Esta es la historia de un pequeño dragón llamado Trigon. Se encontraba completamente solo, pues su madre había desaparecido sin dejar rastro. Nadie lo buscaba, nadie lo protegía. Obligado por la necesidad, decidió sobrevivir en las tierras volcánicas de «Midran», un lugar hostil donde la vida apenas existía. Allí, la tierra ardía bajo sus patas y el aire estaba impregnado de ceniza. Ninguna planta lograba crecer en aquel suelo abrasador, y sin vegetación, tampoco había animales que pudieran prosperar.
Trigon vagaba con su cuerpo frágil, observando desde abajo cómo otros dragones surcaban los cielos grises. Con sus enormes alas, cazaban becerros, carneros y ovejas que luego llevaban a sus nidos para alimentar a sus crías. El pequeño los miraba con una mezcla de admiración y tristeza, consciente de que él no tenía a nadie que lo cuidara.
Un día, caminó hasta un nido gigantesco, tan grande como una casa. Allí, tres dragones recién nacidos devoraban la carne que les había traído su madre, desgarrando los huesos hasta no dejar ni una astilla. Trigon, con la esperanza de encontrar compañía, se acercó tímidamente. Sin embargo, al ser de un color distinto al de ellos, fue rechazado de inmediato. Sus miradas eran duras, casi fulminantes, y lo hicieron sentir como un intruso.
De pronto, un dragón adulto apareció. Con un movimiento brusco de su cola, empujó a Trigon lejos del nido y lo amenazó con un rugido que retumbó en las montañas: no debía acercarse jamás. El pequeño dragón cayó al suelo, herido más en el corazón que en el cuerpo. Comprendió entonces que su camino sería solitario, que tendría que aprender a sobrevivir sin ayuda, enfrentando la dureza de Midran con su propio valor.
Trigon era débil, hambriento y abandonado. Lo único que parecía esperarle era una muerte lenta y segura. Sin embargo, se negaba a rendirse. Sobrevivió alimentándose de carne podrida, huesos resecos y las sobras que dejaban los nidos de otros dragones.
Con el paso de los años, Trigon se convirtió en un joven dragón. Aunque su cuerpo seguía siendo delgado y frágil, su espíritu era indomable. No aceptaba ese destino marcado por el abandono. Una mañana, alzando la vista hacia el cielo gris, desplegó sus alas juveniles. Ya no dependería de los restos ajenos: esta vez, buscaría su propia comida, fresca y merecida.
Pero su cuerpo aún no tenía la fuerza suficiente para volar alto. Con gran esfuerzo, logró elevarse unos metros antes de estrellarse en un territorio desconocido. Allí fue atacado por criaturas más pequeñas: humanos armados con lanzas y espadas, organizados en grupos que lo rodeaban desde distintos flancos. Lo hirieron gravemente, dejándolo al borde de la muerte.
No obstante, Trigon se negó a morir. En un acto desesperado, atrapó a uno de esos humanos entre sus fauces. Al probar su carne, algo se encendió en su interior: un sabor único, intenso, casi celestial. Su deseo de vivir se transformó en una llama ardiente.
Desde ese momento, se volvió una criatura imparable. Masacró hombres, mujeres, jóvenes y niños. Nadie escapaba del dominio del dragón hambriento.
Con los años, su nombre se convirtió en leyenda. Era conocido como el Dragón Escarlata, también llamado el Dragón de la Muerte. Arrasaba aldeas sin piedad, destruía castillos, fortalezas e imperios enteros. Los humanos no encontraban forma de detenerlo. Su cuerpo, antes débil, ganó masa muscular gracias a los incontables humanos que devoraba. Sus escamas adquirieron un tono negro rojizo, como la sangre derramada en sus conquistas.
Movido por la venganza, regresó a su tierra natal. Allí fue reconocido de inmediato y acusado de romper el antiguo pacto entre hombres y dragones, un juramento sellado dos siglos antes de su nacimiento. Sin mostrar culpa ni remordimiento, desafió y mató a dragones de su propia especie. Nadie pudo detenerlo. La cantidad de humanos que había consumido lo había convertido en un monstruo capaz de arrasar con un continente entero.
El Rey de los Dragones, al ver cómo su pueblo era masacrado, decidió enfrentarlo. La batalla duró tres días. El cielo se cubrió de relámpagos y truenos, y las sombras danzaban entre las nubes grises. Parecía un combate eterno.
Pero el poder de Trigon, alimentado por el exceso de carne humana, superaba cualquier previsión. El Rey cayó desde cientos de kilómetros de altura, carbonizado y sin fuerzas. Su cuerpo impactó contra la tierra, provocando un sismo que erizó las escamas de todos los dragones presentes.
Trigon descendió lentamente, proclamándose Rey del Mundo. Humanos y dragones sufrieron un futuro de caos, pues nadie podía hacerle frente.
Siglos después, sentado en su trono de piedra en el corazón de un volcán, rodeado por los dragones más poderosos convertidos en sus súbditos, escuchó rumores inquietantes: hablaban de un asesino de dragones. Los dragones lo llamaban el Segador, por el fulgor de su espada. Los humanos, en cambio, lo nombraban «El Héroe».
Continuará…