Oh, amor mío,
dime qué es lo que he de perecer para que entiendas. No soy alguien perfecto, y eso ya lo has visto. Como si fuera destino, nos encontramos y nos fundimos el uno en el otro: dos seres repletos de silencios. Y es que, en todos estos años, eso es lo que encuentro.
Insignificantes, cobardes… que, aunque benditos, nunca hemos de juntarnos del todo.
Y aquí estoy, atrapada en esta pequeña distancia que conservo. Por momentos no sé si me estoy librando de ti, del mundo, o quizá de eso que aún no sé qué soy. En ese muro invisible viven las miles de cosas que sin duda jamás diremos, esparcidas en el aire hasta que, en algún momento, desaparezcan.
Sé que intentamos negarlo de todas las formas posibles. No hemos sido justos, aunque lo intentemos. Y quizá, aunque me equivoque, quiero por fin confesar aquello que, con miles de peros y otras personas, he tratado de llenar.
Lo que tal vez dije con crueldad… no era más que una mentira amarga.
No fue solo cosa de infancia. Mis sentimientos fueron reales. Y aunque tal vez, por fin, después de mucho, nos encontremos resignados pensando en el final, en que fracasamos en aquel amor que no tenía remedio, o que no fuimos lo suficientemente valientes para salvar, al menos quiero dejar claro que no fue un juego, que no fuimos solo niños.
Al menos, no para mí.
Porque me he encontrado ahí muchas veces, y no quiero fingir que no fue nada. Para mí, en algún punto, fue todo: un mundo al que jamás regresaría. Aquel que, aunque reprimido, seguía latiendo, traicionero, con cada recuerdo, con cada mirada… con esos ojos que jamás se apartan de mi alma.
Te fundiste en ella, y nunca tuviste intención de marcharte.
Ahora sé que estamos rehaciendo nuestras vidas. A veces me pregunto cómo estás, si estás bien, si eres feliz. Quizá jamás pueda quererte de otra forma que no sea enteramente esta.
Pero está bien.
Fuiste el gran amor de mi vida. El de mi historia. Aquel que nunca se irá de mi mente ni de mi corazón. Ya no es intensidad, sino un cariño que fue amoldándose con el tiempo, como una extremidad extraña pero cálida; como algo que amé profundamente, y que sin duda seguiré queriendo, aunque no de una forma que me pertenezca.
Encontraremos otros amores, nos casaremos, quizá tengamos hijos. Seremos felices. Tal vez nos visitemos, o tal vez no. Puede que olvidemos el pasado… o puede que no, y solo pensemos que ese cariño sobrevivió como siempre debió ser.
Te amo.