En un pueblo tan chiquito que apenas aparecía en los mapas, allá por el año 1848, la única escuela era un rancho de adobe con techo de palma. Las paredes llevaban las marcas de cada lluvia que había caído, y cuando el sol calentaba el adobe, el lugar olía a tierra húmeda y a los cuentos que la maestra contaba todos los días.
Esa maestra se llamaba Rosa – no era la más hermosa de ojos ni de cabello, pero tenía una risa que iluminaba hasta los días de temporal y conocía de memoria cuentos que hacían soñar a los niños. Desde que llegó al pueblo cinco años atrás, había convertido ese rancho en el corazón del lugar – ahí no solo aprendían a leer y contar, sino a ver el mundo como un lugar lleno de posibilidades. Su novio era Diego, el que cuidaba el molino de agua del pueblo: alto, callado, con manos duras del trabajo constante con la madera y la piedra, pero que sabían hacer joyas de piedra pulida para regalarle a ella cada vez que llegaba una nueva estación. Se conocieron cuando ella se perdió en el camino a la escuela y él la encontró sentada junto al riachuelo, intentando arreglar su zapato roto – desde ese día, todas las tardes se encontraban bajo el sauce más grande del riachuelo, donde ella le contaba cómo habían sido las clases y él le mostraba las piedras que iba tallando.
Rosa tenía un sueño que llevaba en el alma desde el primer día que pisó la escuela: construir un aula nueva, porque el rancho viejo se estaba hundiendo por el lado del cerro – ya una vez se había caído un trozo de techo mientras los niños copiaban letras, y aunque nadie se lastimó, ella sabía que no podía seguir poniéndolos en riesgo. Había pasado meses escribiendo cartas a fundaciones y comerciantes de la ciudad, hasta que finalmente una fundación le respondió: les darían la mitad del dinero necesario, pero el resto tendrían que conseguirlo ellos mismos.
Para eso, nació la idea del festival de cuentos y música en el patio del molino – era el único lugar grande suficiente para albergar a toda la población y a los vecinos de los ranchos cercanos. Rosa se encargó de animar a los niños a preparar sus trajes y de coordinar con las familias para que cada quien llevara algo para compartir. Diego, por su parte, se hizo cargo de absolutamente todo lo material: pasó semanas construyendo una tarima de madera suavecita para que los niños no se lastimaran, buscó troncos gruesos en el bosque para hacer mesas y bancos, e incluso caminó tres horas hasta el pueblo vecino para acordar con el trío local que tocaría de gracia. Lo que Rosa no sabía es que para comprar cuerdas para las lámparas, papel para el papel picado y algunos utensilios que faltaban, Diego había pedido prestado una cantidad de dinero al comerciante del pueblo, don Arturo. Don Arturo era un hombre de negocios duro, que le dijo claro con sus ojos fríos como la piedra: si no pagaba antes del día del festival, se quedaría con el molino – el único legado que le había dejado su padre, y lo que mantenía a su familia y a muchos otros en el pueblo. Diego no se lo dijo a Rosa – no quería que su sueño se convirtiera en una carga que tuviera que llevar ella también.
El día del festival llegó con un sol radiante que calentaba la piel y un aire fresco que llevaba el olor de las flores silvestres que crecían junto al riachuelo. Desde temprano, la gente empezó a llegar al patio del molino: las mujeres venían con canastas bien tapadas que guardaban tamales de elote, atole caliente endulzado con piloncillo y dulces de camote que habían hecho con mucho amor desde la noche anterior. Los hombres ayudaban a acomodar las mesas y a tender lonas en el suelo para que los niños tuvieran dónde sentarse cómodamente. Y los pequeños – oh, los pequeños – corrían de un lado a otro con sus trajes hechos de harapos y tela vieja que sus madres habían cosido con hilos de colores: unos vestían como princesas con faldas de tela estampada, otros como lobos con pieles de oveja vieja, algunos como pájaros con plumas recogidas en el campo. Los primeros en subir a la tarima fueron los chiquitos de cinco y seis años: representaron “La Caperucita Roja” y se rieron tanto cada vez que el “lobo” les hablaba con voz gruesa, que la gente no pudo evitar seguirles el ejemplo, aplaudiendo con las manos rojas del sol. Después vinieron los niños mayores, con historias de viajeros que cruzaban ríos imponentes y montañas altas en busca de tesoros que no eran de oro ni plata, sino de sabiduría y amistad. La caja de madera para las donaciones – que Diego había hecho especialmente, con una escuela dibujada en la tapa – se iba llenando cada vez más, y Rosa sonreía tanto que al final del día le dolían las mejillas.
