Son las seis de la mañana. Britani era una mujer de veinticinco años con grandes aspiraciones de convertirse en escritora, y con el deseo secreto de que su vecino, Fernando, la viera como algo más que una simple vecina. Esa mañana, Britani se levantó, se duchó y salió de su apartamento. Al cruzar la puerta, vio a Fernando y casi se tropieza por ir mirándolo.
Él la saludó amablemente:
—Hola, vecina, buenos días. ¿Cómo está?
Britani, disimulando los nervios, le respondió:
—Bien, gracias, Fernando.
Después del saludo, se dirigió a la cafetería donde trabajaba. Después de todo, las cuentas y el apartamento no se pagaban solos. Mientras atendía, le gustaba observar a las personas en su día a día; eso le daba excelentes ideas para su cuaderno de apuntes literarios.
De repente, un hombre sumamente arrogante entró al local. Britani caminaba distraída y, sin querer, le tiró un vaso de agua encima. El hombre, furioso, la insultó de inmediato:
—¿Qué te pasa? ¿Acaso no miras por dónde diablos caminas?
Ella, apenada, le pidió disculpas e intentó limpiarlo con una servilleta, pero él la empujó bruscamente. Britani, cansada de que los clientes la trataran mal y molesta por la grosería de este hombre, fue a la barra, tomó una jarra de agua y se la vació completa encima.
—¡¿Pero qué te pasa?! —le gritó él, empapado.
Britani lo miró con descaro, se quitó el delantal y le dijo:
—Ups, lo siento mucho, señor.
Acto seguido, miró a su supervisor y sentenció:
—Renuncio.
Molesta y decidida, salió de la cafetería. El hombre, impactado por el carácter de aquella mujer, intentó alcanzarla, pero ella ya había desaparecido entre la multitud. Britani compró un periódico y regresó a su casa para buscar empleo en los anuncios clasificados. Para pasar el trago amargo, se consintió comiendo un helado. Las horas pasaron volando y, al caer la noche, se duchó y se fue a dormir.
Al día siguiente, al despertar, Britani se dio cuenta de un gran error: no había programado la alarma. ¡Era tardísimo! Se duchó a las carreras, se alistó y salió corriendo hacia la gran empresa donde tenía una entrevista de trabajo.
Al bajar del ascensor, iba tan de prisa que tropezó fuertemente. Justo en ese momento, Daniel Méndez salía de su oficina corporativa. Para no caerse, Britani se aferró de lo primero que encontró: la camisa de Daniel. El tirón fue tan fuerte que le arrancó los botones y le hizo un pequeño rasguño en el pecho.
Britani sintió que se moría de la vergüenza. Daniel, al verla completamente roja, intentó levantarla y le dijo con calma:
—Tranquila, fue solo un accidente. Pase a mi oficina.
Una vez adentro, ella no se atrevía a mirarlo a la cara:
—Lo siento mucho, señor, de verdad.
Daniel, cambiando su tono a uno más frío y calculador, le respondió:
—¿Lo siente? No lo creo. Parece que está acostumbrada a hacer este tipo de numeritos, señorita.
Al escuchar su arrogancia, Britani reconoció al instante que este hombre era el mismo tipo insoportable de la cafetería. Indignada, le dijo:
—Pues no, fue un accidente. ¿Y sabe qué? Mejor renuncio, no quiero el puesto.
Daniel arqueó una ceja, sorprendido:
—Espera un momento, ¿qué dijiste?
—Así como lo oye, renuncio antes de empezar. Además, ¿quién va a querer trabajar con alguien como usted? Es un arrogante, mala sangre, que cree que puede intimidar a todos con la mirada.
Daniel se levantó de su silla, furioso por el insulto, y le arrojó un documento sobre el escritorio:
—Lee el contrato que firmaste al postularte.
