El sol ya estaba alto cuando Elias abrió los ojos del todo. El dolor en su cuerpo seguía ahí, suave y constante, pero ya no era molestia: era el recuerdo vivo de todo lo que habían sido, de todo lo que se habían dado. Kael no se había movido casi nada: seguía detrás de él, abrazándolo con fuerza, todavía unido a él, una mano apoyada en su vientre y la otra acariciando despacio la marca roja y fresca que ahora brillaba en su cuello.
—¿Te duele mucho? —preguntó Kael muy bajito, besando la marca con infinita ternura.
—Un poco —respondió Elias, recostando la cabeza contra su hombro y arqueándose despacio contra él—. Pero no quiero que te vayas. No quiero separarme.
—Nunca —murmuró Kael, y sin prisa, volvió a moverse despacio, con esa mezcla de fuerza y delicadeza que solo él sabía darle. El celo no había pasado, su cuerpo todavía lo pedía a gritos, y ahora que ya eran uno solo, no había miedo ni barreras que los detuvieran. Volvieron a unirse una y otra vez, entre sábanas revueltas y el calor del fuego que no se apagó, hasta que el sol subió más y las sombras se movieron por las paredes. No era solo deseo: era la necesidad de grabarse el uno en el otro, de asegurarse de que esto no era un sueño, de que por fin tenían derecho a estar juntos.
Pero la paz duró muy poco.
A media mañana, el viento trajo hasta la cabaña algo que hizo que Kael se tensara de golpe, aunque no se apartó de él del todo. Sus sentidos de alfa eran mucho más agudos que los de cualquier otro: percibió el olor a antorchas, a madera quemada, a mucha gente caminando entre los árboles. Y encima, un aroma que reconoció al instante: el de Lukas, mezclado con el de otros alfas del pueblo.
Se apartó muy despacio, ayudando a Elias a arreglarse la ropa, y asomó la cabeza por la ventana. Lo que vio le heló la sangre: no eran seis hombres como la vez anterior. Eran casi veinte. Todos armados, rodeando el claro del bosque, sin acercarse demasiado todavía, pero sin intención de irse. Y al frente, junto al alcalde, estaba una mujer que Kael no había visto en diez años: su propia tía, la única persona que le había creído en aquel entonces.
—Vienen con algo preparado —dijo Kael, volviendo hacia Elias y tomándolo de la mano con fuerza—. No es solo rabia ni prejuicio esta vez.
—¿Qué quieren? —preguntó Elias, sintiendo cómo su instinto de omega se alerta, buscando protección automáticamente cerca de su alfa.
—No lo sé —respondió él—. Pero van a usar cualquier cosa para separarnos. Ahora que estás marcado, van a decir que te he obligado, que he abusado de mi fuerza… van a intentar hacerte creer que esto no es real.
Antes de que pudieran decir más, la voz del alcalde sonó clara desde afuera:
—¡KAEL! ¡SABEMOS LO QUE HICISTE! ¡HUELE HASTA AQUÍ QUE LO HAS MARCADO SIN SU CONSENTIMIENTO! ¡SAL Y DÉJANOS LLEVARTELO, O ENTRAMOS Y QUEMAMOS ESTA CABAÑA CON LOS DOS ADENTRO!
Kael rugió bajo, una descarga de feromonas tan fuerte que las cortinas de la ventana se movieron sin viento. Elias se acercó más a él, poniéndose a su lado, sin miedo. Levantó la cabeza, dejando ver la marca roja en su cuello, y gritó para que todos lo oyeran:
—¡MINTEN! ¡YO LO ELEGÍ! ¡YO QUERÍA ESTO! ¡LA MARCA ES LO QUE MÁS DESEABA!
Hubo un silencio afuera, luego murmullos confusos. Pero Lukas dio un paso adelante, con la cara descompuesta por los celos y la rabia:
—¡Te tiene hechizado! ¡Tú no sabes lo que haces! ¡Él es un monstruo, te va a matar!
—No —respondió Kael, abriendo la puerta de golpe y saliendo al claro, poniéndose entre Elias y todos los demás—. El único monstruo aquí es el que miente para quedarse con lo que no es suyo. El único que quiere obligar a un omega a estar con quien él decide.
Y entonces su tía habló, bajito pero para que todos escucharan:
—No hemos venido solo por eso, sobrino. Hemos venido porque encontramos las pruebas de lo que pasó hace diez años. Y no te van a gustar nada.
Kael se quedó helado. Elias le apretó la mano con fuerza, dándole ánimo sin decir nada. Lo que iban a decir cambiaría todo. Y aunque ahora estaban unidos para siempre, la verdad podía romper incluso lo que el vínculo más fuerte había construido.