Sentir o no sentir... No quiero sentir. Creo que entre más sientes, más débil te vuelves; todo te afecta, hasta la mínima cosa. Es incómodo que todo se intensifique.
Es desquiciadamente frustrante querer algo que jamás tendrás. Sé que tienes razón, lo sé; soy consciente, solo que no es fácil.
Eso le decía ella al hombre que le gritaba en la cara sus debilidades, la confrontaba a ver una verdad que ella sabía, pero se negaba a aceptar.
La locura, la cordura, la sensatez, la imprudencia y todas esas caras que tenía la confrontaban todos los días.
Era una guerra consigo misma: el egoísmo hablaba, la amabilidad también, la mentira hacía su trabajo y el ego se mantenía.
El orgullo se escondía, la esperanza hacía su trabajo y la realidad se lo rompía.
El ciclo jamás terminaba; día y noche era lo mismo. La apariencia dominaba hasta que habló el Señor Silencio.
Señor Silencio: Has cometido el mismo error de años atrás. Estás consciente de las consecuencias, ¿no?
Ella: (Asiente) Lo sé, no tienes que decirlo...
Señor Silencio: La primera vez, al parecer, no fue suficiente. Creí que te había quedado claro que no volvería a pasar. Eres tonta, la dejaste salir.
Ella: No pude evitarlo... No lo pensé... No fue planeado.
Señor Silencio: (Sonríe ladeadamente tomándola del mentón, mirándola fríamente a los ojos) ¿No pudiste evitarlo, mm? ¿No fue planeado? ¡Débil! ¡Eres débil! La debilidad no me gusta. ¡Es desecho! ¡Es mierda de perro! No me sirves siendo débil.
Ella: (Balbucea) Lo esconderé... No dejaré que nadie lo vea...
Señor Silencio: ¿Qué es esto? ¿Quién es esta que tengo frente a mí? Ni siquiera puedes hacer bien tu trabajo.
Ella: Lo haré bien. De verdad. Esta vez lo haré bien.
Señor Silencio: ¿Qué harás con esa cosa?
Ella: Dime qué quieres que haga... y... yo... lo haré.
Señor Silencio: (Sonríe con una mirada oscura) Deshazte de eso.
El dolor en ella era visible, le faltaba el aire.
Ella: (Asiente con un nudo en su garganta, lo saca y lo vuelve a meter en esa caja de hielo) Hecho está, mi señor.
El Señor Silencio sonrió complacido, mientras ella había soltado lo que más amaba, volviéndose una vez más esa mujer fría, sin alma y sin corazón que dar.
Señor Silencio: Buena chica, así me gusta: que seas obediente, fría, sin nada que dar a nadie. El mundo no te da nada, ¿por qué deberías darle algo?
Ella sonrió con la mirada perdida; sus ojos se volvieron a tornar rojos y el brillo en su mirada murió.
Señor Silencio: ¿Estás segura de que eres tú una vez más?
Ella: Puedes pedir lo que desees.
Señor Silencio: Baila para mí, desnúdate para mí y entra en mi cama cuando yo lo ordene.
Ella caminó tomando una copa de vino hasta estar frente a él; sonrió de lado mientras bebía de ella, arañándole el pecho lento hasta hacerlo sangrar sin quitar su mirada...
Ella: ¡Ja! ¿Yo? ¿Bailarte? ¿Desnudarme? ¿Hacerlo cuando tú lo mandes? (Sujeta fuerte su corbata, envolviéndola en la palma de la mano y jalándolo hacia ella) ¡NO HA NACIDO EL PERRO QUE ME DOMINE!
SEÑOR SILENCIO: ¿QUÉ DIABLOS? ¿QUÉ ES ESTO?
Esas fueron sus últimas palabras, porque si yo no siento, él no existe..