Britani tomó la hoja y leyó la siguiente cláusula en voz alta:
Cláusula de rescisión inmediata: En caso de que la empleada decida abandonar sus labores o presentar su renuncia antes de cumplir el periodo mínimo de un año, se verá obligada a indemnizar a la empresa con una suma de diez mil dólares por daños, perjuicios e irresponsabilidad laboral. De no contar con los fondos, el caso pasará directamente a las autoridades judiciales.
A Britani se le desencajó la mandíbula. Daniel, con una sonrisa de victoria, le preguntó:
—¿Todavía estás dispuesta a renunciar?
Ella, tragándose el orgullo, dejó el papel en la mesa y respondió:
—Puedo con esto.
—Perfecto. Anda y búscame un café ahora mismo. Que no esté muy caliente, tampoco frío y, por supuesto, sin azúcar —ordenó Daniel.
Ella se marchó sin decir palabra. Daniel se quedó en su escritorio, sonriendo para sus adentros; planeaba hacerle pagar la humillación de la cafetería.
Al salir a la recepción, Britani se topó con una mujer muy elegante y altiva. La mujer la miró de arriba abajo y le dijo:
—Hola. Me dijeron que eres la nueva secretaria de Daniel, ¿es cierto?
—Por desgracia —susurró Britani entre dientes.
—¿Qué dijiste?
—Nada... Sí, soy yo. ¿Por qué?
La mujer se le acercó de forma amenazante:
—Bueno, para que sepas tu lugar: Daniel es mío y de nadie más. Espero que no andes de coqueta con mi hombre. Estás advertida.
Britani no pudo evitar soltar una carcajada:
—Ya veo por qué son tal para cual. Quédese tranquila, su hombre está seguro conmigo, no me interesa en lo absoluto.
Riendo con ironía, entró de nuevo a la oficina de su jefe, recuperó la seriedad y le entregó la taza:
—Tome, aquí está su café.
Daniel la miró con severidad:
—De ahora en adelante, me llamará señor Méndez.
—Está bien, señor Méndez —respondió ella con sarcasmo.
Durante la tarde, Britani revisó una enorme pila de documentos. El esfuerzo hizo que le empezara a dar un dolor de cabeza insoportable y comenzó a sentirse muy mal. Al dar la hora de salida, entró al despacho de su jefe:
—Ya es hora de retirarme, señor Méndez.
Daniel levantó la vista de sus papeles:
—No. Vamos a mi casa, me cambiaré de ropa y luego tendremos una reunión de trabajo para revisar esos informes.
Britani, atada por el contrato, no pudo negarse. Se tomó un analgésico para el dolor, pero al salir del edificio el malestar empeoró; se mareó tanto que perdió el equilibrio y tuvo que sostenerse del brazo de Daniel.
Él la miró, extrañado:
—¿Qué te pasa?
—Nada, estoy bien —mintió ella.
Se subieron al auto de Daniel. En el trayecto, el teléfono de Britani vibró; era una llamada perdida de Fernando, su vecino. Ella, emocionada por el interés del chico, le devolvió la llamada de inmediato:
—¡Hola, Fernando! ¿Cómo estás? Vi que me llamaste, ¿necesitas algo?
Hablaba con una sonrisa enorme, ignorando por completo a su jefe. Daniel, inexplicablemente molesto y celoso, le arrebató el teléfono de las manos y cortó la comunicación.
—Cero teléfonos personales en horario de trabajo —sentenció con frialdad.
—¿Por qué es tan amargado? —reclamó ella, furiosa—. ¿Acaso es casado?
Daniel, incómodo por el cuestionamiento, respondió seco:
—No.
—Claro, ¿quién se va a querer casar con alguien como usted?
Daniel clavó los frenos del auto, haciendo chirriar las llantas, y la miró con furia:
—Bájate de mi auto.
Britani, al ver la carretera oscura, se asustó:
—¿Qué? No, espere, era una broma. Me va a costar muchísimo regresar a mi casa desde aquí, de verdad no me haga esto.
Daniel suspiró, tratando de calmarse:
—Está bien, pero cierra la boca.
—De acuerdo... Pero, por favor, apague el aire acondicionado, tengo muchísimo frío —pidió ella, temblando.
