Y si preguntas quién soy, en palabras simples te diré que soy una flor nocturna, de un tono tan oscuro y mordaz que puede cortar con el simple hecho de rozar. Cuidado con quién hablas, puede ser que te cuenten una versión de mí que no existe, y si existió, eso ocurrió hace mucho tiempo. El tiempo corre y todos cambiamos. Nada es para siempre. Mortales caminando por las calles sin razón aparente.
Me conociste una noche tormentosa, en la que solo la luna y las estrellas iluminaban los cielos. Los relámpagos rompían, uno tras otro, la brisa, y grandes ráfagas intentaban sacarme de mi confort. Y tú, como siempre, siendo mi oscuridad, mi sombra, en medio de todo solo te quedaste mirando. Como en medio de una danza en la que dejé cuerpo y mente, mi alma se desprende cada vez que intento dejar de bailar a favor del viento y termino en la orilla del acantilado. He caído unas mil y una veces. Me levantas de entre los escombros, buscas pieza por pieza, me reconstruyes. Pero ¿para qué? ¿Con qué fin? Ah, claro, con el fin de volver a ponerme allí, como lo has hecho una y otra vez.
Pero sabes que esta vez ambos subiremos a esa cima y danzaremos hasta formar las formas de las constelaciones, esas que tanto te dan miedo, de las que tanto me hablas entre susurros a la orilla del lago, donde tus sueños se ahogan, donde la vil serpiente se arrastra cada vez que se va, luego de darte un beso en la mejilla y uno en la frente, deseándote una linda noche.
Quiero creer que jamás te has percatado de mis fracturas y del sangrar constante de mis heridas, esas que no intentaste curar. Realmente, una vez pensé que ibas a crecer en el bien, pero solo lograste ser peor, solo un ser de mal. Somos polos opuestos y, aún así, nos repelemos. ¿Puedes creerlo? ¿Cuánto tiempo llevamos en eso? Tal vez unos siete siglos, quién sabe. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces mis extremidades se han roto en ese montón de rocas afiladas y dispersas, y de cuántas costuras debo tener. Pero bien dices tú, ¿cuál es la importancia? Si ambos somos iguales, no somos humanos; solo somos espíritus condenados a sentir y sufrir un cariño que no existe.