se quedaron así, abrazados, sin prisa, sin miedo, sin nadie que los juzgara. El viento sopló suave, el bosque pareció suspirar aliviado con ellos, y la marca en el cuello de Elias brilló con calma. No necesitaron decir nada más: en ese abrazo estaba todo lo que habían vivido, todo lo que habían superado, y la promesa de que a partir de ahora, ningún día volverían a pasar solos.
Allí se quedaron hasta que la luna salió, abrazados, sabiendo que lo peor ya había pasado… y que lo mejor apenas comenzaba.