En un valle desolado, vacío, camino sin rumbo fijo.
El lugar parece infinito; llevo tanto tiempo avanzando que ya no recuerdo cuándo empecé, ni si existe una salida.
A veces me detengo.
Rozo con las yemas de mis dedos el pastizal, como si necesitara asegurarme de que sigue ahí, de que todo es real.
La brisa suave choca contra mí, y cierro los ojos para sentirla mejor… como si en ese instante no existiera nada más.
Algunas veces —pocas— me duermo.
Y entonces comienza ese extraño sueño.
Siempre el mismo cuarto. Blanco. Demasiado blanco.
Un blanco que incomoda.
El aire huele a medicamentos y desinfectante.
Estoy acostada en una cama, conectada a aparatos.
Un pitido constante suena a mi lado, marcando algo que apenas comprendo.
Mis manos delgadas, pálidas.
Y entonces llega.
Ese dolor punzante, insoportable, que me atraviesa y me deja sin aliento.
Todo termina cuando alguien se acerca.
Tal vez un médico.
Siento una aguja en mi mano y después, oscuridad.
Y regreso.
Al mismo valle.
Donde sigo caminando…
donde puedo respirar…
donde no hay dolor.