“NO ABRAS”
Eran las 3:00 a.m.
No podía dormir.
El silencio era raro.
Demasiado raro.
Miré el techo.
Nada.
Miré la puerta.
Cerrada.
Siempre la dejo cerrada.
Respiré hondo.
Intenté dormir.
No pude.
Algo no estaba bien.
Lo sentía.
Mi celular vibró.
Salté.
No esperaba mensajes.
Menos a esta hora.
Lo tomé.
La pantalla brilló.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Decía:
“No abras la puerta.”
Me quedé congelado.
Miré la puerta otra vez.
Seguía cerrada.
Me reí nervioso.
Seguramente era una broma.
Otra vibración.
Otro mensaje.
Mismo número.
“Escúchame.”
Fruncí el ceño.
Esto ya no era gracioso.
Escribí:
“¿Quién eres?”
No respondió.
Pasaron segundos.
Largos.
Pesados.
Entonces…
Tocaron la puerta.
Tres golpes.
Fuertes.
Secos.
Mi corazón se aceleró.
Miré la puerta.
No me moví.
Otro mensaje.
“NO ABRAS.”
Tragué saliva.
¿Quién estaba afuera?
Volvieron a tocar.
Más fuerte.
Más desesperado.
Di un paso atrás.
El celular vibró otra vez.
“Soy yo.”
Sentí frío.
¿Yo?
Eso no tenía sentido.
Escribí:
“¿Qué?”
La respuesta llegó rápido.
“Si abres, no sales.”
Mis manos temblaban.
Miré la perilla.
Se movió.
Lentamente.
Alguien intentaba entrar.
Retrocedí más.
Mi respiración se rompía.
El celular vibró.
“Ya es tarde.”
La puerta dejó de moverse.
Silencio.
Total.
Pensé que había terminado.
Me acerqué despacio.
Error.
La pantalla del celular cambió.
Ahora no era un chat.
Era una cámara.
La mía.
Pero no apuntaba a la puerta.
Apuntaba detrás de mí.
Sentí algo.
Muy cerca.
Respirando.
No quise girarme.
El último mensaje apareció:
“Te dije que no abrieras.”
La puerta…
seguía cerrada. 😨