Observó la nieve caer desde la ventana mientras la tarde moría. Creyó que este año sería distinto, pero parecía que, otra vez, la suerte le jugaba en contra y él iba a romper una promesa, esa que le había hecho una semana antes entre reclamos y sollozos. ¿Otra vez tenía que pasarla sola? Otra vez su casa parecía enorme y vacía. Revisó su celular, ni siquiera había visto los mensajes que había enviado. Nada de lo que había pasado sirvió para hacerlo cumplir; hacerlo preferirla antes que a su trabajo.
No quiso pensar más, encendió las luces del árbol de Navidad, se puso sus mejores ropas, se maquilló, se recogió el cabello rizado. Volvió al comedor y puso la mesa con meticulosa dedicación. Dos platos, dos copas, dos juegos de cubiertos, un par de velas, una botella de vino, su favorito. Terminó de cocinar la cena, tomó unos segundos para revisar los mensajes, ni uno de Denis, ni siquiera los tildes azules. Dejó el celular con un resoplido, sirvió la cena y se sentó a comer en completo silencio, quitando el ruido constante de sus propios pensamientos agolpándose a en su cabeza, los recuerdos que, en otras ocasiones, la habrían hecho llorar, pero en aquella Nochebuena no iba a dejar que la tristeza invadiera la casa ni arruinara el maquillaje que había hecho con tanta dedicación, aunque sea para salir en fotos sola. Cenó tomándose su tiempo para saborear tanto la comida, como el vino.
Cuando su plato estuvo completamente vacío, no hizo ademán de levantarse, simplemente se dedicó a dejar el tiempo pasar observando cómo la cera de las velas que decoraban su mesa se derretía en gotas que se deslizaban lentamente. Abigail cerró los ojos unos segundos, escuchando el remolino de pensamientos que no la habían dejado sola ni un instante. El tictac del reloj colándose en su cerebro lentamente la hizo levantar la mirada al reloj de la pared, quedaba poco para que en el resto de las casas levantaran las copas para brindar, se abrazasen con cariño y dieran paso a los regalos. Entonces, decidió levantarse por fin. Alisó su vestido mientras caminaba hacia el árbol, miró las luces encenderse de forma intermitente, en distintos patrones y colores, debajo, una pequeña caja envuelta con papel de regalo. ¿Para qué había preparado con tanto detalle todo? ¿Para qué había cancelado planes? Se sintió tonta. Invirtió demasiado tiempo y esfuerzo en alguien que no iba a llegar. El cuerpo empezó a temblarle ligeramente, los ojos se le llenaron con lágrimas que no quería derramar, se aferró a los volados de su vestid como si fuera una niña pequeña decepcionada. ¿Acaso no era eso? Tal vez no una niña pequeña, pero sí la habían decepcionado una vez más. De nuevo tenía que aguantar el amargo sabor que dejaba la ruptura de una promesa. Sintió en el pecho ese hueco que deja la partida de alguien que ni siquiera se despidió.
De repente, sintió una suave caricia que se transformó en un ligero agarre en su cintura. Pegó un respingo, girándose hacia esas manos que la sostenían, no llegó a ver quien era, sobre sus labios se posaron unos que conocía perfectamente. El perfume que la envolvió desveló el misterio al instante, ella misma lo había comprado hacía unos meses para regalárselo. Cuando se separó, sus ojos avellana se encontraron con aquellos ojos oscuros que tanto adoraba. Denis le sonrió recordándole que le había prometido estar allí, en esa noche especial. La alarma en el celular de él empezó a sonar marcando las doce, había llegado justo a tiempo. Volvió a besarla, desvaneciendo absolutamente todos los pensamientos que invadían la cabeza de Abigail hasta ese momento, ya nada le importaba si estaba entre sus brazos, él era su regalo esa noche de Navidad. Los fuegos artificiales fuera, las voces de las familias que salían a verlo o a encenderlos, las risas infantiles recibiendo sus juguetes o jugando ya con ellos, todo era ahora adorno de aquel instante que creía un sueño. Era su deseo cumplido.