El silencio parecía tragarse el sonido de sus pasos sobre el hormigón. Cada peldaño quedaba atrás a medida que subía por las intrincadas escaleras en espiral. El frío metal de las barandillas contra sus dedos le hizo estremecer... Dudó cuando llegó al último escalón.
La luz del pasillo era tenue; aula tras aula se deslizaban por la estrecha galería. Las paredes estaban cubiertas por dibujos promoviendo el cuidado del agua. “Eso no es amor”, decía uno de los carteles torcidos sobre el ladrillo gris, advertencias colgadas como consejos, ignoradas cual marginado de la clase.
Sus pasos se hicieron mudos mientras avanzaba por el kilométrico corredor, clase tras clase, dejando atrás metros de muros impregnados de risas y conversaciones, ahora apagadas.
Las puertas abiertas dejaban ver alumnos sentados con libros en las manos. Reconoció algunos tomos: El diario de Greg, Asesinato en el Orient Express, Hasta que nos quedemos sin estrellas, Cómo matar a un chico en diez citas, Twisted Hate, A través de mi ventana…
Se detuvo en una puerta al azar. Dentro, una mujer rubia, con el pelo rizado y gafas de pasta negra sobre la cabeza, sentada en una silla frente a sus estudiantes, leía un libro grueso, sin cambiar de expresión.
Una chica morena, con el pelo largo y negro, dejó escapar un grito ahogado; apretó un poco más el libro azul y amarillo entre sus manos. Sus labios iban formando una sonrisa más amplia con cada párrafo.
Otra chica más morena, con el pelo recogido en apretadas trenzas, la miró con extrañeza; cruzó miradas con uno de sus compañeros, que jugueteaba con las páginas. Rieron al unísono. Los ojos de la profesora apenas los miraron antes de volver al libro.
En las esquinas de la clase, dos chicas permanecían sumergidas en mundos diferentes, ajenas incluso al diluvio que caia sobre el patio, mojando las vallas oxidadas.
El sonido estridente del timbre rompió el silencio impuesto por las reglas, anunciando el comienzo de otra tediosa clase. Algunos parecían querer defenestrarse mientras cerraban los libros.