Al llegar a la mansión de Daniel, él se bajó, pero notó que Britani no se movía del asiento. Le abrió la puerta con brusquedad:
—¿Piensas quedarte a dormir en el carro?
Como ella no respondía y tenía los ojos entreabiertos, Daniel le tomó el rostro con las manos. Su piel estaba ardiendo. No era frío por el aire acondicionado; tenía una fiebre altísima debido al malestar que venía arrastrando.
—Lo que me faltaba —rezongó Daniel, preocupado.
La cargó en sus brazos, la llevó hasta su habitación principal y, al ver que estaba casi inconsciente, no tuvo más remedio que meterla a la bañera con ropa y todo bajo el agua templada para bajarle la temperatura. Cuando la fiebre cedió, Daniel la sacó de la ducha y llamó a una de las señoras del personal de mantenimiento para que le quitara la ropa mojada y la vistiera con algo cómodo. La señora la cambió y le puso una camisa limpia de Daniel que le quedaba como un vestido.
Daniel regresó a la habitación, la miró descansar y pensó: "Es la única forma de verla tierna". Salió corriendo a la farmacia a comprar medicamentos y, al volver, le dio una pastilla para la fiebre. Decidió acostarse a su lado toda la noche, vigilando su frente para asegurarse de que la temperatura no volviera a subir.
A la mañana siguiente, Britani abrió los ojos. Al darse cuenta de que estaba en una cama desconocida, sin su ropa y vistiendo únicamente una camisa de hombre, entró en pánico. Salió de la habitación, bajó las escaleras corriendo y encontró a Daniel en la sala.
—¡¿Qué me hizo?! —le gritó encendida en furia—. ¿Qué pasó anoche? ¡Ay no, por Dios! ¿Me acosté con usted? ¿Qué hicimos?
Daniel se le acercó lentamente y, aguantando las ganas de reírse de su desesperación, decidió molestarla un poco:
—Hicimos muchas cosas... Debo admitir que eres impresionante.
A Britani se le llenaron los ojos de lágrimas y se cubrió el rostro:
—¿Entonces mi primera vez fue con usted? Esos malditos analgésicos me nublaron la mente... No puede ser...
Daniel, al verla llorar de verdad y escuchar que era su primera vez, borró su sonrisa burlona y se sorprendió:
—¿De verdad eras señorita?
Britani, indignada y avergonzada, agarró un cojín del sofá y se lo lanzó con fuerza:
—¡Pues sí!
Salió corriendo al piso de arriba para buscar su ropa y cambiarse. Daniel la siguió de inmediato. Cuando ella abrió la puerta de la habitación, todavía con la cara roja por el llanto, Daniel la tomó de los hombros y le aclaró todo con seriedad:
—Britani, detente. Ayer tenías una fiebre terrible. Fui yo quien te metió a la ducha para salvarte, pero fue la señora de mantenimiento quien te cambió la ropa, yo no te toqué. No me inspiras ni en mis pensamientos, ¿cómo puedes creer que querría estar con alguien como tú? —añadió, intentando recuperar su postura arrogante.
Britani sintió un gran alivio, aunque el ego le dolió un poco por el desplante. Se limpió las lágrimas y le respondió:
—Me alegro mucho. Así podré entregarme al verdadero amor de mi vida y no a usted.
Cuando Britani intentó cruzar la puerta para irse a su casa, Daniel la detuvo en la entrada:
—Vamos a desayunar.
—No, gracias, me voy a mi casa.
—No puedes. Hoy tenemos que trabajar aquí en la casa.
—¿Cómo que trabajar? ¡Si es fin de semana! De verdad usted es un caso serio, señor Méndez.
Mientras preparaban las cosas para trabajar, Britani caminó hacia el jardín y vio a Daniel nadando en la piscina; tuvo que admitir para sus adentros que el hombre era sumamente sexy. Él salió del agua y se acercó a ella para tomar una toalla. Los nervios hicieron que a Britani se le cayera el bolso, desparramando todo en el suelo, incluyendo su libreta de apuntes.
