Dicen que los monstruos no existen.
Valentina Russo dejó de creer eso la noche en que conoció a Nicolás De Luca.
Era el heredero de una de las familias mafiosas más poderosas del país.
Frío.
Inteligente.
Peligroso.
Y exactamente el tipo de persona de la que debía mantenerse alejada.
La primera vez que sus miradas se cruzaron fue durante una subasta clandestina.
Nicolás no sonrió.
No dijo una palabra.
Pero Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Había algo en él.
Algo oscuro.
Algo capaz de arrastrarla al desastre.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de secretos, persecuciones y amenazas.
Cada vez que creía haber escapado de aquel mundo, Nicolás aparecía de nuevo.
Como una tormenta imposible de detener.
Mientras la ciudad se preparaba para una guerra entre mafias, Valentina descubrió que alguien había puesto precio a su cabeza.
Y que Nicolás era la única persona capaz de mantenerla con vida.
O de destruirla.
Aquella noche, bajo las luces de la ciudad, él la observó en silencio.
—Deberías huir.
Pero Valentina ya sabía la verdad.
No le aterraba la guerra.
No le aterraban los criminales.
Lo que realmente le daba miedo era la forma en que su corazón aceleraba cada vez que Nicolás estaba cerca.
Porque algunas personas son un peligro.
Y otras se convierten en una adicción.