Jabón tibio, esponja usada y agua caliente, la fórmula que cada verano vemos bajo el sol ardiente.
Los platos no cesaron al sudor grasiento, la esponja y el jabón no rivalizan con el ego; ¿no debería el agua en su bondad, refrescar las cosas y ya no gritar? ¿Por qué es entonces en verano cuando es más ardiente?; perilla c o perilla f, ya ni miran cuál es diferente. Ambas son de igual forma para lavar, pero solo una puede hidratar.
—Pero que plato de...— Encierra sus labios en un grito silencioso, atrapado entre su garganta y los órganos. Un plato nada roto le ha arrojado sus despojos: se le ha caído montones de agua tibia, que incluso sin estar dada vuelta, se le han subido hasta la ceja.
—¿Donde esta ahora?— Gira desesperada mente la cabeza, tantea con su pie el suelo sin certeza, y por fin lo encuentra, con pesados pasos va y vuelve molesta; estaba en donde a los viajeros les gusta mirar, junto a la puerta pronto a marchar; no se molesta en buscar el trapiador, solo lo lanza al suelo y que su pie tome ese rol. Lo coloca descaradamente al rayo del sol, colgado en la ventana recibiendo puro calor. Mas el trapo, contento, quedará seco y el sol le regalará un perfume perfecto: tal vez otros días con envidia llegó a olerlo, ayer estaba bajo sus dedos chuecos y hoy al lado de un hoyuelo.
Por ahora sus dedos mojados le traspasan el pelo, salpica su cara con desespero y no hay nada que a sus cachetes logre calmar o que a su corazón haga dejar de gritar.
—¡Ya!— Abandona furiosa una hoya, manchada por salsa y algo más, que solo se irá con amor y tranquilidad. Estira sus brazos y los apoya en la mesada, inhala y no exhala. Camina a pasos largos por la cocina, llega al baño y cierra la puerta. — Que calor— Salen de su boca palabras largas y agudas, tarda en vestirse, y para eso no hay razón. Cambia ropa grande por algo que le quede a su molde, de pantalones amargos prohibidores del bailar a una maya que le invita a danzar. Y corre, corre, solo corre. No piensa en nada más, no lo calcula ni lo espera, mas el cuerpo sabe por lo que se desespera.
Y murió, de un salto se zambullo y por un momento falleció. En una pequeña pileta, bajo un inmenso sol, qué clase de bestia no tendría calor. Un espacio muy chiquito para accidentes y muy superficial para muertes, ahí por un tiempo se quedo; no hubo momento en el que pasara frío, el sol se amigo contigo, no hubo momento en el que pasara calor, el sol se volvió tu amor; su cadáver por un tiempo floto, sus oídos sintieron una nueva canción, y no tenía frío, no tenía calor, ella nunca había experimentado tal sensación.
Con pestañeos lentos y mojados busca abrir los ojos, mas una luz le impide ver ya su entorno, se sumerge y se frota el rostro, sin darse cuenta nada en algo más hondo; hubiera sido un problema al momento de subir, sus dos piernas impares no sabrían coexistir; mas unas manos estaban preparadas, agarradas a su muñeca y su espalda. Cuando sale fuera no siente frío no siente calor, no extraña al agua y menos desea olvidarla, siente algo que dice que no tiene nombre y que no puede ser nombrado por el hombre.
Cuatro manos le apoyan al salir, otras dos la guían al jardín, y se envuelve en una toalla, da cada paso con cuidado sobre el suelo mojado, y espera, disfruta cada cosa con paciencia. Ve de cerca a la piscina, como se realizan los demás bautizos y las caras de los chicos. Se pregunta si entre esas sonrisas una también lo siente, mas ese no frío no calor está en todos lo comprende y de pronto el viento sopla fuerte: no tengo frío, no tengo calor y el viento me ha envuelto en un abrazo de amor.