Kira amaba a Alexander con el fuego de quien cree que el amor debe arder, incluso si quema. Pero entre ellos se levantó un muro de reproches y portazos. En la niebla de aquellas peleas, la mirada serena de Leo, el mejor amigo de Alexander, se volvió un refugio. Con él, las palabras no cortaban, y las risas no dejaban cicatrices.
Dudó, desgarrada entre la paz que vislumbraba y el imán oscuro de Alexander, que la llamaba con promesas de “volver a empezar”. Eligió lo conocido. Regresó a sus brazos, creyendo que el destino, caprichoso, los había unido de nuevo por una razón.
Pero el amor que volvió no era el mismo. Era un animal herido y furioso. Las discusiones se envenenaron con palabras afiladas que pronto dejaron de ser solo palabras. Los golpes en la pared, demasiado cerca de su rostro, fueron el primer presagio. Luego, sus manos, que antes la acariciaban, la sujetaron con fuerza brutal en medio de una discusión por un mensaje inocente.
Ahora, Kira mira por la ventana, el perfume de Leo solo un sueño lejano, y acaricia el hematoma en su brazo. Alexander duerme apacible a su lado. Sabe que no hay salida en este laberinto de cristales rotos. El destino, al final, no los unió. Los enterró juntos en una trinchera de la que ella ya no tiene fuerzas para escapar. El eco de un próximo portazo ya repica en su silencio.