El Turno de las 3:14
Trabajas en el centro de monitoreo de cámaras de seguridad de un hospital antiguo, en el sótano. Es la madrugada. El silencio ahí abajo es tan denso que puedes escuchar el zumbido eléctrico de las pantallas. Tienes doce monitores frente a ti, la mayoría mostrando pasillos vacíos iluminados por luces parpadeantes.
A las 3:14 AM, la pantalla del piso 4 —el ala psiquiátrica abandonada hace cinco años— se enciende. No debería hacerlo; el sistema está desconectado en esa zona.
En el centro del pasillo oscuro, hay una camilla vieja. Y sobre la camilla, un bulto cubierto por una sábana gris.
Sientes un escalofrío, pero asumes que es un fallo del sistema. De repente, el bulto en la pantalla se mueve. Lentamente, la sábana se desliza hacia el suelo. No hay nadie abajo. Solo la camilla vacía. Te alivias por un segundo, pensando que la sábana simplemente se cayó por el viento.
Entonces, la cámara del pasillo del piso 3 se activa.
La sábana gris está ahí, tirada en medio del pasillo. Pero esta vez, notas algo en el monitor: la cámara parpadea y la sábana aparece dos metros más cerca del lente. Parpadea de nuevo, y está aún más cerca. No hay nadie cargándola; se arrastra por el suelo como un reptil de tela, de manera rápida, espasmódica.
El pánico real te golpea cuando te das cuenta de la lógica de lo que estás viendo: está bajando por el edificio.
A las 3:16 AM, se enciende el monitor del piso 2. La sábana cruza el pasillo a toda velocidad, pegándose al techo como una sombra húmeda.
Intentas levantarte de la silla, pero tus piernas no responden. El miedo te ha clavado al asiento. Quieres llamar a la policía, pero el teléfono de la oficina no tiene tono, solo emite un sonido seco, como el de alguien respirando con dificultad a través de un tubo.
Miras fijamente la pantalla del piso 1, esperando verla pasar por la recepción. Pero esa pantalla se queda en negro.
En su lugar, se enciende la última cámara: la del pasillo del sótano. El pasillo que está justo detrás de tu puerta.
En el monitor, ves la puerta de tu oficina. Y en el suelo, pegada a la madera, está la sábana gris. Comienza a contraerse y a expandirse, como si algo estuviera intentando tomar forma debajo de ella. Una forma humana, pero demasiado alta, con extremidades que se doblan hacia los lados equivocados.
Escuchas un crujido de madera. La puerta de tu oficina empieza a abrirse lentamente.
Aterrorizado, dejas de mirar la puerta y clavas los ojos en la pantalla del monitor para ver qué entra. En la pantalla, ves cómo la puerta se abre por completo. Ves tu propia espalda sentada en la silla. Y ves cómo esa masa gris se desliza silenciosamente, elevándose justo detrás de ti, estirando dos largos brazos de tela hacia tu cuello.
En la pantalla ves que te atrapa. Pero tú, en la silla, aún no sientes nada... porque lo que hay detrás de ti no quiere tocar tu cuerpo.
Quiere que te des la vuelta.