Una noche de abril cuando todos presenciaban una lluvia de estrellas yo vagaba sola por la ciudad de Nueva York, no recordaba donde vivía, ni quien era, ni a donde iba. Solo recuerdo haberte visto, ibas vestido todo de negro, con una capucha puesta, y lentes de sol pese a que era de noche, recuerdo que pensé que me ibas a robar o algo peor pero no fue así.
—Mara.— dijiste y tú voz se me hizo conocida.— Santo cielos llevamos toda la noche buscándote.— te me acercarte con toda la confianza del mundo pero yo retrocedí asustada.
—¿Quien... Quien eres tú?.
Te quitaste los lentes y vi tus ojos, parecías tener ojeras bajo ellos. Por la oscuridad se veían negros pero yo supe que no eran de ese color casi como si una voz en mi cabeza me lo asegurase. Susurrandome al oído que antes ya los había visto, que antes ya te había visto.
—Nate, tú...— comenzaste pero sacudiste la cabeza.— Soy tú amigo ¿No te acuerdas de mí?.— tú voz sonó preocupada y tus facciones se arrugaron.
—No...
—Bueno soy Nate tú mejor amigo.— comenzaste sacando tú teléfono y comenzaste a teclear rápido en el.
Una punzada de dolor recorrió mi cabeza y me hizo cerrar los ojos con fuerza.
—¿Que me paso Nate?.— recuerdo que te pregunte y tú sonreiste con tristeza.
—No lo se.— la tristeza plantada en tu voz.— Tú familia y yo te estábamos buscando porque desapareciste ayer por la noche, creíamos que te habías escapado como muchas otras veces pero siempre vuelves, siempre y esta vez no lo hiciste.— te acercarte un paso y esta vez no retrocedí quería escuchar más, aunque me estuvieras mintiendo, quería sentirme a salvo.— La policía dijo que no haría nada porque llevabas muy poco tiempo sin aparecer.
—Tengo miedo.— recuerdo que susurré.
—No tienes porque.— sonreiste aunque parecías a punto de ponerte a llorar.— ¿Estas bien?.— me preguntaste.
—No lo se.— mire mis brazos y estaban llenos de barro.
—¿Puedo acercarme?.— me tratabas como si fuera un animalito asustado que saldría corriendo si hacias un movimiento brusco.
—Sí.— susurré y yo misma me acerque.
El abrazo que me diste fue suave como si temieras hacerme daño.
—Te quiero, Mara.— besaste mi frente.— Siempre te voy a querer pase lo que pase.— yo no entendía que pasaba pero lo sentí como una despedida y yo no me quería quedar sola eras la única persona cerca hasta que escuche otra voz, esta vez femenina.
—¿Hija?.— el dolor fue punzante y fuerte sentí que me desmayaría pero no fue así.
Esa voz es de mi madre, pensé. Solté a Nate y corrí hacia ella.
—Mami.— la abracé y rompí a llorar.
—Mi amor ¿Estas bien? Nos tenías a todos preocupados.— ella me abrazo de vuelta y de la mano me llevo a un carro donde un señor (Papá) me esperaba antes de subirme me volví hacia ti y ya no estabas.
Hoy un año más tarde quiero decirte que si te recordé, que sea donde estés ahora, espero que seas feliz y que sepas que yo también te querré para siempre pase lo que pase, te voy a querer. Porque somos uno, porque somos infinito, porque lo fuimos y no te olvidaré.
Porque una noche de abril cuando todos presenciaban una lluvia de estrellas yo te recordé.
Atte: Mara Roberts.