Aquí empieza la primera parte:
La lluvia golpeaba los ventanales de la torre empresarial con una insistencia casi molesta. Desde el piso treinta y dos, la ciudad parecía un mar de luces borrosas y calles húmedas donde las personas corrían buscando refugio. Dentro de la oficina, el silencio era elegante, frío… demasiado ordenado.
Ares levantó la mirada del documento que tenía frente a él.
Frunció el ceño.
Había vuelto a percibirlo.
Ese aroma.
Su olfato era demasiado sensible incluso para un alfa dominante, y aquel perfume suave de vainilla con flores nocturnas había comenzado a perseguirlo durante las últimas dos semanas por los pasillos de la empresa.
No sabía quién era.
Y eso lo irritaba.
Porque nunca algo había conseguido distraerlo.
Nunca.
La puerta de la oficina se abrió.
—Señor Ares, traje los documentos que pidió.
Una voz tranquila.
Suave.
El aire se congeló.
No.
No el aire.
Él.
Los ojos grises de Ares se levantaron lentamente.
Y lo vio.
Cabello oscuro cayendo sobre los hombros, piel clara, ojos grandes y tranquilos que observaban sin miedo alguno. Vestía ropa sencilla, una camisa blanca y una identificación colgando del cuello.
Nuevo.
Debía ser nuevo.
Y entonces lo golpeó.
El aroma.
Vainilla.
Flores nocturnas.
Era él.
El corazón de Ares dio un golpe seco en su pecho.
Otro.
Y otro.
Por primera vez en años sintió algo parecido a perder el control.
El omega frente a él dejó los documentos sobre el escritorio sin notar nada extraño.
—¿Necesita algo más?
Ares lo miró fijamente.
Demasiado fijamente.
El chico parpadeó.
—¿Señor?
—Tu nombre.
Silencio.
—¿Perdón?
—Tu nombre.
—E-Eli.
Ares repitió el nombre en voz baja.
Como si probara una palabra desconocida.
—Eli...
El omega sintió un extraño escalofrío recorrerle la espalda.
No entendía por qué.
Era la primera vez que hablaba con el director ejecutivo de la empresa, y los rumores sobre él eran suficientes para asustar a cualquiera.
Frío.
Distante.
Inalcanzable.
Decían que jamás sonreía.
Decían que rechazaba reuniones sociales.
Decían que incluso otros alfas evitaban enfrentarlo.
Pero Eli no veía a un monstruo frente a él.
Solo veía a un hombre que lo observaba demasiado.
Y era extraño.
Muy extraño.
—Bueno... si no necesita algo más...
Ares tardó unos segundos en reaccionar.
—Espera.
Eli se giró nuevamente.
—Sí.
Silencio.
Ares lo miró.
No sabía por qué lo había detenido.
No tenía ninguna razón.
Ninguna lógica.
Ninguna explicación.
Entonces habló:
—La lluvia está empeorando.
Eli miró la ventana.
—Sí...
—Te llevaré a casa.
El omega abrió los ojos.
—¿Qué?
Ahora el confundido era él.
Porque según lo que había escuchado, Ares ni siquiera acompañaba a socios importantes.
Y ahora estaba ofreciendo llevar a un empleado nuevo.
Ares también parecía darse cuenta de lo extraño que había sonado.
Pero ya era tarde.
Las palabras habían salido.
Eli sonrió apenas.
Y aquella pequeña sonrisa terminó de destruir la poca calma que quedaba dentro de Ares.
Porque era bonita.
Demasiado bonita.
Y por alguna razón sintió algo peligroso crecer dentro de su pecho.
Algo que jamás había sentido.
Algo que lo asustó.
La necesidad de volver a verla.
Aunque solo hubiera sido por unos segundos.
Aunque ni siquiera entendiera por qué.
Porque sin saberlo...
acababa de encontrar a la persona que cambiaría su vida por completo.
Y todavía ninguno de los dos estaba preparado para eso.
Eli lo observó unos segundos sin responder. Afuera la lluvia seguía golpeando los ventanales y los relámpagos iluminaban la oficina por instantes, dibujando sombras sobre el rostro serio de Ares.
—No hace falta, señor —dijo con una sonrisa amable—. Puedo tomar un taxi.
Ares entrecerró los ojos.
Nadie lo rechazaba.
No era una cuestión de orgullo; simplemente estaba tan acostumbrado a que las personas aceptaran inmediatamente cualquier cosa que dijera, que aquella respuesta lo tomó por sorpresa.
Eli acomodó unos papeles entre sus brazos.
—Entonces me retiro.
Dio un paso.
—Eli.
Dos pasos.
—Eli.
El omega volvió a girarse.
—¿Sí?
Ares sostuvo su mirada durante unos segundos.
—No era una pregunta.
Silencio.
Silencio absoluto.
Luego Eli soltó una pequeña risa.
Una risa suave.
Y Ares sintió algo extraño dentro del pecho.
Porque no se estaba burlando.
No era una risa incómoda.
Simplemente parecía divertido.
—¿Siempre habla así? —preguntó Eli.
Ares parpadeó.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera dando órdenes a un ejército.
El alfa se quedó inmóvil.
Nadie.
Absolutamente nadie se había atrevido a decirle algo así.
Y sin embargo...
Eli estaba ahí, mirándolo con total tranquilidad.
Ares debería haberse molestado.
Debería haberlo encontrado irrespetuoso.
Pero una parte de él quería seguir escuchándolo hablar.
—Baja conmigo —dijo finalmente.
Eli lo miró unos segundos y luego suspiró.
—Está bien.
El ascensor descendió lentamente.
El silencio entre ambos era extraño.
No incómodo.
Solo extraño.