Cuando el sol empezó a inclinarse hacia el oeste y pintar el cielo de tonos naranja, rojo y oro, el trío se subió a la tarima y empezó a afinarlos sus instrumentos – guitarra, violín y arpa – mientras la gente se preparaba para empezar a bailar. Pero entonces don Arturo subió junto a ellos, ajustándose el chaleco de lana que siempre llevaba puesto aunque hiciera mucho calor, y se limpió la garganta antes de hablar:
– Vecinos – dijo su voz fuerte como el viento que sopla entre los cerros, y se escuchó en todo el patio – Todos sabemos el gran esfuerzo que nuestra maestra Rosa está haciendo por darle a nuestros hijos un lugar digno para estudiar. Yo, como buen vecino que soy, quiero hacer una propuesta: que la maestra represente un “cuento viviente” conmigo – uno de esos romances de la época de los conquistadores, donde ella será la doncella noble y yo el caballero que viene a buscarla – y cada quien que quiera ver esta representación especial dé una moneda extra para la causa de la escuela. ¿Qué les parece?
La gente empezó a gritar que sí, a aplaudir y a ofrecer sus monedas antes incluso de que Rosa pudiera decir algo – todos querían ayudar, y la idea de ver a su maestra en una representación así les parecía emocionante. Rosa se quedó quieta un momento, indecisa – no había planeado nada de esto, y algo en la mirada de don Arturo le parecía extraño – pero al ver los ojos brillantes de los niños que la miraban con tanta esperanza, y pensar en las paredes de piedra y las ventanas de vidrio de la escuela nueva, asintió con la cabeza. Don Arturo la tomó suavemente de la mano y la llevó al centro de la tarima, y empezaron a moverse despacio, como en los cuentos antiguos que ella misma les contaba a los pequeños.
Diego estaba apoyado en una columna del molino, viéndolo todo desde la sombra. Había estado ayudando a acomodar las cosas durante todo el día, pero se había mantenido alejado para no distraer a Rosa. Cuando vio cómo don Arturo tomaba su mano, cómo la sostenía por la cintura para guiarla en el baile, sintió que algo se rompía en su pecho con un dolor que no había sentido nunca. No fue celos lo que lo invadió – él sabía que Rosa lo amaba más que nada en el mundo – sino que en ese momento pensó que ella había hecho un trato secreto con el comerciante, que había preferido aceptar su ayuda en lugar de confiar en que ellos juntos podían conseguir el dinero que faltaba. Se sintió pequeño, débil e incapaz de proteger lo que más quería en la vida, como un árbol sin raíces que se tambalea con el viento. Guardó la pequeña lima que usaba para darle forma a las piedras en el bolsillo de su pantalón, y se fue sin decir una palabra, caminando rápido por el sendero de tierra que llevaba hasta el riachuelo, con las manos vacías y el corazón más pesado que nunca.
Los días que siguieron fueron como un invierno sin sol, aunque el calor del verano seguía presente en el pueblo. El festival había sido un éxito rotundo – habían recaudado todo el dinero que faltaba para la escuela nueva, y la fundación había confirmado que enviarían los materiales para empezar la construcción en menos de una semana – pero Rosa no podía alegrarse de nada. Diego no aparecía en ninguna parte: no en el molino, donde siempre lo encontraba después de clases; no en el camino que llevaba a la escuela, donde solía esperarla con una flor de sauce en la mano; ni en la fonda donde todos los sábados comían juntos. Cuando ella fue a su casa a preguntar por él, su madre le dijo con tristeza en los ojos que se quedaba encerrado en su cuarto la mayor parte del día o salía muy temprano en la mañana, volviendo tarde en la noche sin decirle adónde iba. Una tarde, María, su alumna más grande, le contó que lo había visto caminando por el sendero del pueblo vecino junto a una muchacha que no conocía – Lucía, la hermana del mayordomo.
Hasta que un sábado por la tarde, cuando fue a la fonda a tomar un café como siempre hacía, escuchó a las viejas del pueblo – doña Petra, doña Mercedes y doña Juana – sentadas en su mesa de siempre cerca de la entrada, hablando a voces con mucha emoción:
– ¿Ya oyeron la noticia que corre por el pueblo? – dijo doña Petra bajando la voz, aunque todos la podían oír – Diego Villagrán pidió la mano de la señorita Lucía, la hermana del mayordomo. ¡Y oí decir que don Arturo Gómez le dio el molino de vuelta como regalo de bodas!
