Desde la pálida cerrazón, en el bajo lomo del cerro a espaldas del convento, nacen y viajan los rayos del sol desde el este, en la punta del Cerro de la Cruz hasta la boca del río Paja, a la orilla de los finos y agrietados escalones del complejo que, entre pedazos verdes de musgo, decoran la vertical y angosta subida desde el muelle del pozo común hasta el jardín del recinto.
El grito mudo del ganado despertó al único varón en el convento. Dormía junto a los muros del saladero en un reducido cuarto del despacho, donde cumplía sus tareas de reposición. No es común matar bichos en el saladero; será que están por celebrar las ventas o a alguno se le pasó de vivo y le dio hambre, imaginó el muchacho.
—Van a comer unos cuantos o para qué tanto despilfarro, qué raro, che.
Mirando al techo de teja roja, movió las piernas de su cama y empezó con su labor. Antes de poder vestirse, los gritos volvieron y hasta escuchó una voz igual a la de un niño. Se tapó los oídos con una gorra de lana y salió con dos bolsas de pasto mezclado para las ovejas. Al llegar, faltaba una; por suerte, la pudo encontrar rápido junto al río. La lana estaba esparcida por la tierra, las piedras, el alambrado y las ramas hasta llegar al agua. La ahorcaron; la lana del cuello estaba quemada y sucia, su lengua y sus ojos se alejaban, salidos de su rostro. No le quedaban patas traseras de tanto arrastrarse. Debió ser torturada por horas, arrastrada con la horca en la garganta. La arrojó al río; su carne ya no servía y usar su lana sería de muy mala suerte.
Volvió al convento y habló con su madre:
—Mataron a otra, seguro son los del saladero. El bosque ya no es lo mismo desde que empezaron a hacer ruido.
—No sé de qué ruido hablas.
—En el cementerio se escucha perfectamente, hacen fiestas por la noche.
—¿Y qué hacías en el cementerio por la noche? Me harás trancar tus puertas de nuevo.
—No podía dormir con todo ese ruido. Aquí el problema son ellos; si no hacemos algo, la tierra va a quedar maldita.
—Ya has leído demasiado, vuelve a tu labor y lee algo productivo; la fantasía te aleja de la realidad, mi niño.
—Pasa algo en ese bosque: ellos lanzan sangre a la cañada, el agua del pozo es negra y grumosa.
—No es sangre, ya lo ha dicho el alcalde. No necesitamos más ese pozo, tenemos agua más que suficiente de las tuberías principales del gobierno.
—Sé muy bien cómo se ve la sangre; ¿cuántas tendrán que morir para que hagamos algo?
—Te he dicho que sigas tu labor. Ve a buscar leña al bosque y no te acerques al cementerio; deja descansar a los muertos.
La boca del muchacho se torció en un remolino y giró la cabeza, cruzando ligero los pasillos. Por las ventanas, desde el claustro, logró ver de forma borrosa a personas reunidas rezando; algunas figuras negras se alargaban sobre las llamas de las velas, enroscándose y temblando como serpientes danzantes en los mosaicos de vidrio ahumado. El imponente patio alberga plantas medicinales y hongos venenosos, además de algún que otro podrido tanjerino y un sinfín de bichos