Eli observaba los números cambiar sobre la pantalla mientras Ares lo miraba de reojo.
Lo estudiaba.
Sus manos pequeñas sujetando los documentos.
El movimiento lento de sus pestañas al parpadear.
La manera en que acomodaba distraídamente un mechón de cabello detrás de la oreja.
Detalles insignificantes.
Detalles que normalmente jamás habría notado.
—¿Por qué me mira tanto?
Ares apartó la vista.
Lo habían descubierto.
—No te miro.
—Sí me mira.
—No.
—Sí.
—No.
Eli sonrió.
Y otra vez.
Otra vez esa sensación.
El corazón de Ares golpeó con fuerza.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos caminaron hacia el estacionamiento subterráneo.
Eli se detuvo de pronto.
Sus ojos se abrieron un poco.
Frente a ellos había un automóvil negro elegante que probablemente costaba más de lo que él ganaría en varios años.
—¿Ese auto es suyo?
—Sí.
—...
—¿Qué?
—Tengo miedo de tocarlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Ares sintió una ligera curva aparecer en la esquina de sus labios.
Una sonrisa.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero una sonrisa al fin.
Eli lo vio.
Y se quedó inmóvil.
Porque los rumores estaban equivocados.
Muy equivocados.
Ares sí sabía sonreír.
Y por alguna razón...
se veía demasiado bien haciéndolo.
Mientras tanto, Ares abrió la puerta para que entrara.
Pero justo cuando Eli iba a subir, un aroma extraño apareció en el ambiente.
Un olor dulce.
Demasiado dulce.
El cuerpo de Ares se tensó al instante.
Sus ojos se oscurecieron.
No.
No podía ser.
Miró a Eli.
Y el omega parecía confundido.
—¿Pasa algo?
Ares lo entendió inmediatamente.
Su expresión cambió.
Porque aquel aroma...
No era perfume.
Era Eli.
Y acababa de percibirlo con una intensidad mucho más fuerte.
Su instinto alfa reaccionó antes que su razón.
Un solo pensamiento atravesó su mente:
"Peligro."
Porque si lo que estaba imaginando era cierto...
Entonces Eli estaba entrando en celo.
Y estaban completamente solos.
Ares sintió cómo todo su cuerpo se tensaba durante un instante.
Pero algo dentro de él fue más fuerte que el impulso de actuar por instinto.
La preocupación.
Eli seguía mirándolo confundido.
—¿Qué ocurre?
Ares abrió la puerta del automóvil y habló con una voz firme:
—Entra.
—¿Eh?
—Ahora.
Eli obedeció, todavía sin entender qué estaba pasando.
Durante todo el camino la lluvia siguió cayendo con fuerza sobre las ventanas del vehículo. Las luces de la ciudad cruzaban rápidamente frente a ellos, iluminando por segundos los rostros silenciosos de ambos.
Eli miró de reojo a Ares.
Algo estaba diferente.
Sus manos seguían sujetando el volante con calma, pero su mirada parecía más seria que antes.
—¿Hice algo malo? —preguntó en voz baja.
Ares giró lentamente hacia él.
Y por primera vez desde que lo conoció, la expresión fría desapareció completamente.
—No.
Eli parpadeó.
—Entonces, ¿por qué parece preocupado?
Silencio.
Ares nunca había sido bueno hablando de sentimientos.
Negocios, contratos, estrategias, números...
Eso era sencillo.
Pero aquello...
Aquello era otra cosa.
—Porque no estoy acostumbrado a preocuparme por alguien.
Eli abrió ligeramente los ojos.
Y por un momento pareció olvidar respirar.
La lluvia seguía sonando afuera.
El mundo seguía moviéndose.
Pero dentro del automóvil parecía que todo se había detenido.
—¿Alguien...? —preguntó Eli despacio.
Ares lo observó.
Directamente.
Sin apartar la vista.
—Tú.
Eli sintió su corazón acelerarse.
Porque no había arrogancia en esas palabras.
No había órdenes.
No había frialdad.
Solo sinceridad.
Y eso era mucho más fuerte.
Pasaron varios días después de aquella noche.
Y luego semanas.
Las personas dentro de la empresa comenzaron a notar cosas extrañas.
El director ejecutivo ya no parecía tan distante.
A veces se detenía en ciertos pisos sin razón aparente.
A veces preguntaba dónde estaba Eli.
A veces incluso... sonreía.
Y aquello era casi un milagro.
Pero Eli también había cambiado.
Porque sin darse cuenta comenzó a buscar a Ares entre los pasillos.
Esperaba verlo salir de reuniones.
Esperaba escucharlo llamarlo por su nombre.
Esperaba esas conversaciones pequeñas que antes parecían insignificantes.
Hasta que una tarde lo entendió.
Lo entendió todo.
Porque mientras miraba la lluvia caer desde la ventana de la empresa, una voz habló detrás de él.
—Te encontré.
Eli sonrió antes incluso de girarse.
Porque ya reconocía esa voz.
—Solo fui por café.
Ares se acercó lentamente.
—Tardaste ocho minutos.
—¿Contaste el tiempo?
Silencio.
—...Tal vez.
Eli soltó una pequeña risa.
Luego lo observó.
Lo observó de verdad.
Y se dio cuenta de algo.
El hombre que todos describían como frío, distante e imposible de entender...
lo estaba mirando como si él fuera algo importante.
Como si entre millones de personas lo hubiera encontrado precisamente a él.
Y Eli sonrió otra vez.
Porque quizá el destino era extraño.
Quizá era impredecible.
Quizá aparecía en los momentos menos esperados.
A veces bajo un cielo despejado.
Y a veces...
bajo una lluvia interminable.
Fin.