– Es pura verdad – confirmó doña Mercedes, asintiendo con la cabeza mientras revolvía su plato de frijoles – Dicen que se casarán en menos de un mes, en la capilla del pueblo vecino. ¡Qué suerte tiene esa muchacha, casándose con un hombre tan trabajador y con un molino como ese!
Rosa sintió cómo se le cerraba el pecho y el aire se le acababa en los pulmones. Esta vez no pudo aguantar las lágrimas – se levantó rápidamente, pagó su café y salió corriendo de la fonda hasta llegar a la escuela, donde se encerró en su escritorio y permitió que las lágrimas finalmente salieran. Allí, en la misma mesa de madera donde solían sentarse juntos a hacer los deberes de los niños, tomó un papel y una pluma y escribió una carta con la mano temblorosa. Le contó a Diego todo lo que sentía, le preguntó por qué se había ido así sin decir nada, por qué no le había contado sus preocupaciones y por qué ahora iba a casarse con otra mujer. Cuando terminó, la dobló con mucho cuidado, la metió en un sobre y lo cerró con un poco de cera que usaba para sellar los paquetes de libros. Luego llamó a Pablito, su alumno más grande y responsable, un niño de doce años que siempre cumplía con lo que se le pedía:
– Pablito – le dijo, extendiéndole el sobre con las manos todavía temblorosas – Necesito que lleves esto directamente a Diego Villagrán. No se lo des a nadie más, ¿vale? Y cuando se lo entregues, dile que yo estaré esperándolo esta tarde en el riachuelo, bajo el sauce más grande, cuando se ponga el sol.
El niño asintió con la cabeza, guardó el sobre en el bolsillo de su pantalón y salió corriendo. Rosa se quedó ahí, con las manos apoyadas en el escritorio, mirando el pizarrón donde todavía quedaban las letras que los niños habían copiado esa mañana, y sintió cómo el nerviosismo la invadía de pies a cabeza. No sabía si Diego vendría a encontrarla, si leería la carta o si simplemente se negaría a verla – pero sabía que tenía que intentarlo, que no podía seguir así sin saber la verdad de lo que había pasado entre ellos.
Cuando llegó el momento, Rosa salió de la escuela y caminó por el sendero de tierra que llevaba al riachuelo. El sol poniente pintaba el agua de tonos rojo y oro, y el sauce más grande del lugar tenía sus ramas extendidas como si estuviera esperándola con los brazos abiertos. A lo lejos, vio que había alguien apoyado en el tronco grueso del árbol – era Diego. Tenía la espalda vuelta, pero ella reconoció su figura alto y delgada entre la luz del atardecer. En su mano derecha sostenía algo pequeño y oscuro que brillaba con la última luz del sol.
– ¿Por qué no me lo dijiste? – le preguntó Rosa con una voz más firme de lo que se sentía, antes incluso de que él pudiera girarse para mirarla – Don Arturo me contó todo. Que pediste el dinero para terminar los preparativos del festival, que él te dijo que si no lo pagabas antes del día acordado se quedaría con el molino…
Diego se quedó como petrificado por unos segundos interminables, sin moverse ni girar la cabeza. Luego, muy despacio, volvió la mirada hacia ella, y Rosa vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas que no habían caído aún. La cosa pequeña que sostenía en la mano temblaba un poco con el movimiento de sus dedos:
– No quería que te preocuparas – murmuró él, con la voz ronca por la emoción – Pensé que no iba a poder conseguir el dinero a tiempo, que iba a perder lo único que me dejó mi padre… y cuando te vi con él en la tarima, pensé que habías decidido que él podía ayudarte mejor que yo, que ya no me necesitabas, que preferías su ayuda en lugar de confiar en lo que podemos hacer juntos.
– Cuando terminamos el “cuento viviente” en el festival – continuó Rosa, acercándose lentamente hasta que pudo tocar su mano callosa con la suya – le pregunté a don Arturo por qué había hecho esa propuesta tan de repente. Me dijo que te había visto trabajando día y noche durante semanas, que sabía de la deuda que habías contraído para terminar los preparativos, y que quería ayudarte sin que nadie lo supiera. El molino no es un regalo de bodas… es porque pagaste lo que debías con el dinero que todos nosotros recaudamos juntos en el festival. Todo el mundo dio un poco de sí para que esto fuera posible – tú más que nadie.
