Estoy bebiendo sentado en el suelo de mi cocina, apoyando la espalda en el vidrio del horno. La pierna izquierda estirada, y la derecha retraída contra mi pecho, mi mano cuelga apoyada en mi rodilla, y con la otra mano sostengo un vaso vacío.
¿Qué bebo? No lo sé. No sé por qué estoy bebiendo, ni la razón por la cual el cuerpo me pesa tanto.
Odio la manera en que siento que me drenaron la energía.
Odio sentirme tan débil… los lagrimales surcados por lágrimas ya secas… el rostro dolorido y cansado por contorsionarlo… haciendo muecas y haber llorado.
Mi mano flojea y suelto el vaso sin prestar atención.
Se rompe en mil pedazos. Miro los cristales esparcidos por todos lados con indiferencia. Agarró la botella a mi lado, y bebo directamente de ella.
El líquido quema mi garganta a medida que baja.
Mierda.
Ya no importa. No importa nada. No importa que me convenza de que puedo arreglarlo porque no es verdad.
Carajo.
No; no, no, no, no, no.
No estoy delirando: estoy más cuerdo que nunca.
Es solo… que me siento extrañamente vacío. Como si me faltara una persona a la que abrazar, mimar, alguien al que hablarle y a quién escuchar.
Siento que falta alguien que llene mi vida. Y ahora se siente como si esa persona no existiera.
¿Qué se supone que deba hacer en estos momentos?
No puedo más que Fingir. Fin que no estoy triste, Fingir que no me siento solo a pesar de tener personas a mi alrededor, Fingir que estoy bien y que nada me afecta.
Fingir.
Ya me cansé de hacerlo.
Me cansé de tener que sonreír para no responder a preguntas con un “estoy bien” qué claramente es fingido y forzado. Me cansé de pedir ayuda, me cansé de ser ignorado, de no ser tomado en serio, me cansé de ser yo, y que los demás sean como son.
Me cansé de mi vida. Porque, como dijo Charles Bukowski:
“No era mi día.
Ni mi semana,
ni mi mes,
ni mi año.
Ni mi vida,
¡maldita sea!".
Ya ni siquiera sé por qué hablo solo.
Ahora que ni yo mismo me oigo.
Ahora que Ni yo mismo me entiendo.