Dicen que el cuerpo sabe antes que la mente.
Que hay señales. Pequeños avisos que ignoramos porque aceptarlos sería admitir lo inevitable.
En la imagen se ve una mano extendida desde la oscuridad. Pero no es eso lo que inquieta… es la sensación de reconocer ese gesto.
Porque todos, alguna vez, soñamos con alguien que nos llama sin hablar.
Todos sentimos esa incomodidad repentina en el pecho, como si el aire se volviera más pesado.
Ese instante en el que el mundo se queda en silencio por un segundo de más.
Yo estaba pasando por el cementerio solo para acortar camino. Lo hice cientos de veces. De día no da miedo. De noche… uno aprende a no mirar demasiado.
Hasta que lo sentí.
No lo vi primero.
Lo supe.
El frío que sube desde la nuca.
El impulso irracional de mirar atrás.
La certeza de que alguien conoce tu nombre aunque no lo pronuncie.
Cuando levanté la vista, estaba ahí.
No caminaba. No respiraba.
Solo esperaba.
Extendió la mano como alguien que pide ayuda… o como alguien que reclama algo que ya le pertenece.
Y entonces entendí las señales de las que nadie habla:
Los recuerdos que aparecen sin razón.
La necesidad repentina de despedirte de personas que no ves hace años.
Esa calma extraña que no es paz, sino rendición.
No sentí terror.
Sentí reconocimiento.
Como cuando te mirás al espejo y, por un segundo, no sos vos el que devuelve la mirada.
La mano no estaba fría.
Estaba familiar.
Y ahí comprendí la verdad más cruel:
la muerte no viene a buscarte…
viene a que la acompañes.
Si alguna vez sentís que el mundo baja el volumen,
si alguien invisible te extiende la mano en sueños,
no preguntes quién es.
Preguntate por qué te resulta tan fácil dar el paso.