Diego cerró los ojos, y en ese momento las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas, mojando la piedra que sostenía en la mano. La joya temblaba entre sus dedos:
– Pensé que me habías traicionado – dijo, apretando su mano con fuerza – Que no creías en mí como yo creo en ti…
Rosa tomó su mano y cogió la joya con mucho cuidado. Era un sauce tallado en piedra blanca pulida, con dos figuras abrazadas bajo sus ramas, tan detallado que se veían hasta las pequeñas hojas del árbol. Había trabajado en ella durante meses, con toda la paciencia y el amor que tenía en el corazón:
– El aula nueva se va a llamar “EL SAUCE” – le dijo, sonriendo de verdad por primera vez en días, y la risa volvió a iluminar su rostro como antes – Porque lo que construimos juntos, con trabajo, fe y amor, vale más que cualquier cosa que alguien pueda darnos. Ese árbol nos vio conocernos, nos vio amar… y va a ver cómo construimos un futuro mejor para todos los niños de este pueblo.
Ese mismo atardecer, bajo el sauce del riachuelo que había sido testigo de todo lo bueno y lo difícil que habían pasado juntos, Diego sacó de su bolsillo una pequeña caja de madera que había hecho él mismo – con el mismo cuidado que había puesto en cada una de sus joyas – y abrió la tapa. Dentro había un anillo de piedra tallada en forma de sauce, sencillo pero hermoso:
– Rosa – dijo, con la voz un poco temblorosa pero llena de amor – yo no quiero casarme con nadie más que contigo. ¿Quieres casarte conmigo en el patio de la nueva escuela “El Sauce”, cuando esté lista para abrir sus puertas?
En ese momento, se escuchó el sonido de una guitarra y un violín que se acercaba por el sendero. Eran los músicos del festival – habían visto la luz del sol bajo el sauce y habían decidido acercarse para ver qué pasaba. Cuando vieron a la pareja de manos dadas, sacaron sus instrumentos y empezaron a tocar el vals que siempre ponían en las bodas del pueblo, el mismo que habían empezado a tocar en el festival antes de que todo se complicara. Diego tomó a Rosa de la cintura con su mano fuerte y segura, ella puso sus manos en su hombro, y empezaron a bailar bajo el sauce, con el riachuelo cantando al unísono y el viento susurrando entre las hojas como si también estuviera cantando con ellos.
...Hasta hoy, cuando los niños de la escuela “EL SAUCE” juegan junto al riachuelo, dicen que se puede escuchar el eco de esa música cuando el aire sopla suave entre las hojas. Y cuando llega el momento de la graduación, cada niño egresado recibe una joya de piedra tallada en forma de sauce con dos manos entrelazadas – hecha por Diego, que sigue cuidando el molino y tallando cada pieza con la misma paciencia que le puso a la primera joya que le dio a Rosa.
La escuela nueva se levantó en menos de seis meses, con paredes de piedra sólida y ventanas de vidrio que dejan entrar la luz del sol todo el día. En la entrada, hay un letrero tallado en madera que dice “EL SAUCE – DONDE EL AMOR Y LA CONFIANZA SON NUESTROS FUNDAMENTOS”. Y en el patio central, justo donde Diego pidió la mano de Rosa, plantaron un pequeño sauce que hoy ya es un árbol grande, con ramas que dan sombra a los niños cuando descansan de sus clases.
Rosa sigue contando cuentos todos los días – ahora tiene un salón amplio con escritorios de madera y muchos libros que la fundación envió. A veces, cuando termina la clase y el sol empieza a ponerse, Diego viene a buscarla y se sientan juntos bajo el sauce del patio, como antes se sentaban junto al riachuelo. Ella le cuenta las nuevas historias que ha inventado para los niños, y él le muestra las joyas que está haciendo para los próximos egresados.
Y cuando llega el fin de semana, a veces el trío local viene a tocar en el patio de la escuela, y toda la gente del pueblo se reúne para bailar. Siempre empiezan con ese vals que tocaron bajo el sauce del riachuelo, y los niños corren entre los adultos bailando a su manera, mientras las viejas del pueblo cuentan a los pequeños la historia de la maestra y el cuidador del molino, que demostraron que lo que se construye juntos nunca se cae – como el sauce que crece fuerte junto al agua, con raíces profundas que lo mantienen firme ante cualquier viento.
Hasta ahora, cuando alguien pregunta por el nombre de la escuela, los niños responden con orgullo: “Se llama El Sauce, porque es donde el amor y la confianza hicieron posible todo lo bueno que tenemos”. Y si te fijas bien en las piedras talladas que Diego hace, en cada una se puede ver la sombra de dos personas bailando bajo el árbol, con el riachuelo cantando al fondo y el sol pintando el cielo de rojo y oro – como ese atardecer en que todo volvió a tener sentido.