Cada golpe llega sin aviso.
Me arranca el aire, me dobla por un segundo…
pero no retrocedo.
Duele.
Se instala en los huesos, se clava en la carne,
me recuerda, una y otra vez, que debería parar.
Pero no lo hago.
Porque en medio de todo eso…hay algo más.
Algo incorrecto.
Algo que no debería sentirse bien…pero lo hace.
Una euforia sucia, afilada, que me empuja a seguir avanzando aunque cada impacto me esté deshaciendo.
La sangre cae.
La siento tibia, constante,
resbalando sin pedir permiso.
Un golpe al ojo.
La visión se rompe,
la luz se distorsiona…
y aun así… sonrío.
Porque esto…esto es real.
No hay mentiras aquí.
No hay máscaras.
Solo dolor.
Y yo sosteniéndolo.
Ya no pienso.
No hay estrategia, no hay control consciente…
solo ese instinto antiguo que toma todo lo que soy
y lo reduce a una sola orden:
seguir.
Golpeo.
Recibo.
Avanzo.
Sin medida.
Sin pausa.
Como si detenerme fuera peor
que cualquier golpe que pueda recibir.
Pero entonces…algo cambia.
No afuera.
Adentro.
La euforia no explota—se apaga.
Lenta.
Silenciosa.
Como si alguien hubiera cortado el ruido de golpe.
Los golpes siguen.
La sangre también.
Pero ya no significan nada.
No hay rabia.
No hay impulso.
Solo… una calma.
Fría.
Profunda.
Peligrosa.
Sigo de pie.
Respiro.
Y en ese silencio…lo entiendo.
Podría seguir.
No porque quiera ganar…no porque tenga algo que probar…sino porque ya no hay nada en mí
que necesite detenerse.
Podría seguir recibiendo golpes, podría seguir lanzándolos…indefinidamente.
Porque el dolor ya no me alcanza.
Porque en este punto…esto no es una pelea.
Es un estado.
Y lo más inquietante…es que por primera vez,
se siente natural.
Y ahí… dejé de ser alguien que podía detenerse.