Lo he olvidado.
No se que hago aquí.
¿Dónde es "aquí"?
Mis manos sudan, tengo un tic en el ojo derecho.
Me duele el cuerpo.
Y estoy aterrado.
No soy consciente de que lloro hasta que veo el suelo mojado por mis lágrimas amargas.
Tampoco noto que he estado en silencio hasta que oigo un susurro:
—¡Oye!
Cierro los ojos.
La voz insiste.
—¡Oye, niño!
Silencio.
—Sé que me oyes.
Entre sollozos, respondo:
—Sí te oigo: pero no quiero hablar.
—¿Y por qué no?
—No lo sé.
—¿Estás llorando?
—Eso creo.
—¿Porqué lloras?
—No lo sé.
—¿No sabes nada?
Suelto una risa triste.
—Exacto.
—¿Estas bien?
—Define "bien" —respondo, amargo.
—Bueno; estás vivo.
—¿Es eso cierto?
—Eso creo, sí.
—¿Debería hacerme sentir mejor?
—Quizá.
—¿Quizá...?
—Niño; yo también estoy perdido.
Permanecemos en silencio en la oscuridad.
—¿Qué hacemos?
Ahora es él el que responde.
—No lo sé.