Daniel la recogió y comenzó a hojearla.
—¿Eres escritora? —preguntó, sorprendido por la calidad de los textos.
—Sí... bueno, estoy trabajando en mi novela —confesó ella, apenada—. He intentado que una editorial me contrate, pero es casi imposible. Somos demasiados escritores para tan pocas oportunidades.
Daniel la miró fijamente, conmovido por su pasión:
—Yo te voy a ayudar. Te conseguiré una entrevista con el mejor editor de México.
A Britani se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas, pero esta vez de felicidad:
—¿Sería capaz de hacer eso por mí?
Él asintió con la cabeza. Presa de la emoción, Britani olvidó sus peleas y lo abrazó con fuerza:
—Gracias, de verdad gracias.
A partir de ese abrazo, algo cambió en el corazón de Daniel.
Transcurrieron los meses y la historia dio un vuelco total. Pasaron seis meses en los que, gracias al apoyo de Daniel, Britani se convirtió en una escritora reconocida y exitosa. Sin embargo, ella decidió seguir trabajando como su secretaria para estar cerca de él, ya que se había enamorado perdidamente de su jefe. El vecino Fernando ya era cosa del pasado; Britani solo tenía ojos para Daniel Méndez.
Una tarde, mientras organizaba los papeles en su escritorio, Britani abrió un sobre formal. Era una propuesta de una de las editoriales más grandes del mundo: querían contratarla, pero con la condición de mudarse inmediatamente a otro país.
Su corazón se debatió en un dilema. No quería dejar a Daniel, aunque él jamás le había confesado que la amaba. Decidida a ver su reacción, entró a su despacho y le mostró la carta:
—Mira, Daniel... Me enviaron esto. Quieren que me vaya del país para firmar con esta editorial.
Al leer el documento, Daniel sintió que el mundo se le derrumbaba. Estaba destrozado por dentro, pero su orgullo y el deseo de verla triunfar lo hicieron ocultar su dolor. Mantuvo una expresión fría, la felicitó con cortesía y, acto seguido, sacó el contrato de exclusividad laboral que los unía, lo rompió en mil pedazos y le dijo:
—Ya eres libre. Puedes irte.
Britani sintió una puñalada en el pecho. Ella no seguía ahí por obligación del contrato, sino porque lo amaba con toda su alma. Al ver que a él no le importaba su partida, guardó sus cosas, se fue a su casa a comer helado y lloró hasta quedarse sin fuerzas.
Al día siguiente, con el corazón hecho pedazos pero decidida a cumplir su sueño profesional, armó sus maletas y se dirigió al aeropuerto. Mientras esperaba en la sala de embarque, las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas al pensar en Daniel.
De repente, entre el bullicio de la gente, escuchó una voz conocida que gritaba su nombre desesperadamente. Britani volteó y vio a Daniel corriendo hacia ella, completamente agitado y con la corbata deshecha.
—¡Daniel! ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, en shock.
Él la tomó firmemente por los brazos, con los ojos brillando de emoción:
—No te puedes ir, Britani. Por favor, no me dejes.
—¿Por qué me pides esto? Tú mismo rompiste el contrato... Es obvio que no sientes nada por mí.
Daniel la miró con una intensidad que le caló los huesos y le confesó la verdad:
—Rompí el contrato porque te amo demasiado y no quería ser el obstáculo que te impidiera cumplir tus sueños. Pero no puedo vivir sin ti, Britani. Por favor, quédate conmigo.
Britani dejó caer las maletas al suelo. Una sonrisa enorme iluminó su rostro y lo abrazó con todas sus fuerzas:
—¡Yo también te amo, Daniel! Me quedo contigo.
Daniel sonrió, la tomó por la cintura y la besó con una pasión desbordante frente a todas las personas del aeropuerto. Y así, Britani no solo logró convertirse en la escritora exitosa que siempre soñó, sino que también se quedó con el amor de su vida, comenzando una historia feliz que apenas empezaba.
FIN