Incluso en esta soledad eterna que dejó tu ausencia, te imagino aquí conmigo.
Recuerdo hasta lo más mínimo de ti:
tus ojos, que parecían brillar cada vez que me mirabas, esa sonrisa tan preciosa que hacía latir mi corazón.
Recuerdo los pendientes que llevabas el día en que te despediste de mí, antes de dar tu último aliento… diciéndome que me amabas más que a nada en el mundo.
Y entonces, ahora, te apareces junto a mí con esa misma sonrisa.
Tocas delicadamente mi mejilla, sin apartar la mirada, con esos ojos aún brillando.
Y yo… yo no hago nada.
Porque sé que, si intento alcanzarte, desaparecerás.
Y me arrastrarás de vuelta a esta cruda y cruel realidad sin ti.
Sin el suave aroma de tu perfume,
sin la calidez de tus manos cada vez que me acariciabas.
Desafortunadamente, mi pecado es amarte y extrañarte tanto… porque siempre caigo en la necesidad de tocarte,
de abrazarte.
Y es ahí… cuando desapareces de mi vista,
dejándome solo, otra vez, en la realidad.