Las palabras de su tía cayeron como una piedra en medio del claro. Kael dio un paso atrás, perdido, y en ese segundo de confusión Lukas se movió rápido. Se acercó a Elias, le tapó suavemente la boca con una mano y lo arrastró entre los árboles, hacia un hueco oculto donde nadie los veía ni escuchaba.
—No grites —le susurró al oído—. Solo quiero hablar. A solas. Lejos de ese monstruo.
Elias intentó zafarse, pero Lukas lo empujó suavemente contra el tronco de un pino viejo. Estaban solos, rodeados de hojas y tierra mojada, el viento moviendo las ramas arriba.
—¿Por qué te entregaste a él? —dijo Lukas, con la voz rota por los celos—. Yo te he querido toda la vida. Yo soy el alfa que te corresponde. Él solo te ha confundido con su olor y su fuerza.
—No es así —respondió Elias, firme—. Yo lo elegí. Es mío.
Lukas se acercó más, invadiendo su espacio, sus feromonas intentando imponerse.
—Lo vas a olvidar —murmuró—. Si estamos juntos tú y yo aquí, al aire libre, donde el bosque lo vea… tu cuerpo sabrá cuál es su lugar.
Lo tocó, lo besó a la fuerza, queriendo hacerlo suyo en ese claro oculto. Elias luchó al principio, pero la confusión y el miedo lo debilitaron un instante. Sin embargo, justo cuando Lukas creyó que lo lograba, Elias sintió un dolor agudo en la marca del cuello: **su cuerpo lo rechazaba**. Solo podía pertenecer a Kael.
—¡Suéltame! —gritó, empujándolo con todas sus fuerzas—. ¡Nunca serás tú! ¡Ni aquí, ni en ningún lado!
En ese momento, una sombra enorme cayó sobre ellos. Kael apareció entre los árboles, furioso, sus ojos grises encendidos. No golpeó a Lukas, pero sus feromonas lo lanzaron al suelo de puro miedo. Se puso delante de Elias, protegiéndolo del viento y de la vista de todos.
—Te advertí —dijo Kael, bajo y mortal—. Es mío. Y nadie toca lo que es mío.
Lukas se arrastró hacia atrás, asustado, y huyó de vuelta con el grupo del pueblo. Allí se quedaron los dos, solos en medio del bosque abierto, el viento acariciándolos, el sol filtrándose entre las hojas. Kael se giró hacia Elias, lo miró con miedo y alivio.
—¿Te hizo daño? —preguntó, tocando suavemente su rostro.
—No —respondió Elias, abrazándolo fuerte—. Pero tenía miedo de que te creyeras sus mentiras. Aquí, afuera, sin muros, solo tú eres mi hogar.
Kael lo atrajo contra sí, y en medio del bosque, bajo el cielo despejado, se entregaron el uno al otro de nuevo. No había prisa, ni peligro inmediato, solo el viento, los árboles y ellos dos. Fue lento, profundo, confirmando ante la naturaleza misma que ese vínculo no se rompería con nada. Allí, al aire libre, sellaron su promesa una vez más, mientras el pueblo esperaba abajo, sin saber que ya no había poder humano que los separara.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados en el pasto, cubriéndose mutuamente, listos para escuchar por fin la verdad que su tía había venido a contar.